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Imposturas y fortunas · Francia

Dos hombres para un solo pasado

Martin Guerre y Arnaud du Tilh: ¿a quién reconocemos verdaderamente cuando creemos reconocer a alguien?

Cuando el segundo Martin Guerre entró, el primero no dejó de existir de inmediato. Permanecía allí, con el mismo rostro que todos habían reconocido, los mismos recuerdos con los que había asombrado a los testigos, varios años de una vida que la llegada de otro hombre no podía borrar de un solo trazo; y, sin embargo, era preciso decidir a cuál de los dos pertenecían el nombre, la esposa, la casa y el pasado.

El recién llegado tenía una pierna de menos.

Aquel que lo aguardaba había aprendido a responder en su lugar.

El ausente de Artigat

Martin Guerre había abandonado a su familia. En Artigat, Bertrande de Rols había quedado a solas con la ausencia de un marido cuyos años transcurridos no traían de vuelta. Una desaparición carece de la nitidez de un duelo: deja las costumbres suspendidas, entorpece ciertas decisiones y siempre permite que alguien afirme que todavía conviene esperar.

Había marchado tras una disputa familiar provocada por el hurto de cierta cantidad de grano, según el antiguo relato del caso. El tiempo transcurrió. Se conservó su nombre en las conversaciones; luego se dejó acaso de pronunciarlo a diario, pero seguía ligado a unos bienes, a unos vínculos, a una mujer que no podía conducirse como si él jamás hubiera existido.

Fue entonces cuando se presentó un hombre.

Se parecía a Martin Guerre. Sabía cosas que nadie habría creído posible averiguar fuera de aquella casa. Hablaba de personas, de circunstancias, de recuerdos cuya precisión otorgaba a su presencia una fuerza que el rostro por sí solo acaso no habría tenido. Varios lo reconocieron. Bertrande lo acogió como a su legítimo esposo.

El hombre se llamaba Arnaud du Tilh.

Aprender una vida

Había reunido informes con paciencia. Ciertas personas lo habían tomado por el ausente; semejante error le señaló un camino del cual debía preparar después cada una de las etapas. Para sostener el papel, no bastaba con conocer los grandes acontecimientos. Era preciso saber lo que preguntaría un pariente, lo que recordaría un vecino, esas menudencias que no figuran en acta alguna pero a las que los hombres conceden mayor crédito que a un papel sellado.

Su empresa participaba a la vez de lo prodigioso y de lo miserable. Prodigioso, porque le era forzoso retener los fragmentos de una vida que no le pertenecía; miserable, porque las mismas personas a las que engañaba le procuraban también, mediante sus preguntas, el modo de proseguir el engaño.

Rara vez recita un recuerdo entero quien dice poseerlo. Uno lo comienza, vacila, el otro lo completa; dos personas construyen juntas la prueba de haber vivido lo mismo. Du Tilh supo habitar tales intercambios. El pasado de Martin Guerre, conservado en la memoria ajena, le abría un lugar en el presente.

Permaneció varios años junto a Bertrande. Nacieron hijos. El fraude ya no consistía en una sola presentación mentirosa; había ganado jornadas, comidas, lazos a los que resultaría imposible decir después que no habían tenido lugar.

La duda en el seno familiar

Pierre Guerre, tío del ausente, y otras personas impugnaron la identidad de aquel hombre. El asunto se llevó ante la justicia. En Rieux, y más tarde ante el Parlamento de Toulouse, fue necesario escuchar testimonios que no se dejaban ordenar con facilidad en dos columnas.

Unos reconocían a Martin. Otros señalaban a Arnaud. Se examinaban las marcas corporales, las costumbres, la lengua, las dimensiones mismas del pie. El zapatero, en la relación de Pitaval, aportaba al debate un saber que nadie habría soñado con solicitarle cuando se limitaba a ejercer su oficio. Recuerdos de riñas, de almuerzos, de pláticas de sobremesa se convertían en piezas cuyo valor debían tasar los jueces.

La propia familia aportaba reconocimientos favorables al acusado. No era posible, pues, reducir la cuestión a la ceguera de una sola esposa. Toda una sociedad, hecha de relaciones familiares y de certezas desigualmente precisas, se veía obligada a explicar cómo sabía que un hombre era, en efecto, aquel a quien nombraba.

Du Tilh respondía. Su aplomo ya había engañado; aún podía hacer vacilar los ánimos.

Dos hombres ante Bertrande

El verdadero Martin regresó. Había perdido una pierna en la guerra. Su presencia no constituyó tan sólo una prueba añadida: impuso una comparación viva, algo que las narraciones, por precisas que fuesen, no habían permitido hasta entonces.

Volvamos a aquella sala. Los dos hombres pueden oír las preguntas. Cada cual posee un rostro, una voz, un porte. Uno ha vivido los recuerdos que el otro aprendió; el otro ha vivido junto a Bertrande unos años que el primero ignora por completo. La verdad de la identidad no torna de golpe sencillas todas las relaciones.

¿Y Bertrande? Tanto se ha querido saber qué había comprendido, deseado o consentido, que se le han atribuido certidumbres contradictorias con idéntica seguridad. Dejaremos a su silencio el espacio que las pruebas no permiten colmar. La justicia la declaró libre de culpa; no le corresponde al cronista condenarla para procurarse una trama más picante.

Basta la turbación existente sin necesidad de inventarle una confesión.

El nombre abandonado

Du Tilh fue condenado. Conducido de vuelta a Artigat, confesó su impostura. El relato de Pitaval, al recoger la materia transmitida por Coras, expone de qué manera se había informado y preparado; lo que había parecido casi inexplicable se descomponía en encuentros fortuitos, respuestas retenidas y ocasiones aprovechadas al vuelo.

En 1560 fue ejecutado ante la casa de Martin Guerre; su cuerpo fue quemado después. El castigo restituía públicamente el nombre a su dueño. No podía, en cambio, devolver a los demás una memoria en la que los años de la impostura no hubiesen dejado huella alguna.

Bertrande debía reencontrar a su marido y convivir con el recuerdo del hombre que había ocupado su lugar. Los allegados, tanto los que lo habían reconocido como los que lo habían denunciado, permanecían en la misma comarca. Es fácil imaginar las conversaciones interrumpidas cuando alguien franqueaba el umbral, los detalles que ya no se osaba referir, los errores de los que se prefería reír para no confesar que habían sido certezas.

La puerta de la casa continuaba abriéndose en el mismo sitio. Tan sólo era preciso aprender de nuevo a quién se esperaba tras ella.

Du Tilh había perdido el nombre que usurpara. Pero había dejado en una familia una interrogante que ningún suplicio podía llevarse consigo: ¿qué reconocemos exactamente en aquellos a quienes creemos conocer mejor que a nadie?

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La segunda llegada

Un hombre al que le falta una pierna entra en una sala donde otro lleva ya su nombre. Una mujer debe responder ante quienes la ayudaron a creer.

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novela

Los años del impostor

Un ausente regresa a reclamar su vida. Aquel que lo ha sustituido posee ahora recuerdos, hijos y lealtades que la verdad no basta para deshacer.

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trilogía

Los que llevaban su nombre

Tres libros: la ausencia, la vida bajo un nombre prestado y, finalmente, los hijos que heredan ambas versiones. Una saga sobre aquello que una familia elige reconocer.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato se sirve de una transcripción modernizada de Pitaval y no de las actas originales del proceso. Las atmósferas corresponden a la evocación literaria. La cuestión del conocimiento o de la complicidad de Bertrande permanece abierta; nuestro relato no pretende zanjarla.

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