En Bourg, el 5 de octubre de 1754, el comerciante que acude a entregar tabaco ha tenido la precaución de tomar las puertas de la ciudad. Sus hombres portan fusiles; sus mulas abarrotan el patio del director de las Fermes; y el precio que exige apenas admite réplica. Cuarenta y cuatro fardos, veinte mil libras. El director se ha esfumado. Permanece su esposa, enfrentada a un cargamento que no desea y a una tropa de hombres decididos a cobrar.
Louis Mandrin ha ideado un comercio admirable: constreñir a quienes persiguen a los contrabandistas a comprar el propio contrabando. La maniobra encierra ya toda su gloria venidera y toda su violencia presente. El pueblo celebrará la humillación de la Ferme. Madame de La Roche, a quien sacan de su propia casa antes incluso de que haya podido vestirse con decoro, vive una experiencia harto menos festiva.
El intendente Joly de Fleury se encuentra precisamente en Bourg. Hacia su residencia conducen a esta insólita embajadora, escoltada por hombres en armas. Dos oficiales parlamentan. Mandrin asegura guardar el debido acatamiento a las autoridades del rey; su discordia, afirma, es solo con los financieros. Semejante respeto cuesta veinte mil libras, suma que el recaudador de las tallas adelanta de inmediato. El capitán extiende el recibo y restituye la libertad a la esposa del director. Las formas son intachables; al contrato solo le falta el libre consentimiento del comprador.
Pocas horas más tarde, mientras el intendente y su séquito buscan refugio en el convento de los capuchinos, una segunda entrega exige un segundo desembolso: tres mil libras suplementarias. Mandrin inspecciona asimismo las cárceles, exige la presentación de los registros y libera a reclusos por contrabando, así como a un desertor. Escoge a sus reclutas entre los presos; elige a sus clientes entre sus adversarios. En una sola jornada, ha subvertido el orden de una ciudad entera.
Para comprender cómo un hombre llega a tratar las cajas públicas como si fueran deudores recalcitrantes, es preciso remontarse a los senderos alpinos. En 1748, Mandrin aún no trafica con hoja prohibida. Conduce una recua de noventa y siete mulas y mulos destinada al abastecimiento militar. Ha comprometido en ello sus caudales y los de dos socios, con la esperanza de sanear la hacienda familiar mediante un trabajo riguroso pero honesto.
Las bestias se despeñan por los barrancos; otras sucumben a las epidemias. Luego, la desmovilización de efectivos interrumpe una contrata que apenas comenzaba a andar. Precisa regresar, malvender parte del ganado, encajar las pérdidas y reclamar los cobros adeudados. Las cláusulas del asiento no cubren las contingencias del camino. Un litigio contable con un socio consuma la bancarrota. Los documentos exhumados por Funck-Brentano retratan a este joven tratante atenazado por compromisos que ya no acierta a liquidar.
Años después atribuirá su desgracia a las Fermes y reclamará venganza contra ellas. Este relato de ruina le brinda una justificación, mas resulta insuficiente para explicar, y menos aún para disculpar, cuanto habría de seguir. Antes del capitán idolatrado por la plebe, existía ya un hombre condenado por un crimen de sangre.
En la primavera de 1753, Pierre Brissaud intenta eludir el alistamiento en la milicia. Por ley, un mozo al que la suerte ha designado para el servicio puede redimirse entregando a un prófugo: disposición que transforma a los convecinos en cazadores. Los hermanos Roux salen a la caza de Brissaud; Mandrin se suma a quienes pretenden defenderlo. El choque sobreviene cerca de Saint-Étienne-de-Saint-Geoirs. Hablan las armas de fuego y los transeúntes son apartados a tiros. Joseph Roux cae muerto en el sitio; François, malherido, alcanza su casa solo para expirar poco después.
Mandrin huye. En julio, el Parlamento de Grenoble lo condena en rebeldía al suplicio de la rueda como principal ejecutor del homicidio. Su efigie padece la pena en su lugar. El reo de carne y hueso emprende otro derrotero. La frontera le brinda cobijo y el comercio proscrito le procura secuaces: penetra en un territorio donde un fardo de mercancía merece ser defendido a tiros.
La Ferme générale recauda para el monarca los tributos y administra monopolios que tornan el fraude en pingüe negocio. A quien vende el tabaco más barato se le abren las puertas que los aduaneros cierran a su paso. En 1754, Mandrin encabeza seis campañas. Su cuadrilla cabalga veloz, se avitualla, traba combate y se dispersa llegado el caso; tales correrías guardan tal semejanza con operaciones militares menores que imprimen a su jefe el porte de un oficial sin patente real.
