Cuando le retuvieron sus caballos, Hans Kohlhase pidió primero que se los devolvieran; no exigió el incendio de una aldea ni la ruina de una provincia, y quienes más tarde habrían de pronunciar su nombre con espanto se habrían asombrado sobremanera al ver comenzar semejante torrente de violencia en la disputa más bien mediocre de unos cuantos hombres en torno a dos bestias.
Iba de camino a la feria de Leipzig. Para un comerciante, una feria no es un paseo que pueda aplazarse para el día siguiente si el camino se echa a perder; es un lugar donde las oportunidades llegan con los compradores y parten con ellos, donde el retraso de una sola jornada puede llevarse consigo el beneficio de varios meses. Sus caballos representaban, por tanto, mucho más que su precio: cargaban cuanto él había preparado, los desembolsos ya efectuados, los compromisos que habría de saldar al regreso.
Los hombres del señor sajón Günter von Zaschwitz no los dejaron pasar.
Dos bestias en un patio
Nos hallamos en 1532. Kohlhase es un mercader de Brandeburgo, y la frontera que cruza no es una simple línea sobre el mapa; separa autoridades, fueros, amparos y maneras de obtener justicia. Ante los sirvientes que custodian a los animales, apela a su derecho a proseguir su ruta. Le oponen razones que él juzga vanas. El tiempo transcurre. En esa espera, siente ya cómo se desmorona su viaje.
Llega demasiado tarde para que los negocios se presenten como había esperado. Al regresar, cuando se le exige una suma para recuperar sus caballos, ya no quiere pagar: quiere ser indemnizado. Las bestias que consienten en restituirle no traerán de vuelta a los compradores perdidos. Alguien debe responder por semejante perjuicio.
La escena podría haber concluido en un mal negocio y unas cuantas maldiciones, de esas que los mercaderes se llevan junto con sus libros de cuentas. Mas Kohlhase no logra reducir su humillación a una mera partida de gastos. Exige reparación; y, mientras aguarda a que se calibre su pérdida, esta crece en su ánimo con cada gestión infructuosa, con cada jornada consagrada a hacer reconocer lo que a sus ojos resulta evidente.
Al cabo, sus caballos le son devueltos a cambio de un pago. Ha dejado a salvo su derecho a proceder. Es ese derecho, en adelante, más que los propios animales, lo que se lleva consigo.
El papel que no abre puerta alguna
Busca el favor de su soberano, acude a los medios de la justicia, aguarda a que una autoridad se digne conferir consecuencias a las razones que expone. Las crónicas de antaño no permiten recrear cada encuentro con certeza palmaria; dejan entrever, no obstante, el encadenamiento por el cual el mercader, despojado de la reparación que considera debida, se aparta poco a poco de las vías por las que al principio la había perseguido.
A fuerza de repetir un pleito, un hombre acaba a veces por no saber hablar de otra cosa. Sus allegados aprenden los nombres de los adversarios, los importes, las fechas; saben en qué momento conviene asentir, y esa aprobación, que en un principio debía consolar, puede trocarse en el pasto de una cólera que ya no es posible atajar sin parecer traidor ante quien sufre.
Imaginemos a Kohlhase ante los papeles que ha ido reuniendo. La mesa donde antaño se calculaban las ganancias sirve ahora para guardar los rechazos. Cada pliego prueba que lo intentó; ninguno le concede lo que busca. Ya no contempla en su acumulación un motivo para desistir, sino la demostración patente de que se le obliga a ello injustamente.
Entonces muda la naturaleza de su respuesta. Envía un desafío, una declaración de guerra privada, que va más allá de su primer adversario y apunta a la mismísima Sajonia.
Los caballos salieron del patio hace mucho tiempo. La querella, sin embargo, jamás ha salido de allí.
La deuda presentada a los demás
Comienzan a atribuirse actos de violencia a Kohlhase. Una tentativa de arreglo fracasa; las autoridades sajonas ponen precio a su cabeza. A su alrededor se congregan hombres para quienes su causa ofrece menos una reparación que perseguir que una ocasión para la tropelía. A partir de ese instante, los viajeros son despojados, arden las aldeas, las ciudades padecen el paso de la partida.
Es aquí donde conviene detener por un momento el impulso que nos inclinaba a comprender al mercader. El vecino cuya casa devora el fuego no retuvo caballo alguno. El caminante asaltado tal vez ni siquiera conozca el nombre de Zaschwitz. Entran en una historia ya comenzada, con sus bienes y su miedo, y se les exige que paguen por un agravio en el que no tuvieron parte alguna.
Kohlhase aún puede referir el origen de su cólera. Quienes le siguen pueden escucharlo. Mas ese relato, por muy legítima que hubiese sido la queja primera, ya no repara los nuevos agravios; sirve para autorizarlos. La venganza ha hallado una ligereza que la justicia le negaba: no está obligada a presentarle la cuenta al verdadero deudor.
El mercader se transforma de este modo en aquel de quien conviene protegerse. Su nombre precede a sus camaradas por los caminos. Quizá algunos, al echar el cerrojo, sintieran conmiseración por él al enterarse del origen del conflicto; no por ello dejan ahora de asegurar sus trancas.
Berlín, 1540
En marzo de 1540, Kohlhase y su lugarteniente, Georg Nagelschmidt, son capturados. Mueren ejecutados en la rueda en Berlín. La existencia que comenzara en el comercio concluye en una violencia pública mediante la cual el poder espera restituir a los caminos la seguridad que no había sabido preservar.
El castigo no transforma retrospectivamente todas las decisiones de las autoridades en decisiones justas. Tampoco devuelve al mercader la inocencia que acaso conservaba cuando le arrebataron sus caballos. Dos verdades pueden coexistir, aun cuando el espectáculo de un suplicio invite a cada cual a tomar partido y a dejar de examinar lo demás.
Mucho después, Kleist convertirá esta materia en la historia de Michael Kohlhaas. La figura literaria conferirá a la búsqueda del derecho una fuerza cuya zozobra perturbará por largo tiempo a los lectores; pero el mercader histórico y el héroe de la novela corta han de conservar, cada uno, su propio nombre.
A nosotros nos resta una imagen anterior a los incendios: dos caballos retenidos en un patio, un hombre que aún se cree capaz de obtener reparación mediante la palabra, y varias personas lo bastante cerca de él como para escuchar su demanda. Bastaba entonces una sola decisión; cuando todo hubo concluido, hicieron falta crónicas enteras para explicar por qué nadie la había tomado.
