La carta prometía una colocación. Marie Bigot abandonaba la casa paterna, según decía a sus padres, para entrar al servicio de unos señores que al fin habían consentido en recibirla. En la misiva afirmaba haber cumplido ya los quince años; confiaba en permanecer largo tiempo en aquel nuevo empleo. A las explicaciones añadía no pocos reproches: en el hogar, cuanto ella hacía parecía mal hecho, y acaso supieran arreglárselas mejor sin su presencia. Se despedía luego abrazando a sus padres. En aquellas escasas líneas, la ruptura conservaba las formas de una partida en busca de trabajo.
El 26 de septiembre de 1875, los esposos Bigot, ladrilleros establecidos en el número 167 de la rue de Vanves, advirtieron la desaparición de su hija. Acudieron a la policía. Dos o tres días más tarde, Marie fue hallada en compañía de Jean Jouve, un operario al servicio de su padre. La colocación anunciada no era tal: según la crónica judicial, la joven había pernoctado con dicho hombre en varias casas de huéspedes. Jouve fue arrestado. El 9 de diciembre, ante la Audiencia de lo Criminal del Sena, el papel que la muchacha dejara a sus padres habría de enfrentarse a un modo muy distinto de computar los años.
Marie contaba quince años; Jouve, treinta y cinco. Nacido en Issy el 5 de abril de 1840, era asimismo ladrillero de oficio y residía en el 138 de la rue de Vanves. Había trabajado en diversas ocasiones para Bigot, la última de ellas a partir del mes de julio. Entre ambas casas, por tanto, el vínculo no era de simple vecindad: el procesado había sido jornalero del padre de la menor. El periódico lo describe de entrada bajo una luz desfavorable, demorándose en los rasgos de su fisonomía y en la aspereza de su mirada. Semejantes trazos pertenecen al retrato trazado por el cronista; nada dicen de lo que los jurados vieron ni de lo que pudieron juzgar en su fuero interno.
El acta de acusación, reproducida en la Gazette, sostenía que Jouve asediaba a Marie con sus atenciones desde hacía meses, que la había conducido a casas de huéspedes en Grenelle y en Ivry, y que abrigaba la esperanza de forzar a los progenitores a consentir el matrimonio. Los esposos Bigot mantuvieron su denuncia y su negativa. El cargo retenido fue el de sustracción de menores: el texto consignaba de manera expresa que Marie había seguido a Jouve por su propia voluntad, si bien recordaba que ella no alcanzaba los dieciséis años y él superaba los veintiuno. En la formulación de aquel cargo, el consentimiento no bastaba para atenuar la disparidad de las edades.
El presidente Vaney dio comienzo al interrogatorio contraponiendo dos semblanzas. Un testigo oído durante la instrucción había calificado a Bigot de excelente trabajador y padre de familia ejemplar. Jouve, con arreglo a esa misma declaración, rendía bien en su labor cuando se ponía a ello, pero caía a menudo en la embriaguez. El magistrado le recordó diversas condenas anteriores: quince días de prisión en 1862, veinte días y luego seis meses en 1867, un mes en 1875. La reseña periodística las atribuye a riñas, desobediencia y desacato a los agentes de la autoridad. El pasado del acusado irrumpía así en el debate antes de que Marie pronunciara una sola palabra.
Vaney acusó a Jouve de haberse aprovechado de los pesares domésticos de la joven en el hogar paterno. Jouve lo negó. Había sido ella, aseguraba, quien lo había buscado; deseaba marcharse, y la fuga se convino de común acuerdo. En lo tocante a la boda, afirmó incluso haberle hecho notar su excesiva edad, antes de dejarse doblegar por las insistencias de la muchacha. El presidente no admitió semejante alegato. Le advirtió de que, en la especie sometida a juicio, ni el engaño ni la violencia eran requisitos necesarios para tipificar el delito, hallándose la víctima por debajo de los dieciséis años. La Gazette da cuenta de esta precisión jurídica, aunque no reproduce de manera íntegra el debate relativo al precepto legal invocado por la acusación.
