El viajero apeóse del tren en un estado tal que hizo pensar, en un primer momento, que había sido asaltado. La sangre adherida a sus ropas, su extravío, las heridas que mostraba componían una historia que a nadie habría extrañado escuchar; pero, mientras le prestaban auxilio, apareció un objeto en un lugar donde los viajeros no tienen por costumbre guardar sus pertenencias.
Era un reloj, oculto en el interior de su zapato.
El hombre se llamaba Percy Lefroy Mapleton. Había viajado junto al señor Gold en la línea de Brighton. Gold, por su parte, ya no descendería para ofrecer su versión.
El asiento adquirido
Existe en todo billete de ferrocarril una promesa de la cual jamás se leen las cláusulas: durante cierto tiempo, un grupo de desconocidos compartirá un espacio, y se presupone que cada uno no desea sino alcanzar su destino. El compartimento de primera clase añade a dicha convención la molicie de los asientos y el precio sufragado para ahorrarse ciertos sinsabores; no tiene, sin embargo, el poder de seleccionar las intenciones de quien toma el asiento contiguo.
Mapleton andaba escaso de fondos. La mañana misma del crimen, había retirado un arma de la casa de empeños, circunstancia que la acusación integraría más tarde en el encadenamiento de las pruebas. En el instante preciso en que el convoy se llevaba a los viajeros, ningún relato público había dispuesto aún tales elementos en el orden que los volvería demoledores. Un hombre llevaba un arma; otro hombre llevaba un reloj; ambos habían adquirido el derecho de encontrarse allí.
El lector sabe lo que va a ocurrir y desearía suspender la partida. Semejante impotencia constituye uno de los resortes más crueles de estos asuntos: lo cotidiano prosigue con perfecta tranquilidad hasta el momento en que se descubre que conducía a un crimen.
El tercer viajero
Mapleton sostuvo que un tercer individuo había tomado parte. Esta versión permitía justificar su estado colocándolo del lado de la víctima; confería a la sangre, a la violencia, al desorden un origen ajeno a su propia voluntad. El misterioso tercero habría atacado, dejado a los dos hombres sin defensa y luego desaparecido en algún punto del trayecto.
Era preciso examinar semejante hipótesis. Un sospechoso que miente puede entrelazar en su narración hechos exactos; un hombre que ha sido realmente atacado puede verse incapaz de relatar con claridad aquello que padeció. A las pesquisas no les corresponde optar entre una y otra cosa según la mera elegancia de una explicación.
Un empleado llamado Henry recoge el sombrero caído cerca del viajero. Ve el afán que se despliega a su alrededor y piensa en lo que él mismo relataría tras haber sufrido una agresión. Desearía que le creyeran. Por ello recibe al principio las sospechas con secreta irritación: ¿acaso no se le puede permitir tomar aliento a este desdichado antes de someterlo a interrogatorio?
Entonces, alguien muestra el reloj.
Henry contempla el calzado, el objeto, el rostro de aquel hombre. No se ha movido de su sitio; y, no obstante, el viajero parece haberse distanciado de él repentinamente.
El objeto que regresa
El reloj pertenecía a Gold. La crónica judicial del proceso recalcaría su presencia en la bota de Mapleton, así como la sangre que cubría a este último y el hecho de viajar en el mismo convoy. Tomados por separado, cada hecho demandaba una explicación; aproximados entre sí, obligaban a la versión del tercer hombre a sostener una carga insostenible.
Henry recordaría sobre todo el modo en que Mapleton había extendido la mano hacia el objeto, para luego detenerla. Fue uno de esos instantes en que aquello que se pretendía sustraer a las miradas adquiere, por el mero hecho de mostrarse, una elocuencia mayor que cualquier discurso.
El empleado regresó a su hogar con un retraso cuyo motivo su esposa quiso averiguar. Él le refirió lo del tren y lo del herido; luego rectificó: ignoraba ya si convenía llamarlo el herido o el sospechoso. Ella le preguntó si aquel hombre había matado.
—Yo no estaba en el compartimento.
La respuesta le infundió sosiego. Entre las certezas que todos empezaban a propagar, aquello era lo único de lo cual tenía seguridad.
El juicio
La causa compareció ante los tribunales. Mapleton se había dado a la fuga; esta evasión se sumó a las demás pruebas reunidas en su contra. La defensa mantuvo la hipótesis del tercero en discordia. Según la crónica publicada por The Spectator el 12 de noviembre de 1881, la acusación rebatió dicha versión, en particular, mediante las circunstancias del viaje y la inexistencia de un tercer billete de primera clase que cuadrase con el relato esgrimido.
El periódico destacaba que no existían testigos directos del homicidio, sin dejar de presentar el conjunto de indicios como determinante. El jurado declaró a Mapleton culpable, y se decretó la pena capital.
Henry leyó el artículo en repetidas ocasiones. Hallaba en él sucesos que había presenciado y otros de los cuales nada había sabido. Aquel cotejo producía un efecto singular: la narración pública parecía ahora más cabal que su propio recuerdo, y debía andar con cautela para no incorporarle, a posteriori, los pormenores de los que acababa de enterarse.
A un vecino que le inquirió si había reconocido de inmediato a un asesino, le respondió que no. El vecino pareció decepcionado; habría preferido tratar con un hombre cuya mirada no errase jamás.
El regreso al andén
Pocas semanas después, Henry ayudó a un viajero de edad avanzada a subir a un coche. El caballero buscó su reloj para comprobar la hora, se le cayó de las manos, y el empleado se agachó a recogerlo. Por un instante, la pieza en su mano le restituyó todo cuanto habría deseado dejar atrás: la sangre, el calzado, la fábula del tercer hombre.
—Gracias, amigo mío —dijo el viajero—. Es mío desde hace tanto tiempo que ya no sabría vivir sin él.
Henry le devolvió el reloj con esmero. El hombre lo deslizó en su bolsillo y tomó asiento. El tren se puso en marcha.
El ferroviario permaneció en el andén hasta que los vagones se perdieron de vista. Bien sabía que no cabía detener los viajes para escrutar cada una de las vidas; mas sabía también, a partir de entonces, que los objetos sobreviven en ocasiones a sus dueños el tiempo suficiente para reclamar, con su mudez, que nadie los confunda con el botín de aquel que se los apropia.
La campana anunció la llegada de otro convoy. Henry reanudó su faena y, cuando un forastero le preguntó si aún estaba a tiempo de subir, le respondió que sí, sin mirar antes sus zapatos.
