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Policía y bajos fondos · Francia

Lacenaire: el crimen empuña la pluma

Un reo de muerte reclama todavía la última palabra.

El condenado exigió que se le devolviera la página, no porque contuviera una errata, sino porque el copista había desplazado una coma; y el joven, que se había preparado para encarar a un malvado, sintió ante semejante escrúpulo de gramático una confusión de la que luego se avergonzaría.

Se llamaba Émile. Un librero le había encomendado pasar a limpio unos pliegos destinados a la imprenta, oficio harto mal remunerado como para haberse preguntado en un principio a quién pertenecían. No lo supo hasta ver el nombre inscrito en la primera página: Pierre-François Lacenaire. En los cafés donde Émile almorzaba, aquel nombre se pronunciaba con una mezcla de pavor y fascinación; ciertas gentes parecían casi agraviadas de que un asesino poseyera ingenio bastante para desmentir la idea que de ordinario se formaban de la calaña criminal.

El reo tomó de nuevo su pliego, trazó en él una corrección y se lo devolvió con cortesía.

—Ahora dice lo que yo deseo.

Émile examinó la frase. Rezaba que las circunstancias habían arrastrado a su autor al abismo.

Un lugar aparte

Lacenaire había dado muerte. Jean-François Chardon y su madre figuraban entre sus víctimas; Pierre Victor Avril había participado en el doble homicidio. Aquellos nombres, bastantes para explicar por qué un hombre se hallaba a disposición de la justicia, ya no colmaban la curiosidad del vulgo. Se ansiaba saber cómo hablaba, qué escribía, si sentía miedo, si mediaba el arrepentimiento; se parecía aguardar de su actitud ante el cadalso una revelación que confiriese por fin al crimen una talla digna de la expectación suscitada.

En la Conciergerie, Lacenaire compuso memorias y poesías. No ha de extrañarnos que un reo intente todavía enseñorearse de algo: de sus horas, de su voz, del recuerdo póstumo. Mas tal empeño cobra un vigor singular cuando el sujeto posee el arte del buen decir y sus lectores, enternecidos al verse admitidos en su intimidad, olvidan por un instante a cuantos ya no pueden replicar.

Émile comenzaba a dejarse seducir. Tenía escaso dinero, una ambición literaria que solo confesaba a los amigos incapaces de burla y esa debilidad propia de los principiantes consistente en figurarse que toda inteligencia preclara debe ser, en el fondo, una aliada. El reo le pedía parecer; ningún escritor libre lo había hecho todavía.

El pliego anónimo

Una noche, entre el legajo que le habían confiado, Émile dio con una página de otra mano. La letra se advertía más pausada, más aplicada, con tachaduras y enmiendas que delataban menos la búsqueda del estilo que la pesadumbre de expresar cabalmente lo que se pretendía. En ella se hablaba de una mujer que aguardaba a su hijo; el apellido Chardon asomaba en el margen.

Preguntó al librero por el origen del papel. Este se encogió de hombros. Los documentos se acumulaban sobre los documentos; lo que pudiera arrojar luz sobre el caso hallaría tal vez acomodo al término del volumen. Urgía sobremanera rematar la copia antes del alba.

Émile veló la noche entera sobre aquel pliego. Ignoraba quién lo había escrito y si todos los detalles eran verídicos. Solo una certeza subsistía: la voz que en él resonaba no mendigaba aplausos. Reclamaba que se rememorase una puerta, una cena dispuesta, una costumbre truncada. Los muertos, confinados hasta entonces bajo la escueta palabra de víctimas, recobraban esa infinidad de gestos cotidianos de los que se urde una vida antes de que un extraño decida truncarla.

A la mañana siguiente, había copiado la página con mayor esmero que todas las anteriores.

La corrección denegada

Al encontrarse de nuevo con Lacenaire, le presentó el pliego. El hombre lo recorrió con la mirada, se detuvo en el nombre anotado al margen y dejó el papel a su lado.

—Esto no me pertenece.

—Pertenece, sin embargo, a la misma causa.

—Confunde usted el proceso con mis memorias.

La distinción era certera. Tan certera que Émile quedó mudo. Había creído aportar un complemento; descubría que un relato posee lindes y que quien los traza puede dejar fuera con perfecta soltura cuanto le incomoda.

Lacenaire le requirió las páginas siguientes. Su tono de voz no se había alterado lo más mínimo. Émile habría preferido un arranque de cólera, un arrebato que simplificara la situación; pero el hombre se mostraba tan solo enojado de que un amanuense discutiera la obra de la que le habían encomendado la copia.

—¿No queréis entonces que se sepa?

El condenado alzó la vista.

—Quiero que cumpláis con vuestro oficio.

Émile recogió el legajo. Padecía necesidad, adeudaba el alquiler y el librero no iba a remunerarle un escrúpulo de conciencia. Prosiguió, pues, su labor, con la sola diferencia de que cada frase en la que el narrador acomodaba las circunstancias a su arbitrio le hacía escuchar en lo sucesivo el portazo que se cierra a espaldas de alguien.

Lo que la portada callaba

Lacenaire fue guillotinado el 9 de enero de 1836. Sus escritos vieron la luz aquel mismo año bajo un título que prometía memorias, revelaciones y poesías. El volumen brindaba al lector múltiples sendas para adentrarse en la existencia del criminal; ninguna cubierta estaba obligada a garantizar que allí se asignaría el lugar debido a cuantos él había privado de la vida.

Émile percibió sus emolumentos una tarde de lluvia. El librero recontó la suma, le afeó algunas demoras y le inquirió si se hallaba disponible para un nuevo traslado. Respondió que lo estaría desde el día siguiente. Rara vez se gana lo suficiente, en los inicios, como para rehusar el sustento en nombre de los desengaños que este depara.

Conservó, no obstante, un duplicado del pliego anónimo. Durante largo tiempo lo guardó entre sus propios borradores, entre el comienzo de una novela y una comedia cuyo segundo acto nadie había querido leer. Cuando un amigo le preguntó un día por qué mezclaba aquella prosa desmañada con sus propios escritos, respondió que le servía de recordatorio para conceder la palabra a los personajes desprovistos de ingenio.

El amigo lo tomó por una agudeza de literato.

Émile no lo sacó de su error. Sabía ya que un hombre puede adueñarse de la última palabra merced a su talento, y que a otro le aguarda entonces el deber, harto menos glorioso, de restituir los nombres preteridos en la primera página.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El copista, el pliego y las conversaciones con el condenado son fruto de la ficción. Ningún diálogo reproduce una cita textual auténtica de Lacenaire. Las referencias históricas documentan a las víctimas, la ejecución y la publicación de las memorias en 1836; este texto no pretende ofrecer una transcripción de tales memorias.

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