El almirante no negaba haber entregado el dinero. Veinte escudos, y luego otros cien: las sumas habían pasado, en efecto, de sus manos a las de Poltrot de Méré. Disputaba lo que con ellas se había comprado. Para el acusador, se trataba de un asesinato; para Coligny, del servicio de un espía y de un caballo mejor. Toda la diferencia entre un jefe de guerra y el autor intelectual de un magnicidio residía, a partir de entonces, en el destino de una bolsa.
El jinete que la había recibido disparó contra Francisco de Guisa el 18 de febrero de 1563, cerca de Orleans. El duque murió seis días más tarde. Entre el pistoletazo y aquel desenlace, Poltrot fue apresado, interrogado ante Catalina de Médicis y llevado a nombrar a los hombres que, según sus palabras, lo habían alentado. La causa contaba, por tanto, con un homicida confeso. Sin embargo, se prolongaría en el tiempo porque sus acusaciones alcanzaban a vivos a quienes no se podía hacer comparecer con tanta presteza como a él.
El caballo para entrar y salir
En la deposición impresa en 1563, Poltrot relataba una aproximación paciente. Había transitado entre los jefes protestantes, llevado cartas, llegado al campamento de Guisa y manifestado su arrepentimiento por haber combatido contra el rey. El duque lo acogió favorablemente. Los campamentos de una guerra civil no son recintos sin puertas: en ellos se recibe también a quienes fingen abandonar al adversario, pues su defección parece testimoniar en favor de la causa a la que se suman.
Poltrot se mezcló así con los hombres que acompañaban al caudillo católico. Según su confesión, buscaba la ocasión propicia para asestar el golpe y la aplazaba porque Guisa rara vez salía solo. Había comprado un caballo de España al señor de La Mauvissière, entregando dinero y su anterior montura. Semejante adquisición convenía a los designios del fugitivo en que pretendía convertirse. Podía convenir con idéntica justeza, replicaba Coligny, a un hombre encargado de transmitir informes con celeridad.
El asedio de Orleans volvía la espera peligrosa a ojos de Poltrot. Afirmaba temer la toma de la ciudad y la matanza de sus defensores. Esta explicación le pertenecía por entero; revela de qué modo presentaba el paso al acto, sin por ello conferir a su crimen la virtud de un socorro. El 18 de febrero resolvió no diferirlo más. Siguió al duque hacia el Portereau y luego tomó otro camino para aguardarlo a su regreso.
El paso del río
Guisa cruzaba el Loiret en una pequeña embarcación. El paso dividía a su comitiva: no todos podían acompañarlo juntos por ese medio, y algunos daban el rodeo por el puente de Olivet. Brantôme, cuyo testimonio figura en las notas de la edición antigua consultada, atribuiría aquel desastre a una economía de obras públicas. Se había propuesto restablecer un puente; el duque había preferido preservar los caudales del rey. Aquel recuerdo ya nada remediaba, pero brindaba a quienes lo habían conocido un lugar preciso donde anclar su pesar.
Poltrot oyó una trompeta que anunciaba el retorno. Cuando Guisa hubo desembarcado, lo siguió. El duque apenas llevaba consigo a unas pocas personas. En una encrucijada cercana a su aposento, el jinete se aproximó por la espalda y disparó. Dijo haber apuntado al hombro, creyendo el cuerpo protegido por una armadura. De inmediato lanzó su caballo a la fuga.
Una buena montura no trazaba el camino. La noche lo desvió de su ruta; se halló cerca de un puesto de guardias suizos, reconoció el santo y seña del centinela y prosiguió la huida. Vagó hasta agotar a su bestia y luego se refugió en una alquería. Allí lo prendieron. En los relatos de esta captura, el asesino que con tanta minuciosidad había estudiado los movimientos de su víctima no supo conducir los propios lo bastante lejos para eludir las pesquisas.
La confesión y su réplica
Ante la reina y varios grandes del reino, Poltrot se hincó de rodillas. Se le inquirió quién lo había instigado, qué propósito perseguía y qué sumas había percibido. El texto impreso atribuye a Coligny repetidos alientos; compromete asimismo a Teodoro de Beza y a otro ministro de la Reforma. Refiere conversaciones privadas, reticencias vencidas, promesas de galardón espiritual. Todo en él converge para presentar al tirador como el mero ejecutor de una voluntad superior.
Coligny respondió mediante la imprenta. Rechazaba aquellas pláticas, impugnaba las fechas y distinguía los desplazamientos de los que tenía noticia de aquellos que le eran imputados. No pretendía borrar todo trato con Poltrot: este le había llevado un pliego y facilitado después novedades del campo contrario. El almirante reconocía el dinero entregado. Reconocía incluso haber oído al hombre hablar de matar a Guisa, pero aseguraba no haber suscitado ni respaldado jamás tal proyecto.
Se detuvo incluso en la forma en que la confesión lo nombraba. ¿Por qué se le designaba con obstinación como el señor de Châtillon? Aquel nombre era el suyo, pero advertía en ello el lenguaje de sus enemigos, afanados en despojarlo en las palabras de su dignidad de almirante. La cuestión de discernir qué ejército servía verdaderamente al rey atravesaba también el texto. Un proceso por homicidio trasladaba de este modo, en cada tratamiento, la misma contienda que había hecho posible la muerte.
El hombre a quien era preciso mantener con vida
Poltrot amplió todavía más sus incriminaciones. Sospechaba de La Rochefoucauld porque este le había brindado buena acogida. Respecto a Condé, en cambio, aseguraba no saber nada que lo hiciera partícipe. Tales distinciones importan: no todo nombre proferido iba acompañado de pruebas, y ni siquiera el acusador inculpaba indistintamente a cada jefe protestante.
Coligny exigió un careo. Que se custodiara a Poltrot hasta la firma de la paz, en un lugar donde nadie pudiese amedrentarlo ni dictarle una nueva versión; que se les pusiera luego frente a frente, bajo la autoridad de jueces a los que él no recusara. Sabía bien lo que la ejecución arrebataría a su defensa: el hombre cuyo testimonio se pretendía debatir ya no estaría allí para responder a las contradicciones.
No se aguardó. Poltrot fue juzgado, sentenciado y ejecutado en París el 18 de marzo de 1563. Las relaciones de la época dan cuenta de variaciones en sus declaraciones; Coligny sostuvo que el reo lo había exculpado ante sus jueces y camino del suplicio. Esta afirmación, dictada por el propio interés, debe seguir atribuyéndose a quien la formuló. No basta por sí sola para esclarecer el proceso, del mismo modo que la confesión inicial no bastaba para condenar a cuantos en ella figuraban.
El matador había muerto; la querella le sobrevivió. La viuda y los hijos de Guisa prosiguieron con sus acusaciones. Las actas y testimonios compilados en el siglo XIX ponen de manifiesto las recusaciones, las intromisiones del poder real y la persistencia del odio más allá de los fallos judiciales. Ya no se trataba de capturar a un jinete en una granja: se trataba de hacer consagrar, o de aniquilar, una versión del crimen.
La bolsa existió. El caballo fue comprado. El duque recibió el disparo. Mas estas tres certezas no bastaban para esclarecer por sí solas quién había ordenado abrir fuego. Al dar muerte a Poltrot antes del careo solicitado, la justicia puso fin a su voz sin extinguir el uso que los demás harían de sus palabras.
