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Justicia y escándalos · Alemania

Lo que un juicio no sabe escuchar

Woyzeck: un hombre juzgado, una mujer a la que no se debe olvidar

La mujer regresó al despacho porque habían suprimido una palabra. El escribano le mostró la frase, le explicó que expresaba lo mismo bajo una forma más decorosa y aguardó a que se retirase; pero ella permaneció de pie, con el dedo apoyado sobre el punto exacto donde su palabra había sido enmendada, con una terquedad que empezaba a importunarle.

—Dije que le tenía miedo.

—He escrito que vivían en mala inteligencia.

—No es lo mismo.

El escribano alzó al fin los ojos. Llevaba ella un vestido cuyo ruedo había recogido el polvo de la calle, un chal demasiado cálido para la estación y esa expresión de las personas que han debido repetir durante largo tiempo una súplica simple antes de que alguien se aviniera a escucharla. Se llamaba Marta. La difunta de quien hablaba se llamaba Johanna Christiane Woost.

La mujer en el zaguán

En 1821, en Leipzig, Johann Christian Woyzeck había matado a Woost. Antiguo soldado, instruido en el oficio de peluquero, había arrastrado una existencia inestable, marcada por la pobreza y por periodos sin trabajo ni cobijo seguro. Violencias reiteradas contra la misma mujer habían precedido al asesinato. Tras su arresto, alegó en particular haber oído voces que lo impelieron a actuar; su estado mental se convertiría en objeto de una disputa en la que tomarían parte médicos, juristas y la opinión pública.

Sin embargo, en el despacho donde Marta aguardaba, la primera dificultad parecía menor: ¿cómo transcribir lo que una vecina había escuchado sin conferirle, a juicio del escribano, una importancia desmedida? No pretendía mentir. Deseaba redactar un documento regular, purgado de repeticiones, de vacilaciones y de esa turbación que hace decir a los testigos varias veces la misma cosa.

Por consiguiente, había resumido.

Marta había reconocido en aquel extracto la desaparición precisa de lo que había venido a declarar.

Las palabras que se archivan

El escribano se llamaba Friedrich. Había aprendido a distinguir el hecho de la emoción, a no atestar los legajos con lamentos que nada añadían al conocimiento material de lo acaecido. Era concienzudo; su superior le reprochaba a veces una lentitud que él mismo atribuía al celo por el trabajo bien hecho. Por ello, recibía la protesta de aquella mujer como un agravio injusto.

—Usted no puede saber lo que ella sentía.

—Sé lo que me dijo.

—Pues déme las palabras exactas.

Marta las repitió. Eran pobres, sin artificio notable, casi las mismas de las que uno se sirve a diario para expresar una inquietud que aún no se desea nombrar del todo. Friedrich las consignó por escrito; luego inquirió en qué fecha habían sido pronunciadas. Ella vaciló. Él vio en aquella vacilación una debilidad del testimonio; ella experimentó en ella, ante todo, la vergüenza de no haber pensado, cuando una vecina le hablaba, en preservar un día preciso para un asesinato que todavía no se había cometido.

Buscó un punto de apoyo: la ropa tendida al secarse, una visita, el día posterior a un recado. El escribano esperó. Por vez primera, su silencio no le exigía concluir con premura.

El caso Woyzeck

Entretanto, la causa cobraba una magnitud que desbordaba las circunstancias inmediatas del crimen. Clarus, el médico comisionado para el peritaje, interrogó a Woyzeck y concluyó que era plenamente responsable. Surgieron objeciones; un segundo dictamen pericial sostuvo la conclusión. Las controversias giraban en torno al estado mental del reo, a los métodos para evaluarlo y a las consecuencias que de ello debían deducirse respecto a la pena.

Sería un error distribuir a la distancia los papeles excesivamente cómodos de un pasado unánimemente ciego frente a un presente que sabría al fin comprenderlo todo. La disensión existía ya. Hombres de aquel tiempo dudaban, impugnaban, daban a las prensas sus razones; el proceso se desarrollaba en medio de aquellas voces, sin que su multiplicación bastara para alterar su desenlace.

