Armand reconoció la voz antes de distinguir el rostro, y fue aquello lo que lo perdió durante unos instantes: si un desconocido le hubiera ordenado proseguir su ronda, habría exigido saber qué se ocultaba al pie del muro; pero aquel hombre había enmendado sus primeros atestados, le había prestado dinero cuando una fiebre retuvo a su madre en cama y vestía, como él, el uniforme de los guardianes de la paz.
—Está usted muy lejos de su puesto, muchacho.
El joven agente bajó el farol. En aquella calle del norte de París, donde la luz del día dejaba casi tanta miseria como la noche, una masa confusa de adoquines obligaba a los transeúntes a arrimarse a las casas. El otro aguardaba junto a una boca de alcantarilla, con esa calma peculiar de los hombres que saben que antes les pedirán socorro que cuentas. Se llamaba Victor Prévost.
Armand había vislumbrado un bulto. Vio entonces la mano que se apresuraba a cubrirlo.
—¿Se le ha caído algo?
—Un asunto de limpieza viaria. Siga su camino; está de servicio.
Armand obedeció. Dio incluso tres pasos, que más tarde recordaría con una precisión despiadada: el primero para apartarse del muro, el segundo para esquivar un charco, el tercero porque habría resultado extraño detenerse tras los dos anteriores. De pronto oyó a su espalda un golpe sordo, seguido del crujido de una tela, y cuanto aquella voz familiar había tenido al principio de tranquilizador se le antojó de golpe calculado para alejarlo.
El compañero
En septiembre de 1879, un corredor de joyas llamado Alexandre Lenoble había sido asesinado en el domicilio de Prévost, en la rue de l’Évangile. El homicida, decidido a sacar provecho de las pertenencias de su víctima, había emprendido la tarea de hacer desaparecer el cadáver. Era una labor harto más difícil que el crimen mismo; ya no bastaba con estar a solas en una habitación: había que salir, trasladar la carga, toparse tal vez con alguien, y aquella urbe inmensa, tan propicia a las desapariciones, guardaba ojos hasta en sus rincones más desiertos.
Aquellos ojos fueron los de Armand. Se había vuelto sin saber aún lo que buscaba. Prévost lo vio aproximarse y se llevó la mano al cuello, como si el bochorno lo incomodara. El gesto no probaba nada; el envoltorio tampoco, mientras permaneciera cerrado. Pero el joven guardia experimentaba esa zozobra que a veces precede a la certeza y de la que las personas honradas intentan librarse en un primer momento, pues las obliga a recelar de aquellos a quienes habrían preferido agradecer.
—Enséñeme eso.
Prévost tuvo un ademán de sorpresa casi ofendida.
—¿A mí?
Había esgrimido el mejor argumento. A él, en efecto; a quien conocía las costumbres, a los mandos, las maneras de señalar a un novato demasiado diligente. Armand pensó en su madre, en el billete que aún no le había reintegrado, en aquella cena donde Prévost le había enseñado que se podía comer fiado sin perder la dignidad, con tal de que uno volviese a saldar la cuenta. Habría deseado que un sargento apareciera al fondo de la calle y zanjara la cuestión en su lugar.
Nadie acudió.
Prévost apartó la tela. No fue tanto lo que Armand alcanzó a ver como la premura con que el otro intentó de inmediato ocultarlo lo que le arrebató su última disculpa. Levantó el farol, dio la voz de alarma y su timbre, titubeante al principio, halló por fin el tono que le habían enseñado.
Una mujer olvidada
Cuando el escándalo estalló, el barrio transformó sus propios recuerdos. Hubo vecinos que creyeron advertir en una vieja palabra una amenaza que jamás habían percibido; otros aseguraron que siempre habían desconfiado de aquella seguridad excesiva, por más que antaño le hubiesen confiado a Prévost sus tribulaciones de buen grado. La cordura humana posee la singular virtud de llegar a remolque de los acontecimientos y hacerse acoger como si los hubiera vaticinado.
Sin embargo, la instrucción judicial no concluyó con Lenoble. Sacó de nuevo a la luz el nombre de Adèle Blondin, asesinada en 1876. Tres años habían transcurrido entre ambos homicidios; durante tres años, un hombre había proseguido su existencia entre aquellos a quienes su cargo debía custodiar, mientras la desaparición de una mujer aguardaba a ser cotejada con el crimen de un comerciante.
Armand descubrió aquel nombre en un despacho donde se archivaban legajos. Un oficinista lo pronunció al volver una hoja; para él, no era más que una línea que localizar. El joven agente rogó que se lo repitiera y anotó en su libreta aquellas dos palabras, Adèle Blondin, con un esmero cuya causa apenas habría sabido justificar. Había pasado la noche en vela cavilando en cuanto se exponía a perder al delatar a un compañero. Descubría ahora que una mujer ya lo había perdido todo cuando él aún tenía edad para creer que el uniforme elegía a sus hombres por su virtud.
Al caer la noche, regresó a casa de su madre. Ella advirtió el barro en sus botines e intentó quitárselos; él los desató por su cuenta, tomó asiento junto a la estufa y permaneció largo rato sin responder a sus preguntas. Su madre acabó inquiriéndole si alguien lo había agraviado.
—No —contestó él—. Alguien me había hecho un favor.
Fue la única explicación que acertó a ofrecer.
La deuda saldada
Prévost marchó a la guillotina el 19 de enero de 1880. Una fórmula de arrepentimiento hacia la institución empañada por sus crímenes debía acompañar a su memoria. La prensa halló en ello pasto para esa suerte de asombro donde la indignación y el donaire se disputan el favor del lector; la prefectura, por su parte, tenía prisa por cerrar la carpeta sobre un hombre cuya fisonomía no deseaba seguir encarnando.
Armand conservó, con todo, el billete que le debía. Lo había guardado en un sobre, con el nombre del destinatario; tras la ejecución, pasó semanas enteras preguntándose qué se hacía con una deuda contraída con un difunto del que se había aprendido a sentir vergüenza. El dinero seguía siendo el mismo. Su madre sí había recibido al médico, la fiebre había remitido y el auxilio había sido real. Nada de aquello mitigaba los crímenes; mas los crímenes tampoco borraban aquel instante pasado en que se había sentido gratitud.
Terminó por entregar la suma a una institución de socorro, sin revelar los motivos. Después reanudó sus patrullas. Cuando un caminante lo detenía para pedirle indicaciones, él respondía con el mismo celo de antaño; tan solo ocurría que ya no confundía el alivio dibujado en el semblante del extraño con una prueba de sus propias virtudes.
Al final de su cuaderno de notas, entre una dirección y un número de puesto, continuaban inscritos los nombres de Adèle Blondin y de Alexandre Lenoble. Jamás había conocido a ninguno de los dos. Eran ellos, no obstante, quienes le habían enseñado por fin su oficio.
