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Imposturas y fortunas · Inglaterra

El nombre que el señor había tomado prestado

Hatfield: el matrimonio que convirtió la impostura en una celebridad fatal

La noticia del matrimonio llegó más lejos de lo que el marido había previsto. Había confiado en el encanto de su persona, en el crédito de su apellido y en el afán de una pequeña sociedad provinciana por agasajar a un hombre de consideración; calculó con menor fortuna lo que sucedería cuando los periódicos anunciaran que la beldad de Buttermere acababa de desposar a un miembro de la aristocracia cuya familia sabía perfectamente dónde se encontraba.

El verdadero Alexander Augustus Hope estaba en Viena.

Aquel que acababa de contraer matrimonio con Mary Robinson respondía al nombre de John Hatfield.

Un hombre a quien su nombre precedía

Había llegado a la comarca con los modales y las apariencias exteriores que a menudo dispensan de presentar credenciales. Se le creía emparentado con una estirpe ilustre, miembro del Parlamento y dueño, en fin, de esa clase de fortuna cuyos pormenores no es decoroso escudriñar. Sabía valerse de tales suposiciones sin desmentirlas jamás; y, cuando era menester pedir prestado, obtener crédito o justificar una penuria momentánea de caudales, el nombre hacía la mitad del trabajo.

Hatfield contaba ya en su haber con varias existencias. Había vivido en la opulencia, contraído deudas, conocido la prisión, obtenido socorros y vuelto a empezar en otra parte; diversas mujeres habían pagado sus obligaciones o recibido sus promesas, para quedarse luego a solas con las consecuencias una vez que él hallaba un nuevo rumbo. El lector familiarizado con este pasado se asombrará, acaso, de que aún se le pudiera conceder crédito. Quienes lo acogían no gozaban de tal privilegio: cada comarca veía entrar a aquel hombre por primera vez.

En Buttermere, Mary Robinson servía en la posada de su padre. Varias crónicas de viaje habían ensalzado su hermosura; la gente acudía a contemplar los lagos, las montañas y a aquella muchacha a quien los viajeros se permitían examinar con una desenvoltura que sin duda habrían juzgado ofensiva si alguien se la hubiese tomado con sus propias hijas.

Hatfield comprendió al punto lo que aquella celebridad ajena podía añadir a la suya propia.

En la posada

Imaginemos una estancia donde los forasteros sacuden sus ropas empapadas antes de pedir el té, una ventana abierta a un paisaje que atrae a los caminantes, y a Mary atareada en el servicio mientras se habla de ella como si su presencia no la obligase a escuchar. Aquel hombre se distingue de los demás al dirigirle la palabra; parece devolverle la condición de persona en medio de una curiosidad general que la reduce a espectáculo.

Él regresa. Uno se acostumbra a su semblante, a sus maneras, a la idea de encontrarlo allí. Su presunto rango le otorga el derecho de ser singular; lo que en un desconocido menesteroso habría despertado recelos, se convierte en él en la natural desenvoltura de un gran señor.

Ignoramos las palabras exactas con que sedujo a Mary. Basta considerar lo que se le ofrecía creer: una atención que parecía predilecta, un horizonte lo bastante dilatado para trascender los muros de la posada y, tal vez, la certidumbre de ser mirada, al fin, de un modo distinto al de aquellos viajeros empeñados en cotejarla con una descripción escrita.

Los desposorios se celebraron en Lorton el 2 de octubre de 1802. Semejante alianza no podía permanecer en el secreto. La nueva no tardó en ganar las páginas de las gacetas, y el nombre que Hatfield había tomado prestado comenzó a viajar sin él.

El nombre regresa a su familia

Los allegados de Hope hicieron saber de inmediato que el auténtico noble residía en Viena. A partir de ese instante, las cautelas de que Hatfield había rodeado a su personaje se volvieron en su contra: cuanto más célebre era el nombre, más fácil resultaba desmentirlo.

