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Bandidos y caminos reales · Francia

La noche en que Cartouche habló

Cartouche: la celebridad del bandido, el secreto del proceso y los nombres delatados antes de morir.

El condenado llegó a la plaza y pidió la palabra. Todo París había aguardado su muerte; hubo de esperar ahora sus revelaciones. Cartouche, a quien el tormento no había arrancado una sola confesión, acababa de descubrir ante sus ojos un cadalso solitario. Comenzaron entonces las declaraciones, las idas y venidas, las detenciones nocturnas. El hombre cuya historia se pretendía clausurar abría de pronto la de muchos otros.

Nos encontramos en noviembre de 1721. Desde hacía varias semanas, su nombre colmaba las conversaciones, los teatros y los expedientes judiciales. Se le buscaba tras cada robo, se le creía protegido, se le atribuía una autoridad que convertía a cada compinche en súbdito de su reino clandestino. Esta soberanía de ladrón debía mucho al miedo; también al placer que experimenta una ciudad bien vigilada al contarse a sí misma que un individuo se burla de toda su policía. Las víctimas, naturalmente, encontraban en ello menor solaz que los oyentes.

Cartouche dirigía empresas criminales, frecuentaba cómplices y participaba en violencias que nada tenían de teatral. Mas la celebridad empezaba ya a atribuirle una existencia harto más vasta que la suya. Bajo un solo nombre se agrupaban hurtos, asaltos, homicidios y hazañas cuyos verdaderos autores urgía deslindar. El cabecilla se convertía en un cómodo atajo; tanto para la justicia como para los curiosos, desentrañar su red prometía esclarecer una parte del desorden parisino.

Su perdición vino de dentro. Du Châtelet, soldado y cómplice, facilitó informes a quienes lo perseguían. Los relatos de la época hacen hincapié en esta traición, tanto más llamativa cuanto que el delator distaba de ser un hombre intachable devuelto al deber. Barbier, abogado y observador de la vida parisina, le atribuye a él mismo la participación en un asesinato. Conviene conservar tal acusación en su fuente original; basta ella para demostrar que el arresto no se narraba como el simple encuentro entre un culpable y gentes de bien. Un hombre compraba su propia salvación entregando a los demás.

El 15 de octubre, Cartouche fue capturado. Los pormenores de aquel apresamiento nutrieron muy pronto el repertorio de agudezas y asombros; lo fundamental estaba conseguido: aquel a quien se creía inasible ingresaba en el Châtelet. Ahora bien, el encarcelamiento, lejos de sustraerlo a la curiosidad, aproximó el personaje al público. Ya era posible interrogarlo, observarlo, registrar su lenguaje. Se poseía por fin el modelo; no restaba sino reproducirlo.

Los comediantes no dejaron enfriar la ocasión. Ya desde octubre, Cartouche tuvo dobles sobre las tablas parisinas. Los espectadores podían aplaudir al bandolero mientras los magistrados instruían sus crímenes. Un mismo hombre constituía así, de manera casi simultánea, una amenaza para la seguridad pública y una copiosa taquilla para los teatros. El asunto revelaba una competencia embarazosa: la justicia pretendía erigir un escarmiento; el espectáculo ya había fabricado una estrella.

Barbier anota el éxito de sendas comedias sin demorarse en la extrañeza de tan singular cercanía. Su diario posee a este respecto una franqueza inapreciable: los negocios de palacio, los festejos del rey, los escándalos y los suplicios se codean en él del mismo modo en que se codeaban en la conversación. Cartouche no era el único en ocupar la atención de París. Ocupaba, sin embargo, un lugar cuya magnitud inquietaba a sus carceleros. La notoriedad del prisionero bien podía alimentar la admiración que su captura debiera haber destruido.

En vísperas de Todos los Santos, fue trasladado en secreto a la Conciergerie, a la torre de Montgommery. La operación se ejecutó de noche. El cronista recalca el secreto, las precauciones, el contraste entre un sustento decoroso y una guardia redoblada. Aquel recluso que la ciudad se disputaba en relatos debía volver a ser un hombre apartado del mundo, incapaz de escapar por su propia destreza o mediante el auxilio de quienes tenían interés en hurtarlo a los interrogatorios.

