El sastre había reconocido el traje antes de reconocer al hombre. Una tela puede asemejarse a otra, pero quien la ha cortado conserva en la mirada las pequeñas resistencias que le opuso; la manga de aquel parroquiano, en particular, había exigido un arreglo del que Mateo se acordaba a la perfección, pues se la habían hecho descoser y rehacer sin avenirse a pagar un real de más.
El hombre entró tras el cierre. Se quitó el sombrero con una cortesía que habría resultado propia de una visita de cumplido, de no ser porque su mano izquierda retuvo la puerta hasta cerciorarse de que nadie le iba a la zaga.
—Preciso parecer menos acomodado.
Mateo contempló los botones, el cuello, la calidad del paño.
—Eso suele arreglarse solo, caballero. Basta con aguardar a que lleguen mis facturas.
El cliente apenas esbozó media sonrisa. En la callejuela resonaron unos pasos que se aproximaban. Comprendió entonces el sastre que no venía a regatear el precio de una compostura.
El nombre de la noche
Madrid conocía bien a Luis Candelas. Nacido en Lavapiés, en el seno de una familia de ebanistas que no carecía de posibles, estaba destinado a convertirse en uno de esos bandidos cuya memoria popular preserva de buen grado las galas, los lances y las audacias, mientras que a los despojados apenas les reserva un papel ingrato. Su leyenda le atribuía una existencia dividida entre el prócer respetable y el ladrón; el día y la noche parecían otorgarle dos estados civiles distintos.
Mateo no estaba al corriente de todas aquellas patrañas. Conocía a un cliente que pagaba a veces con presteza, otras por mano de terceros, y cuyas exigencias crecían a medida que su nombre resultaba más espinoso de asentar en un libro de cuentas. En una ocasión, hubo que entregar una prenda en una seña distinta a la indicada la víspera; en otra, el caballero exigió que se descosiera del cuello la marca del taller.
El sastre había hallado singulares tales precauciones, mas no bastantes para malograr una parroquia. Sustentaba a dos chiquillos y a una tía anciana cuya principal ocupación consistía en recordarle que un hombre honrado acaba siempre falto de cuartos cuando rehúsa los ajenos.
Esta vez, sin embargo, el dinero descansaba de antemano sobre el mostrador.
Lo que se le quita a un traje
Candelas pidió una chaqueta gastada, una prenda que no pareciese escogida adrede. Mateo abrió el armario donde languidecían los encargos jamás reclamados. Los difuntos, los menesterosos y los clientes huidos sin saldar cuentas componían allí una sociedad harto heterogénea; cada vestidura aguardaba a un dueño cuya ausencia respondía a motivos diversos.
Extrajo el artesano una casaca parda. Había pertenecido a un pasante de escribano, al menos según los informes que recabó cuando intentó cobrarla. Candelas se la probó, irguió los hombros y se miró las manos. Conservaba aún el desembarazo del hombre que se sabe mirado con favor; el humilde ropaje le sentaba peor que su antiguo paño de calidad.
—Baje los ojos —dijo Mateo.
El otro se volvió.
—¿Por qué razón?
—Porque las gentes que visten este sayo rara vez exigen que se les abra paso.
Sobrevino un silencio. El bandolero examinó al sastre con un interés inédito, como si descubriese que un hombre entregado a la aguja pudiera haber observado algo del mundo. Luego, bajó la vista. Mateo tomó de nuevo la prenda para acortar una manga; le temblaban levemente los dedos y se esmeró en disimular aquella flaqueza, temeroso de que su cliente columbrase en ella la intención de delatarlo.
La puerta entreabierta
Llamaron a la puerta. La tía alzó la voz desde la trastienda: alguien preguntaba por el amo del taller. Mateo señaló al cliente el cuartucho donde se apilaban las piezas de paño y acudió a abrir.
El hombre apostado en el umbral no vestía uniforme. Llevaba un pañuelo atado con fuerza alrededor de la mano e inquirió si habían visto pasar a un individuo de cierta estatura, vestido con traje oscuro. Sus señas eran imprecisas; su cólera, en cambio, no lo era. Le acababan de arrebatar una suma destinada a pagar a los peones de su obra.
Mateo dirigió una mirada de soslayo hacia el cuartucho. Había oído contar que Candelas solo atacaba a los acaudalados, que trataba con miramiento a sus víctimas, que reunía, en fin, todas las virtudes que las gentes de bien regalan gustosas a un ladrón con el que jamás han tenido que vérselas. El hombre del pañuelo no parecía el tipo de persona a la que diera gusto desvalijar. Parecía alguien que al día siguiente tendría que dar explicaciones de por qué otros se quedaban sin jornal.
—Pase usted —dijo el sastre.
Era la primera determinación que tomaba desde la llegada de su cliente.
El desconocido franqueó la entrada. Un rumor sordo se dejó oír tras los fardos de tela; Mateo se volvió demasiado tarde. La puerta que daba al patio trasero acababa de cerrarse de golpe, y la casaca parda se había esfumado junto con aquel a quien se la había destinado.
El sayo restituido
La fuga de Candelas no podía prolongarse eternamente. Su andadura concluyó con una condena y el suplicio del garrote vil en 1837. Su fama de bandolero libre de delitos de sangre contribuyó a singularizar su memoria; mas no borró los robos ni el rigor despiadado del castigo. Con el tiempo, la ciudad haría de él una figura por la que las nuevas generaciones sentirían tanto más afecto cuanto que jamás habrían de aflojarse la faltriquera ante él.
Unos días después de aquella visita, el sastre halló ante su portal un fardo que contenía la casaca parda. Había también monedas, más de las que había pedido. Su tía contó los cuartos y sentenció que un hombre tan mirado en sus tratos no podía ser del todo perverso.
Mateo no replicó. Separó el justo precio de su labor y llevó el resto a las señas que le había dejado el hombre del pañuelo. Este no le preguntó por nombre alguno; tan solo inquirió si estaba seguro de no deber retener la suma entera. Aquel escrúpulo, viniendo de un hombre robado, conmovió al artesano más que la generosidad del bandido.
Años más tarde, le mostraron una estampa de Candelas. El personaje lucía en ella un porte arrogante; el atuendo parecía cortado a la medida de los gustos de la posteridad.
—¿Llegó usted a tratarle? —le preguntaron.
Mateo contempló el grabado.
—Traté sus mangas —respondió—. Lo demás lo cuentan otros con mucha mejor maña que yo.
