La carta ya estaba sellada cuando el secretario comprendió que no se le pedía llevarla. Reposaba sobre el escritorio, entre una obra de medicina abierta y varias hojas cubiertas de cálculos; el sabio la había colocado allí con un cuidado que convertía a ese pedazo de papel, en medio de una estancia abarrotada de obras de envergadura, en lo único verdaderamente urgente.
—La conservará usted —dijo.
Matteo preguntó junto a qué legajo.
—Con ninguno, por el momento.
Hacía tres años que conocía los hábitos de Girolamo Cardano, a quien en Francia llamarían Cardan. Los papeles del maestro tenían sus desórdenes, pero ese desorden mismo obedecía a una memoria capaz de hallar una antigua anotación bajo una pila de documentos que nadie osaba tocar. Que una carta no perteneciera a ningún legajo entrañaba, pues, algo muy distinto de un mero retraso de clasificación.
Sobre el sobre, Matteo había leído el nombre del hijo.
El honor de una casa
Giambatista había cursado medicina. Llevaba un apellido del que podía recibirse mucho, y bajo el cual resultaba acaso más difícil aún resignarse a ser un hombre mediocre. Su matrimonio con Brandonia había introducido en la familia una serie de dificultades que el padre relataría más tarde con honda amargura; mas las palabras de un padre afligido no ofrecen por sí solas la medida de lo que fue una esposa, y conviene recelar de esas historias domésticas donde uno de los bandos posee los libros mientras el otro solo deja las acusaciones que contra él se formularon.
Matteo no había coincidido con Brandonia sino en una ocasión. Aguardaba ella de pie en la antecámara, pese a que se le había ofrecido asiento, y sostenía un fardo que no deseaba confiar a nadie. Él se brindó a anunciar su llegada; ella preguntó si estaba seguro de que el maestro se encontraba allí.
—Lo vi entrar.
—Eso no significa que me reciba.
Ella no sonrió. El secretario, demasiado joven para comprender hasta qué punto las buenas maneras pueden emplearse para humillar, le aconsejó paciencia. Se acordaría de aquella advertencia mucho después de haber olvidado la idea que entonces abrigaba sobre su propia condescendencia.
El hijo tras la puerta
La noticia del crimen arrebató a las costumbres de la casa su apariencia de solidez. Giambatista había envenenado a su esposa; detenido, había confesado. Los libros continuaron abiertos, los visitantes siguieron acudiendo, pero todo lo que antaño confería al trabajo su necesidad parecía aguardar en adelante la licencia de otro desenlace.
Cardano quiso salvar a su hijo. Podían buscarse defensores, obtenerse entrevistas, emplearse el dinero y los valedores que toda una vida de estudios le había granjeado; era preciso que cada recurso rindiera fruto, que demora alguna pudiera después reprocharse a quien acaso no lo hubiera intentado todo.
Matteo escribió cartas. Copió nombres, súplicas, alegatos cuya cortesía se volvía más apremiante conforme transcurrían los días. Había creído hasta entonces que una caligrafía hermosa volvía más transparentes los negocios; descubría ahora que pueden trazarse las mismas palabras con una nitidez intachable mientras su artífice ignora ya a qué puerta dirigirlas.
Una noche, Cardano entró en la pieza donde el joven trabajaba y le preguntó cuántas respuestas se habían recibido. El secretario anunció dos cartas. El padre las tomó, leyó la primera y no concluyó la lectura de la segunda.
—Mañana volverá usted a escribir.
Matteo inclinó la cabeza. No se atrevió a decir que aquella misiva contenía ya una negativa cuya suerte una nueva carta solo alteraría, sin duda, en la fecha.
El lugar de Brandonia
Encontró el sobre de antaño al buscar un pliego de buen papel. Había permanecido allí donde lo había dejado, bajo documentos baladíes; le habían ordenado conservarlo, y esa obediencia muda se le antojó de pronto una forma de tomar parte en algo que no había elegido.
No lo abrió. Se lo llevó al maestro.
—Me había dicho usted que aguardara.
Cardano reconoció el sello de cera. Durante un instante, su semblante cobró esa fatiga singular que no dimana de la falta de sueño, sino de la exigencia de sostener todavía un pensamiento que bien se querría deponer.
—¿Cree acaso que un papel puede devolver la vida a una mujer?
Matteo percibió la aspereza de la pregunta. No poseía la autoridad ni la edad que le hubiesen permitido replicar sin parecer despiadado. Con todo, pensó en Brandonia en pie en la antecámara, en aquella paciencia que le había aconsejado, y sintió vergüenza por segunda vez de aquellas mismas palabras.
—No, señor. Tan solo temo que se la pueda hacer desaparecer aún más.
El sabio no contestó. Volvió a coger el sobre y lo colocó ante sí, esta vez sin apartarlo de los demás papeles.
Matteo esperó a que le ordenaran retirarse. El maestro permaneció inclinado sobre el escrito; en el corredor, se impacientaba un visitante, llegado para ofrecer algún nuevo arbitrio con que salvar a Giambatista. El secretario fue a pedirle que aguardara con paciencia. Esta vez, otra persona dispondría de tiempo para ser recibida.
Los libros tras el desastre
Giambatista fue ejecutado en 1560. El padre sobrevivió a aquella pérdida, prosiguió sus tareas y arrastró la desgracia a lo largo de una existencia que no podía concluir enteramente con la de su hijo. Es una de las crueldades menos aparatosas del duelo: el mundo no se conforma con arrebatarle a uno a un ser querido; exige a renglón seguido que se siga contestando a las cartas y distinguiendo el paso de los días.
Matteo volvió una mañana al gabinete para ordenar los legajos. Encontró el sobre abierto. A su lado, el maestro había redactado unas pocas líneas, tachando luego una frase de la cual aún podían distinguirse las primeras palabras. El secretario apartó la mirada, no por indiferencia, sino porque al fin comprendía que no todo lo que un hombre deja a la vista está destinado a trocarse en testimonio.
—En el legajo de la familia —dijo Cardano.
No hubo más. Matteo tomó la carta y la archivó en su fecha, entre dos sucesos ordinarios de los que nadie guardaría memoria. El papel no salvaba a nadie; únicamente impedía que una casa conservara de su hecatombe una versión donde el hijo hubiese sido el único difunto.
Al cerrar la carpeta de cartón, no inscribió en la cubierta ni el honor ni la desdicha del sabio. Anotó dos nombres de pila, uno tras otro, mediando un espacio lo bastante dilatado para que no se confundieran: Giambatista. Brandonia.
