El príncipe de Parma se había negado a entregar cincuenta escudos. Resultaba menos gravoso prometer una fortuna tras un asesinato que adelantar los primeros gastos. El hombre que tenía ante sí no poseía ni el porte ni las recomendaciones de un capitán; era un modesto escribano llegado del Franco Condado, con un plan desmesurado y escasos recursos. Balthazar Gérard pedía, sin embargo, muy poco en comparación con el servicio ofrecido: el dinero indispensable para aproximarse a Guillermo de Orange y darle muerte.
La promesa se mantuvo; la bolsa permaneció cerrada. Según los legajos que maneja el historiador John Lothrop Motley, el consejero d'Assonleville aseguró a Gérard que la recompensa pasaría a sus herederos en caso de no sobrevivir. Semejante previsión confería a la empresa un cariz casi familiar. Se preparaba la muerte de un príncipe con las cautelas propias de una herencia.
D'Assonleville impuso otra condición: en caso de arresto, Gérard no debía comprometer al príncipe de Parma. La advertencia dibujaba de antemano dos destinos harto desiguales. Al escribano le corresponderían el acercamiento, el disparo, la huida y, de ser capturado, el interrogatorio; los poderosos preservarían la posibilidad de mantenerse al margen del asunto. Ya habían conocido a hombres que cobraban un adelanto sin consumar lo prometido. Esta experiencia los volvía parcos, aunque no menos inclinados a beneficiarse del crimen. Gérard aceptó partir sin el socorro solicitado y anunció que pronto se tendrían noticias suyas.
Gérard era natural de Vuillafans. Católico convencido, consideraba a Guillermo el mayor obstáculo para el restablecimiento de la autoridad española y de su fe en los Países Bajos. El bando de proscripción promulgado por Felipe II había dotado a ese odio de una invitación pública. Dicha orden no creaba a todos los asesinos; les proporcionaba un soberano en cuyo nombre actuar y una recompensa que exigir. Gérard afirmaba estar movido únicamente por el celo. Sus peticiones de dinero no por ello dejaban de ser precisas.
Había servido en Luxemburgo junto a un secretario del gobernador Mansfeld. Allí se había procurado improntas de sellos oficiales. Aquel latrocinio preparaba un engaño de mayor envergadura. Presentaría los cuños a los adversarios de España como un recurso valioso para sus agentes; con el fin de conferir crédito a la oferta, fingiría ser protestante el tiempo necesario para ser acogido entre ellos. El falso servicio debía comprar el acceso verdadero.
En la primavera de 1584, su plan cobró forma de memorial entregado a los emisarios del príncipe de Parma. Gérard exponía en él el papel que representaría: el de un hijo de calvinista perseguido, afecto él mismo a la Reforma, en busca de protección. Solicitaba al mismo tiempo ser absuelto del robo de los sellos. Semejante conciencia, tan escrupulosa ante una impronta sustraída, no hallaba el mismo reparo a la hora de suprimir una vida. Ya había clasificado el magnicidio entre las obras meritorias.
En Delft, el escribano se hizo llamar, pues, François Guyon. Frecuentó los oficios, portó los libros oportunos, habló el lenguaje de la comunidad cuyo amparo pretendía. El pastor Villiers lo escuchó. El asunto de los sellos lo condujo incluso a Francia, en el séquito de Noël de Caron; Gérard no había deseado aquel desvío, pero este le brindó más tarde el medio de regresar portando una nueva que Guillermo no podía desatender.
El duque de Anjou había muerto. El mensajero llevó los despachos a Delft y fue recibido, el 8 de julio, en la alcoba del príncipe. Guillermo guardaba cama. Deseaba pormenores sobre las postrimerías del difunto; recibió los de un hombre que había consagrado meses enteros a buscar el modo de acercársele. La protección de las personas sucumbe a veces ante la necesidad de información: una carta abre lo que un arma no habría podido forzar.
En esa ocasión, Gérard no iba armado. Respondió y luego salió. Su primer acierto no desembocó en nada: el príncipe permaneció con vida y el asesino en ciernes regresó al patio. Allí reconoció el terreno. Un sargento reparó en su presencia; el pobre viajero explicó que carecía de calzado y de calzas adecuadas para asistir al sermón. La queja llegó hasta Guillermo, quien ordenó que se le entregase dinero.
Según la relación de Motley, Gérard adquirió al día siguiente dos pistolas a un soldado. Los cincuenta escudos denegados por Parma encontraban así un sustituto en la limosna del futuro muerto. El socorro concedido al presunto refugiado financiaba el atentado. Restaba únicamente poner al príncipe de nuevo a tiro, y ese segundo encuentro ya no habría de ser imprevisto.
El 10 de julio, antes de la comida del mediodía, Gérard solicitó un pasaporte. Guillermo dispuso que se extendiese la orden para prepararlo. Louise de Coligny, su esposa, miró al hombre con recelo, refiere el historiador. Tuvo lugar el yantar; el burgomaestre de Leeuwarden se sentó a la mesa con la familia. En el interior de la casa, el visitante tenía un pretexto para aguardar. La promesa de un documento justificaba su presencia sin suscitar sospechas.
Hacia las dos, Guillermo abandonó la sala y se dirigió a la escalera. Gérard salió de su escondrijo y disparó a quemarropa. Una sola pistola despidió tres balas. El príncipe se desplomó; fue conducido de vuelta a la estancia de la que acababa de salir. Las oraciones que se le atribuyen quedaron consignadas tras el homicidio. Nada atenúa la brutalidad de la interrupción: una charla, un almuerzo, el cruce de un umbral en la propia casa, y de pronto todo cuanto se afana en torno a un hombre al que ya no es posible salvar.
Gérard huyó por una puerta lateral. Había dispuesto su retirada con tanto cuidado como su entrada, confiando en ganar las murallas y salvar el foso. Su carrera se detuvo antes de alcanzar el paso. Varios pajes y alabarderos lo redujeron; la ciudad no le concedió tiempo para trocarse en heraldo de la victoria.
Ante los magistrados, reconoció su nombre y su delito. Redactó de su puño y letra su confesión. Se escudaba en el servicio de Dios y del rey; los interrogatorios persiguieron asimismo conocer las incitaciones recibidas y los tratos convenidos. El tormento acompañó tales pesquisas. Las declaraciones arrancadas en semejantes condiciones no transforman cada detalle en certidumbre, mas las gestiones previas ante d'Assonleville constan igualmente en la correspondencia examinada por Motley.
El 14 de julio, Gérard fue ejecutado tras una sentencia a suplicios de extremada crueldad. La justicia pretendió convertir el cuerpo del matador en una respuesta a la muerte del príncipe. No borró por ello el disparo ni el compromiso contraído al otro lado de la contienda.
La familia cobró su premio. Tierras y títulos reemplazaron el dinero prometido; el crimen condenado en Delft se convertía, en los legajos del rey de España, en un servicio digno de gratitud. Gérard no había logrado escapar. En ese último extremo de su concierto, sin embargo, sus protectores no lo dejaron insolvente: el asesino había muerto, mas la deuda le sobrevivió.