Sin embargo, la venta forzada de Bourg dista de ser un mero episodio pintoresco en un paseo pacífico. Para imponer sus transacciones, estos jinetes someten a las villas a punta de arcabuz. En diciembre, en Beaune, las descargas se cobran vidas. Cada operación añade a la contabilidad una deuda omitida en los recibos: la de las familias golpeadas por los rigores de la partida. La adhesión popular a Mandrin medra frente al odio a los financieros, pero no borra ni los disparos ni a sus muertos.
La última campaña se quiebra en el Velay. En la madrugada del 26 de diciembre, los contrabandistas arriban a La Sauvetat extenuados, confiando en hallar reposo. El capitán Diturbide y su caballería se les han anticipado. En la oscuridad, un centinela advierte la amenaza, truena un disparo y los dragones se precipitan hacia sus monturas y fusiles. Se combate casa por casa entre ráfagas de plomo. Mandrin logra salvar a un puñado de leales, pero su hueste queda deshecha. Habrá de ganar Saboya para reorganizar sus filas.
Es entonces cuando la persecución muda de naturaleza. Ya no basta con custodiar los caminos del reino: se busca su guarida allende las fronteras. El ducado de Saboya pertenece al rey de Cerdeña. Irrumpir allí para apresar a un hombre constituye una flagrante violación de la soberanía extranjera. Bien lo saben los instigadores de la celada, que ordenan borrar toda divisa reconocible en los uniformes de la tropa.
En la noche del 10 al 11 de mayo de 1755, un destacamento vadea las aguas del Guiers. Las casacas han quedado en la orilla francesa; los rostros van embozados. La marcha desemboca en el castillo de Rochefort, donde Mandrin duerme junto a su lugarteniente Saint-Pierre. Hacia las tres de la madrugada, los asaltantes fuerzan los accesos, maltratan a los criados y averiguan el aposento del capitán. El jefe de los contrabandistas no dispone ya de villas que tomar ni de senderos por los que huir. Es aherrojado y conducido al otro lado de la frontera.
La captura se acompaña de saqueos minuciosamente detallados en las quejas de los moradores del castillo: dinero, enseres, lienzos y provisiones. Los aprehensores no se han limitado a doblegar a un enemigo; han dejado tras de sí heridos y ultrajes que desatan un conflicto diplomático. Carlos Manuel III exige la restitución inmediata de los súbditos y cautivos arrancados de su suelo. En Valence, empero, los tribunales avanzan con mayor celeridad que los despachos de las cancillerías.
Mandrin comparece ante una comisión extraordinaria instituida para reprimir el contrabando. La crítica contemporánea no tarda en denunciar su sumisión financiera a la Ferme y la ausencia de las mínimas garantías de las jurisdicciones ordinarias. La preside Levet de Malaval. Conforme a las relaciones conservadas, Mandrin confiesa el tráfico armado, niega su concurso directo en las muertes acaecidas durante las correrías y se niega a delatar a sus cómplices. Los autos completos del proceso perecieron en el fuego; las crónicas de la época no logran insuflar a aquel sumario el debate contradictorio que jamás tuvo.
La sentencia se dicta el 24 de mayo. Dos días después, el reo es conducido a la plaza de los Clérigos. La autoridad ha dispuesto un férreo cerco: tropa armada, accesos clausurados, gentío contenido. Mandrin sufre el tormento de la rueda y, acto seguido, el garrote que abrevia su agonía. Los testigos recogidos por Funck-Brentano ponderan su entereza en el cadalso; el suplicio consuma para su leyenda lo que sus hazañas militares habían iniciado.
La protesta de la corte de Turín de nada le valió. Quedan los recibos, pero también los muertos. Muy pronto, la canción popular transformará al salteador armado en adalid contra los poderosos, absolviendo en él los mismos atropellos que en ellos condena. Para Madame de La Roche, para los deudos de los hermanos Roux, para los caídos en las refriegas, la historia resonará con acentos muy distintos. En la encrucijada de esas voces conviene juzgar a Mandrin: un hombre lo bastante audaz como para cobrar tributo a sus enemigos, y lo bastante célebre como para que su propia violencia perdiera, con el paso de los siglos, todo rastro de sus nombres.
