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Imposturas y fortunas · Alemania

Una fortuna cabe a veces en un bolsillo

Elisabetha Gassner: una ladrona y los ropajes de su leyenda

El hombre gritó «¡al ladrón!» con un fervor que hizo retroceder al instante a cuantos lo rodeaban; Elisabetha, en cambio, no retrocedió un ápice, pues no hay indicio que delate con mayor certeza a una culpable, en medio de una multitud presa del pánico, que la prisa por aparentar indiferencia ante la desdicha ajena.

Llevaba de la mano a un chiquillo que contemplaba los puestos con ese apetito grave de los niños a los que casi nunca se les compra nada. El mercader despojado se golpeaba los bolsillos. Hacía tanto tiempo que los conocía que parecía reprocharles en persona su felonía; su bolsa descansaba allí apenas un minuto antes, y la distancia que ahora lo separaba de ella se le antojaba lo bastante corta como para que un alarido bastase para hacerla volver.

—¡Que cierren el paso!

Un vendedor cruzó su carreta a través de la calleja. Elisabetha contempló el obstáculo y luego al muchacho, cuyos dedos se habían crispado entre los suyos. El niño nada sabía; y tal vez fuese eso lo que amenazaba con perderlos a ambos, pues estaba a punto de preguntar en voz alta por qué le impedía mirar hacia atrás.

Se acuclilló para ajustarle la media.

La que sabía trabajar

Antes de que la fama le impusiera el sobrenombre de Schwarze Lies, Elisabetha Gassner había conocido aquellos oficios de los que se malvive sin llegar siempre a subsistir: el tejido de punto, las labores de temporada, los días que vuelven a empezar antes de haber terminado de contar lo que rindieron los anteriores. A su alrededor se había formado una familia; las necesidades habían crecido, y el hurto, mezclado al principio con otros recursos, había cobrado un lugar que ya jamás cedería.

Falso sería hacer de cada hambre una disculpa y de cada miseria una vocación criminal. Pero pecaría de una comodidad casi indecente quien relatase la vida de una ladrona sin preguntarse jamás qué fueron aquellos años en los que aún no cargaba con semejante nombre. Las sentencias llegan al final; arrojan una luz cruda sobre los actos que castigan, pero dejan en la penumbra los senderos por los que se llegó hasta ellos.

Gassner había reunido dinero suficiente para conocer también la vida arraigada a un lugar, un hogar cuya puerta puede empujarse sin aguardar a que otro autorice la entrada. Luego, el arresto de la pareja, en 1781, quebró aquel sosiego. Siguieron la huida, Suiza, el Tirol, nuevos traslados, otro compañero. El camino, que antaño fuera una posibilidad de salvación, se convirtió en la forma misma de la existencia.

En el camino se lleva poco consigo. Preciso es, pues, que ese poco rinda.

El mercado se clausura

Elisabetha ató con lentitud la cinta de la media del niño. El mercader no cesaba en sus voces. Un hombre se había puesto a examinar a los transeúntes con la suficiencia que adoptan de buen grado aquellos a quienes una circunstancia confiere, por unos instantes, el derecho de mandar sobre sus semejantes.

—Que nadie se mueva.

El muchacho abrió la boca. Ella posó un dedo sobre sus labios y luego le preguntó si tenía frío; él respondió que no, asombrado de que alguien se inquietara por tal menudencia mientras los adultos parecían atareados con asuntos de mucho mayor fuste. Con todo, ella sacó de su canasto una prenda vieja y se la echó sobre los hombros. Bajo la tela, había envuelto lo que no convenía que nadie viese.

El celador improvisado llegó hasta ellos. Miró primero a Elisabetha y luego el canasto. Ella se lo tendió sin esperar a que se lo exigiera. Halló en él hilo, un pedazo de pan, objetos de una pobreza tan familiar que casi sintió vergüenza de concederles atención.

—¿No ha visto nada?

—A mucha gente —respondió ella—. Es día de mercado.

Algunos sonrieron. El comerciante, por su parte, no estaba de humor para apreciar la agudeza. Señaló al niño y luego la ropa que le cubría la espalda. Elisabetha sintió que la pequeña mano se zafaba de la suya: el chiquillo había comprendido que lo iban a registrar, y su miedo, hasta entonces dócil, se convertía en algo que ella ya no podía gobernar.

