Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Amores y traiciones · Italia

La señora ya no quiere esperar

A partir del caso Bonanno, una visita que toma un rumbo inesperado

La primera vez que Leonor pidió que hicieran subir a aquella mujer, el criado creyó haber oído mal. Se recibía a muchas personas en casa de su señor esposo, pero quienes entraban por la puerta principal acostumbraban a enviar su nombre antes de mostrar el rostro; esta no había dado ni lo uno ni lo otro, tan solo un papel doblado en el que el ama de llaves reconoció el membrete.

—En el saloncito —dijo ella.

Añadió que nadie debía molestarlas y, al punto, lamentó tal orden, pues confería a una visita cuya importancia deseaba restar la apariencia misma del secreto. El sirviente se inclinó. Llevaba demasiado tiempo sirviendo en buenas casas como para inquirir sobre lo que en ellas se ocultaba; le habrían pagado más, sin duda, de haber sido menos perspicaz para adivinarlo.

La visitante entró sin premura alguna. Vestía un atuendo oscuro, deslucido en los codos, y unos guantes cuyos dedos ella misma se había encargado de zurcir. Le indicaron una silla cerca de la puerta; prefirió la que se hallaba frente a la ventana.

—Mi marido es un hombre excelente —comenzó Leonor.

—Entonces me he equivocado de casa.

Una singular recomendación

En el Palermo que aquí evocamos, el nombre de Giovanna Bonanno quedaría indisolublemente unido a una causa de envenenamiento cuyos archivos conservan, en particular, una declaración testifical fechada el 9 de octubre de 1788. Alrededor de los procesos reales, el temor y el deseo alumbran otras historias: mujeres que se transmiten nombres, señas, esperanzas que jamás osarían pronunciar ante su familia. La visita de la que nos ocupamos pertenece a esos senderos imaginarios; principia con una recomendación tan oscura que Leonor jamás se atrevió a inquirir qué se le recomendaba con exactitud.

Su prima le había dicho: «Esa persona conoce salidas». Aquella palabra la persiguió durante muchas noches. Una salida podía ser una puerta, un viaje, una muerte; había dejado que su imaginación escogiera, felicitándose por no haber formulado ninguna pregunta comprometedora.

La mujer aguardaba ahora a que hiciera alguna.

—Me han dicho que ayuda a personas en mi situación.

—¿Qué situación?

Leonor contempló las dos tazas dispuestas sobre la bandeja. Había pedido café para otorgar al encuentro una apariencia cotidiana; sin embargo, desde la llegada de la desconocida, encontraba en los objetos una gravedad casi malévola. El azucarero, en especial, se le antojaba situado con excesiva cercanía.

—Quisiera que ciertas cosas cesasen.

—Tendrá que decirme cuáles. Yo no vendo la dicha embotellada.

La mano retenida

Su marido no le pegaba jamás. Era el primer argumento que se le había esgrimido en cuanto ella formulaba una queja, y había terminado por convertirse, en el seno familiar, en una especie de prueba inapelable de que nada grave le acontecía. Él pagaba los vestidos, escogía las visitas, disponía los viajes; sabía incluso argumentar con perfecta dulzura por qué las decisiones que tomaba eran precisamente las que ella debería haber deseado.

Cuando ella hablaba de reunirse con su hermana, él reía. Cuando reclamaba algún dinero que fuera enteramente suyo, él le besaba la mano. En presencia de sus amigos, solía retener la de ella entre las suyas con una ternura tan prolongada que le impedía ponerse en pie; todos admiraban entonces un apego que ella experimentaba, en carne propia, hasta en el entumecimiento de sus dedos.

Relató el asunto de aquella mano antes de referir lo demás. La visitante escuchó sin interrumpir. Aquel silencio, que no pretendía disculparla ni tampoco quitarle la razón, desató al fin la confidencia de Leonor; habló de la correspondencia abierta, de los gastos examinados con lupa, de las cartas que había dejado de escribir por no verse obligada a justificar después cada frase.

—Y querría usted que él no pudiese retenerla más —dijo la mujer.

—Quisiera vivir.