Otra cuestión devolvía la atención a la carta: ¿se había creído Marie en libertad de desamparar a sus padres por haber cumplido los quince años? El presidente sospechaba que Jouve le había inculcado ese erróneo parecer. El reo lo negó una vez más. La convicción del magistrado y el mentís del inculpado quedan consignados frente a frente en la crónica, sin que el texto aporte referencia alguna a conversaciones previas que permita esclarecer, por sí sola, quién instruyó a Marie en semejante extremo.
El padre compareció a continuación en el estrado. Había sacado adelante a siete hijos «con el sudor de mi frente», declaró, ejerciendo un oficio que no escaseaba en penalidades. Al ser interrogado sobre su severidad, contestó que educaba a sus hijos con rigor, pero que jamás les había levantado la mano. Añadió que emprendió pesquisas de inmediato para dar con el paradero de Marie y que jamás habría consentido en entregarla a Jouve. La hermana menor refirió haber visto al obrero besar a Marie en la vivienda. El día de la fuga, los había oído hablar en voz queda; según su testimonio, él fijaba una cita e instaba a Marie a procurarse veinte francos para costear el alojamiento.
Fue llamada luego Marie-Françoise Bigot. La Gazette subraya el aplomo de su porte y le atribuye una apariencia más granada de lo que correspondía a sus quince años. Con todo, la edad acreditada ante la sala seguía siendo de quince años, al margen de las impresiones del gacetillero. La joven llevaba los libros de cuentas de su padre. Lo tildó de hombre difícil, en particular cuando se entregaba a la bebida, si bien apostilló que no guardaba queja grave alguna contra él. A la pregunta de si alguna vez la había maltratado físicamente, respondió que no. El presidente coligió entonces que el progenitor no había hecho sino exigirle laboriosidad y compostura. Tal juicio corresponde, en el diálogo impreso, al criterio particular del magistrado.
Las respuestas sucesivas no se plegaron con docilidad al marco trazado por las preguntas. ¿Le había prometido Jouve matrimonio? Sí. ¿Le propuso luego que huyera con él? Replicó que lo habían resuelto de mutuo acuerdo. ¿Había partido a instancias de él? Declaró que había sido más bien por propia determinación, y que ya quince días antes habían barajado una primera marcha. En cuanto a la advertencia sobre la diferencia de edad de la que Jouve hacía mérito, la desmintió. Jamás había hablado a sus padres de casamiento alguno: bien sabía que se opondrían a causa de los antecedentes de aquel hombre. Sus manifestaciones, por ende, corroboraban ciertas afirmaciones de Jouve al tiempo que desmentían otras.
La partida tuvo lugar al atardecer del 26 de septiembre, según su relato. Jouve salió el primero; ella lo alcanzó media hora más tarde. Fue entonces cuando le dio cuenta de la carta dejada a sus padres. Respecto a los veinte francos, desdijo a su hermana menor: nadie le había exigido que cogiera dinero, sostuvo, y aquella cantidad le pertenecía legítimamente, sin haber sido sustraída del jornal de los operarios. Admitió, no obstante, que había servido para sufragar las noches de posada. Un pormenor material venía así a conciliar las versiones en medio de sus discordancias, sin resolver por sí solo a quién cupo la iniciativa del abandono.
Añadió Marie que Jouve le había advertido del riesgo de que se le procesara por sustracción de menores, si bien le aseguraba que todo se arreglaría y acabarían desposándose. El acusado adujo haber recabado una vez más su consentimiento en el punto de encuentro de la rue Vercingétorix. Interrogada sobre aquella admonición, la joven contestó no recordarla. Otro obrero, Bourdelier, había oído concertar una cita para el 26 de septiembre. La Gazette consigna dos números distintos en tales testimonios, primero el 204 y luego el 104, guarismos dispares que no permiten fijar con certeza la dirección exacta.
El fiscal general Manuel sostuvo la acusación pública; el letrado Canot asumió la defensa. El diario no pormenoriza los alegatos de las partes. Jouve fue declarado culpable con el beneficio de circunstancias atenuantes y condenado a tres años de prisión. La crónica no explicita los motivos singulares de la benevolencia del jurado, ni desvela el destino de Marie tras la vista. Quedan una carta que prometía una colocación, una adolescente interrogada entre adultos empeñados en interpretar su partida y una condena dictada contra el hombre de treinta y cinco años. La promesa de matrimonio no había bastado para borrar aquellos veinte años de diferencia.