Aún habría podido intentar un aspaviento, una distracción, esa última treta a la que más tarde se atribuye el genio de los ladrones cuando la fortuna ha tenido a bien tenderles la mano. Miró al muchacho y no hizo nada.

El precio del gesto

El manto resbaló. La bolsa cayó al suelo con un ruido que todos oyeron con nitidez, pese a que un instante antes hubiera sido necesario vociferar para hacerse entender.

El mercader la recogió, contó, volvió a contar; parecía como si la presencia de su dinero lo volviese aún más incapaz de creer en su pérdida. El hombre que había cerrado el paso aferró a Elisabetha por el brazo. El niño rompió a llorar, no porque supiese la suerte que aguardaba a una ladrona, sino porque una extraña lo arrancaba en ese instante del lado de la mujer que lo había llevado al mercado.

Los caminos de Gassner terminaron por cerrarse. Su existencia concluyó en Oberdischingen, donde fue ejecutada en 1788. Entre los delitos y el cadalso media un legajo judicial del que la posteridad ha retenido, ante todo, los episodios más propicios para forjar una leyenda; el resto —los lazos familiares, los desarraigos, las fatigas cotidianas— se conserva con menor fortuna en la memoria de las conversaciones.

Se relató, en particular, el robo del que fue víctima el conde Schenk von Castell, figura destacada en la persecución de malhechores. En las versiones que circularon, el relato cobró esa peligrosa perfección que adquieren las anécdotas cuando se pulen durante largo tiempo: la ladrona y su juez, una bolsa y una venganza, todo parecía encajar con precisión milimétrica. Las investigaciones documentales invitan, no obstante, a deslindar las verdaderas complicidades de los embellecimientos populares.

Una hermosa historia no se vuelve más cierta por caber en una sola frase.

Lo que el muchacho se llevó

Encontraremos de nuevo a nuestro niño, ya con edad suficiente para ganarse la vida, frente a un hombre que narra, cierta noche, la maravillosa destreza de la Schwarze Lies. En torno a la mesa, todos ríen a costa del conde burlado; se admiran las tretas que una pobre mujer habría jugado a los poderosos. El joven escucha en silencio. Del mercado no ha conservado ni el valor de la bolsa ni el rostro del mercader: sólo la vergüenza padecida cuando alzaron la ropa sobre sus hombros.

—Jamás se dejaba atrapar —asegura el narrador.

El muchacho hecho hombre acerca la mano al vaso y luego la retira. Podría corregirlo. Podría contar lo del pan en el canasto, el brazo apresado, aquella confianza infantil de la que se habían servido sin pedirle parecer. Pero comprende que tales pormenores no tendrían cabida en una fábula donde cada cual ha venido a regocijarse con la humillación de los ricos.

Se levanta y paga su bebida.

En la puerta, alguien le pregunta por qué no se queda hasta el final. Responde que ya lo conoce. Y, mientras la risa arrecia a sus espaldas, palpa maquinalmente el bolsillo donde guarda sus escasas monedas; luego deja caer la mano, avergonzado todavía de ese ademán que nadie, esta vez, lo ha visto hacer.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El manto del niño

Un mercado se cierra sobre una ladrona. El niño de cuya mano camina ignora lo que ella ha ocultado en la prenda echada sobre sus hombros.

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novela

La hija de los caminos

Una ladrona busca un lugar donde su familia pueda al fin echar raíces. Cada botín la aproxima a su anhelo; cada nombre bajo el que huye vuelve ese regreso menos posible.

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trilogía

Los herederos de la ruta

Tres volúmenes siguen a una estirpe: la fortuna robada, la dispersión tras la condena y el niño, ya adulto, que desentierra una verdad ausente de la leyenda.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La escena del robo con el niño es una invención literaria. Los hitos biográficos proceden de las fuentes históricas referenciadas. Las anécdotas atribuidas a Gassner, en particular la del conde, pertenecen asimismo a la historia de su mito y no todas pueden tenerse por hechos fehacientes.

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