Había contestado con demasiada presteza. La palabra le infundió miedo, como si demandara de manera inevitable su contrario para alguien más. La visitante abrió su bolsa; Leonor retrocedió en su butaca.

De ella extrajo un sobre.

El precio de una libertad

—Una dama busca lectora para su madre. Da alojamiento a la persona y le abona un sueldo cada mes. Le he asegurado que lee usted con soltura.

Leonor contempló el papel sin extender la mano. Se había preparado para una propuesta espantosa, para algún oscuro pacto cuyo nombre pasaría el resto de sus días evitando pronunciar; no se había preparado para buscar un empleo.

—No lo ha comprendido usted.

—Al contrario, comienzo a comprenderlo.

—No puedo abandonar esta casa cual sirvienta despedida.

—Una sirvienta despedida no siempre tiene otra casa adonde acudir.

La frase la hirió con más fuerza por cuanto no contenía reproche explícito alguno. Vio de pronto a la mujer sentada frente a ella, los zurcidos del guante, el ribete de la manga gastado por faenas cuya naturaleza jamás se había preocupado de inquirir. Había confiado en que una menesterosa le vendiera el medio de continuar siendo rica sin permanecer cautiva. La otra le ofrecía una llave que no conservaba los muebles.

En el corredor, unos pasos se detuvieron. El criado anunció que el señor había regresado antes de lo previsto. Leonor clavó la mirada en la puerta; la visitante no se movió un ápice.

—Es usted una mercader —susurró.

—Si eso le complace.

—De encajes.

—Serán, por tanto, sumamente caros.

El regreso del señor

El marido entró con el aplomo de quien considera que ninguna estancia de su morada debe quedarle vedada. Observó a la desconocida, el sobre, el café enfriado, y su curiosidad adoptó de inmediato el barniz de la benevolencia.

—¿Un gasto que se pretendía ocultarme?

Leonor bien habría podido secundar la chanza. Sabía lo que seguiría: una leve falta admitida, un perdón jocoso, la visitante despedida y aquel sobre arrinconado en un cajón que no volvería a abrir. Toda su existencia, hasta ese instante, había estado tejida de esas ocasiones mezquinas en las que se posterga indefinidamente lo esencial.

Tomó el papel.

—Una dirección —respondió ella.

—¿Con qué propósito?

La mujer de los guantes remendados se puso en pie. No precisaba quedarse para que la elección cobrara realidad; incluso había advertido que su presencia permitiría todavía a Leonor traspasarle a ella la decisión.

—Volveré mañana —dijo sencillamente.

El marido sonrió, persuadido de hallarse ante alguna peticionaria paciente. Le tendió una moneda. Ella la contempló, y luego miró a Leonor, quien, por primera vez desde el comienzo de la entrevista, no bajó la vista.

—La señora sabe dónde encontrarme.

Salió. En el salón, el silencio cobró proporciones a las que ninguno de los cónyuges estaba habituado. El marido inquirió de nuevo qué contenía aquel sobre. Leonor lo apretó contra su pecho; era asombroso constatar que una hoja tan delgada se hubiese tornado más difícil de arrebatarle que todas las joyas que él había escogido para ella.

—La posibilidad de marcharme —dijo.

Él prorrumpió en risas. Esta vez, ella lo dejó reír hasta el final.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El sobre

Una visita, un marido que regresa antes de tiempo, unas señas que es forzoso preservar. Una mujer descubre que marcharse puede demandar más coraje que acariciar un crimen.

Cargando votos…

novela

Las señas de la libertad

Una intermediaria organiza huidas clandestinas para damas prisioneras de su alcurnia. Su primera protegida custodia un secreto capaz de arrastrar a todas las demás.

Cargando votos…

trilogía

Aquellas que cruzan el umbral

Tres tomos: abandonar una casa, levantar un santuario y defender luego dicha independencia cuando una nueva generación se niega a pagar el mismo tributo.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Esta ficción se inspira libremente en el caso Bonanno. Nuestra referencia documental es la reseña de una declaración testifical fechada el 9 de octubre de 1788; el manuscrito original no ha sido consultado directamente. Leonor, su matrimonio y el encuentro relatado son invenciones de la Casa.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete