El domingo 1 de febrero de 1874, el señor Bonnebaigt se presentó en Sénozan. La mayoría de edad de la señorita Despeyrous se había cumplido el 28 de enero; él deseaba saber si el matrimonio que aún creía en preparación habría de celebrarse. Cuatro años de correspondencia y visitas clandestinas habían quedado supeditados a una respuesta que la joven había encomendado transmitir a su tío. Aquel día, el señor Lacroix descargó su escopeta contra él y le destrozó la mandíbula.
La Gazette des Tribunaux no reproduce las cartas. Refiere que fueron numerosas, extensas, y que ciertos pasajes, considerados obscenos, motivaron que los debates se celebraran a puerta cerrada. Narra, no obstante, los antecedentes de la ruptura. El señor Bonnebaigt, nacido en Dax y de veintiocho años de edad, había sido pasante de notario y luego oficial de procurador en Toulouse. En los Juegos Florales, más de cuatro años antes, se había fijado en la señorita Despeyrous, que contaba entonces diecisiete años. A tenor de la crónica, ciertos encuentros nocturnos fueron posibles gracias a la complicidad de una doncella. El periódico censura con severidad a esta última, pero omite su nombre y su versión de los hechos.
La señorita Despeyrous había perdido a su madre a temprana edad. Esta era hermana del señor François Lacroix. Su padre había contraído segundas nupcias, y las relaciones entre la joven y su madrastra distaban, escribe la Gazette, de ser armoniosas. Poseía por herencia materna una fortuna que el diario califica de bastante estimable. Tales circunstancias enmarcan el suceso sin esclarecerlo del todo: la crónica no recoge los diálogos familiares ni el pormenor de las desavenencias domésticas.
Entretanto, el señor Bonnebaigt adquirió un despacho de procurador en Pamiers y solicitó la mano de la señorita Despeyrous. El padre de esta, ajeno por completo al trato clandestino, opuso una negativa tajante, fundamentada ante todo en el fallecimiento del padre de Bonnebaigt, a quien la Gazette describe como «muerto demente». Refiere asimismo la publicación que ambos jóvenes habían concertado acudir a los «actos respetuosos» si, al alcanzar ella la mayoría de edad, el padre persistía en su negativa. Aquel designio descansaba, pues, en una promesa que aún no había afrontado la prueba de la distancia.
Hacia finales de 1873, el señor Despeyrous envió a su hija junto a unos parientes radicados en Borgoña. Tras permanecer unas semanas en Gray y en Dijon, la joven se trasladó a Sénozan. Allí la acogieron su abuelo, su abuela materna y su tío. Hacia mediados de enero, confió a este último la relación que mantenía con el señor Bonnebaigt. La Gazette califica la confesión de dolorosa y humillante; son términos del cronista, no una declaración textual de la interesada. A renglón seguido, anunció que renunciaba al enlace, plegándose a las amonestaciones familiares. Puso dicha determinación en conocimiento de su padre, en Toulouse, y el señor Lacroix asumió el encargo de notificársela a Bonnebaigt, en respuesta a las reiteradas misivas de este.
Una carta previa venía a complicar el tenor del mensaje. Fechada el 3 de diciembre de 1873, prevenía a Bonnebaigt de no atender sino a las seguridades de la propia señorita Despeyrous y le instaba a preparar el matrimonio. La joven alcanzó la mayoría de edad el 28 de enero. El domingo inmediato, Bonnebaigt acudió a Sénozan con el fin, según el rotativo, de dilucidar su destino. La contradicción entre la carta y la nueva determinación había dado a la esperanza una constancia escrita; la respuesta del tío debía destruirla ahora de viva voz.
La Gazette resume el lance en contados ademanes. El señor Lacroix comunicó a Bonnebaigt la negativa de la señorita Despeyrous. El pretendiente porfió en escucharla de labios de ella misma y, tras oírla, rehusó marcharse. El cronista tilda entonces su actitud de «provocación», pero no precisa las palabras cruzadas ni los movimientos de los presentes. En estos términos sitúa el relato el desenlace armado: el señor Lacroix, que regresaba de cazar, descerrajó su escopeta contra Bonnebaigt. El disparo le destrozó la mandíbula; el diario asevera que la víctima quedó enteramente mutilada, mas omite quiénes presenciaron el hecho y qué transcurrió exactamente en los instantes previos a la detonación.