Friedrich leía las discusiones cuando lograba procurarse los impresos. Hallaba en ellos términos precisos, argumentos, una hondura que le sobrecogía. Luego volvía la mirada a la cuartilla de Marta y se asombraba de que un expediente capaz de albergar tantas explicaciones sobre el hombre hubiese dejado tan escaso lugar al miedo de la mujer.

No cabía elegir entre ambos términos. Era precisamente la trampa fácil de la que debía precaverse: o bien comprender al asesino, o bien recordar a la víctima. Una justicia digna de tal nombre habría debido ser capaz de sobrellevar las dos.

La copia guardada

Marta preguntó un día si su testimonio cambiaría en algo las cosas. Friedrich habría deseado responderle que sí. Había aprendido lo suficiente de su oficio para no confundir la utilidad de una pieza procesal con la promesa de una sentencia; también había meditado lo bastante sobre su primera corrección como para saber que un documento puede tener la obligación de conservarse aun cuando no vaya a salvar a nadie.

—Dirá lo que usted ha dicho.

Ella pareció decepcionada; luego asintió con la cabeza. Había recorrido un camino tan largo para conseguir aquello que no podía determinar al instante si era poco o mucho.

Cuando la mujer se hubo marchado, el escribano contempló las dos versiones. La primera era más sucinta, más regular, más semejante a los demás folios del expediente. La había redactado así en aras del buen oficio. La segunda dejaba traslucir a una mujer que titubeaba con las fechas y porfiaba en una palabra; se parecía menos a un atestado y más a lo que verdaderamente había tenido lugar en el despacho.

Conservó ambas. Le pareció necesario que su propia enmienda no desapareciera a su vez sin dejar rastro.

Tras la sentencia

Woyzeck fue ejecutado en 1824. Mucho más tarde, Büchner retomaría esta materia en un proyecto dramático que quedó inconcluso. La escena habría de dotar al caso de otros personajes, de otras tensiones, de una potencia que no se confunde con la de las actuaciones judiciales. La obra no constituye un acta a la que se hubiesen añadido bellas palabras; abre un espacio donde las preguntas pueden permanecer abiertas tras el final.

Marta jamás conoció semejante posteridad. Regresó un día en busca de una razón y halló a Friedrich ocupado en atender a otra mujer. Ésta hablaba con excesiva premura, desandaba lo dicho, no lograba recordar el nombre que se le requería. En otro tiempo, él habría resumido sin aguardar.

En esta ocasión, dejó la pluma sobre la mesa.

—Comience de nuevo desde el principio —dijo—. Tenemos tiempo.

Marta permaneció un instante junto a la puerta; luego se marchó sin interrumpirle. No había obtenido otro desenlace ni una reparación. Sin embargo, algo había dejado de desvanecerse con tanta facilidad.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La palabra suprimida

Una vecina regresa para hacer enmendar su deposición. Un escribano ha mudado «ella le tenía miedo» por una fórmula aséptica que ya no inquieta a nadie.

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novela

Aquellos a quienes el legajo silencia

En medio de un proceso célebre por sus dictámenes periciales, un oficial de justicia intenta restituir su lugar a la mujer asesinada. Para ello, debe primero mostrar aquello que su propia pluma borró.

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trilogía

Las tres escrituras del crimen

Tres volúmenes: la vecina que atestigua, el escribano que clasifica y el dramaturgo que retoma el sumario. Cada voz descubre lo que la anterior le transmitió de falso o de incompleto.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Marta, Friedrich y la escena del despacho son de naturaleza ficticia. El estudio de Nursan Celik arroja luz sobre las violencias precedentes, el crimen de 1821, los peritajes forenses, la ejecución en 1824 y la posteridad literaria en la obra de Büchner. Esta evocación no constituye en modo alguno un diagnóstico médico retrospectivo.

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