Un magistrado, George Hardinge, que trataba a Hope, exigió encontrarse con quien se hacía pasar por él. Hatfield no pudo sostener la misma versión sin fisuras; aseguró llamarse Hope, en efecto, pero negó ser el parlamentario con quien se le confundía. Era una retirada angosta, calculada para conservar una parte de la máscara abandonando la que resultaba demasiado fácil de contrastar.

La maniobra fue vana. Se libró una orden de arresto. Puesto bajo custodia, Hatfield trató al principio el asunto como un burdo malentendido; poseía un largo oficio en esos trances donde el aplomo puede hacer titubear a quienes tienen, no obstante, el derecho de retenerlo. Consiguió fugarse.

Para Mary, aquella huida no se parecía a las ausencias de antaño. Ya no cabía aguardar el regreso de un esposo: urgía averiguar qué hombre había abandonado en verdad la casa. Las pláticas que antes la felicitaban mudaron de tono. Le traían noticias, conjeturas, viejas habladurías; todo el mundo parecía poseer ahora un fragmento de esa existencia que a ella le habría hecho falta conocer antes de pronunciar sus votos.

El reo de Carlisle

Hatfield fue capturado de nuevo en Gales. En Carlisle, en agosto de 1803, hubo de responder a tres cargos de falsificación documental. El interés del público se inclinaba con morbo hacia el matrimonio engañoso, pero el proceso judicial se atenía a sus propias tipificaciones; no era sencillamente por haber usurpado el tálamo de un cónyuge por lo que se le iba a condenar.

Se declaró inocente. Las pruebas testificales y periciales prevalecieron en su contra, y fue ahorcado ese mismo año. Aquella carrera de imposturas concluía al fin bajo un nombre del que ya no podía desprenderse subiendo a una posta de caballos.

Las crónicas de la época encomian su serenidad. Se complacen en estos pormenores de la última hora, como si la compostura ante el cadalso pudiese enmendar lo que se hizo padecer a los vivos. Mary no tenía necesidad de saber con qué entereza se había conducido en el patíbulo; de sobra conocía el aplomo con que había empezado todo.

Se abrió una suscripción popular para socorrerla a ella y a los suyos. La curiosidad pública intentaba, esta vez, reparar algún agravio; esa misma curiosidad que, desde las columnas de prensa, había contribuido a desenmascarar al embaucador. Preciso es reconocerle este doble filo, pues el mismo afán que convirtió la boda en comidilla general impidió que la impostura se prolongase al abrigo de la discreción.

Después del nombre ilustre

Años más tarde, Mary volvió a casarse con un labrador. Este hecho, que las biografías suelen despachar en sus renglones postreros, merece demorada atención: prueba que una mujer continuó viviendo más allá del relato del que los demás no querían dejarla salir.

Se compusieron romances, versos y piezas teatrales sobre la beldad de Buttermere y su falso galán. Ella no había solicitado ninguna de aquellas versiones de sí misma. Es muy posible que aún tropezara con viajeros convencidos de halagarla al asegurarle que conocían su desventura; les habría hecho falta una exquisita delicadeza para comprender que solo conocían, con exactitud, la única parte a la que volvían una y otra vez.

El verdadero Hope había recuperado su apellido. Hatfield había perdido los suyos. A Mary le aguardaba una tarea menos clamorosa que el desenlace de un juicio: edificar días que ya no pertenecieran a aquel hombre.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El nombre llegado de Viena

Pocos días después de las nupcias, una carta anuncia que el marido reside en otro país. Sin embargo, él sigue sentado a la mesa de la posada.

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novela

La esposa del falso Hope

Una joven descubre las vidas sucesivas de su esposo. Cada persona a la que él engañó guarda una pieza del pasado y una razón para callarla.

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trilogía

Los tres nombres del marido

Tres volúmenes a través de los ojos de tres mujeres a quienes un mismo embustero dejó atrás. Sus destinos se cruzan cuando renuncian a esperar que él les haga justicia.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Las fases del caso siguen el Dictionary of National Biography y las reseñas históricas del National Trust. Las fuentes discrepan sobre la fecha exacta de la ejecución en la horca. Hatfield fue juzgado por falsificación: la crónica de su matrimonio no agota los fundamentos jurídicos de su condena penal.

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