La causa compareció ante el tribunal de lo criminal de Saône-et-Loire, bajo la presidencia del magistrado Simonnet. La Gazette puntualiza que se consagraron cinco sesiones, los días 18, 19, 20, 21 y 22 de junio, al conocido como proceso de Sénozan. El tribunal había decretado el secreto de las actuaciones. El juicio comenzó, pues, a puerta cerrada, examinándose la correspondencia y los testimonios sin concurso de público. Concluida la declaración de los testigos, el letrado Aulois, defensor de Lacroix, solicitó de nuevo la publicidad de los debates. Esta vez la sala accedió y la multitud abarrotó el recinto. La crónica no reproduce las declaraciones; señala únicamente ese umbral en que una audiencia sustraída a las miradas volvió a convertirse en espectáculo.
La acusación particular, encomendada al letrado Maritain, del colegio de París, reclamó 150 000 francos por daños y perjuicios para el señor Bonnebaigt. Semejante suma otorgaba una tasación judicial a la herida, sin reparar en la víctima lo que la Gazette juzgaba irremediablemente perdido. Por su parte, el fiscal general Poux-Franklin descartó la premeditación y recabó de oficio circunstancias atenuantes para Lacroix. El acta no transcribe sus argumentos. Basta, empero, diferenciar la postura del ministerio público de la sostenida por la defensa: la fiscalía no apreció una preparación deliberada del ataque y exhortó a los miembros del jurado a apreciar atenuantes.
Al reanudarse la vista el domingo, el presidente anunció que sometería a deliberación una pregunta subsidiaria relativa a lesiones que hubiesen acarreado una incapacidad laboral superior a veinte días. Tomó entonces la palabra el letrado Aulois. Según la Gazette, combatió la acusación sosteniendo que el proceder de su patrocinado había sido inconsciente, fruto de un arrebato de delirio causado por fundados agravios, bajo el imperio del honor familiar y en respuesta a una provocación directa. Tales afirmaciones constituyen alegatos de la defensa, no hechos declarados probados por el tribunal. La fórmula conjugaba el accidente, la enajenación y la vindicación de la honra; demandaba al jurado que considerase el disparo como la secuela de una afrenta antes que como un delito plenamente voluntario.
El presidente resumió los debates. Eran cerca de las ocho de la tarde cuando los jurados regresaron de deliberar. Su veredicto fue negativo en todas las cuestiones formuladas, comprendida la pregunta subsidiaria anunciada. En consecuencia, el tribunal decretó la inmediata puesta en libertad del señor Lacroix. La Gazette señala que abandonó la sala entre muestras de simpatía y afecto de numerosos amigos. Este movimiento del auditorio pertenece asimismo al testimonio de la crónica; no altera el fallo, pero retrata la acogida dispensada al acusado en aquel trance.
La absolución penal no puso término a la vía civil. El tribunal condenó a Lacroix a indemnizar a Bonnebaigt con 20 000 francos por daños y perjuicios, de los cuales la mitad debía satisfacerse en la quincena siguiente a la notificación de la sentencia, y el resto en el plazo de seis meses, con los intereses correspondientes desde la fecha del fallo. Fijó además una pensión de 2 400 francos, pagadera por semestres anticipados, la mitad de la cual revertiría en la madre de Bonnebaigt si este fallecía antes que ella. El hombre a quien el jurado acababa de exculpar quedaba constituido en deudor de aquel a quien había destrozado la mandíbula. En Sénozan, el matrimonio se había frustrado y un cartucho había zanjado el encuentro; en el estrado, dos resoluciones distintas dejaron subsistir, de manera indisociable, la absolución de Lacroix y la deuda debida a Bonnebaigt.