La instrucción se ensanchaba. Barbier contabilizaba entonces cuarenta y siete detenidos, entre hombres y mujeres, y daba cuenta de nuevas capturas. Ya no se trataba únicamente de probar los hechos del jefe, sino de seguir las ramificaciones abiertas por confesiones y delaciones. Cada nombre acarreaba un careo factible; cada careo amenazaba con entregar a otros tantos. La asociación, tan temible cuando servía para obrar de consuno, trocábase en debilidad en cuanto la palabra de uno podía sepultar al vecino.

La Tournelle del Parlamento trabajó en el proceso. Las conclusiones fiscales impetraban la pena de muerte; la sentencia fue pronunciada el 26 de noviembre. Sería engañoso prestar a aquel procedimiento la forma de una audiencia moderna, con una defensa pública desplegada a la vista de una sala concurrida. La instrucción permanecía encuadrada en las reglas de su tiempo, y el reo aún habría de padecer la cuestión de tormento antes de su ejecución. Se demandaba a su cuerpo lo que su boca se había negado a confesar.

El 27 de noviembre resistió a la tortura sin hacer las revelaciones esperadas. En la plaza de Grève se había congregado una multitud considerable. Las habitaciones con vista al espectáculo habían hallado arrendatario; la curiosidad tenía ya fijado su precio. Se preveían varias ejecuciones. Mas los retrasos se sucedieron, cayó la tarde, los preparativos se alteraron y, al traer a Cartouche, este no vio ante sí sino lo que a él le estaba reservado. Reclamó a su relator, Arnaud de Bouëx. Fue conducido al Hôtel de Ville.

¿Por qué habló entonces? Barbier ofrece dos explicaciones: el desengaño de no ver a nadie acudir en su rescate, o el influjo del confesor. Se inclina por la primera. No nos corresponde decidir en su lugar, y menos aún transmutar una hipótesis en su postrer pensamiento auténtico. El hecho resulta de por sí harto elocuente: las declaraciones consumieron la noche y se prolongaron hasta el día siguiente, al tiempo que carruajes enteros trasladaban a nuevos sospechosos y los curiosos permanecían apostados en la plaza.

El cronista añade detalles de una serenidad aparente: una colación, una bebida rehusada en favor de otra, el ruego de volver a ver a una mujer a quien el ajusticiado deseaba despedir. Tales anécdotas contribuyeron a humanizar a quien el mismo testigo tildaba de desalmado. Han de contemplarse como testimonios transmitidos, sin que por ello olvidemos lo que se ventilaba en los despachos contiguos. Mientras un hombre disponía su muerte, sus palabras exponían otras vidas a la prisión y al cadalso.

A tenor del diario de Barbier, Cartouche fue ajusticiado el viernes 28 de noviembre de 1721. La persecución de sus secuaces continuó. El fin del cabecilla no cancelaba los legajos abiertos durante su última noche; tampoco extinguía al personaje que los tablados y los pliegos habían entronizado entre las celebridades parisinas. Podía suprimirse la carne. El nombre contaba ya con demasiados amos.

He aquí por qué este caso no se reduce a la muerte de un bandolero temerario. Revela una red deshecha por sus propios nudos, una justicia a merced de palabras interesadas y una ciudad que convierte su espanto en entretenimiento antes siquiera de haber escuchado a todas las víctimas. Cartouche había vivido largo tiempo de los bienes ajenos. Tras su caída, fueron muchos los que empezaron a vivir de él.

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La noche de los nombres

En el Hôtel de Ville, un escribano registra las confesiones de un condenado a muerte y comprende que una sola noche basta para alterar todas las lealtades de la ciudad.

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Un comediante aprende los ademanes de un bandolero para encarnarlo en escena; su éxito lo arrastra a una investigación judicial cuyas víctimas se niegan a ser meros figurantes.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Se ha revisado íntegramente el mes de noviembre de 1721 en el diario de Barbier. El texto distingue con claridad la tortura y la llegada a la plaza de Grève, el jueves 27, de la ejecución celebrada el viernes 28, tras una noche entera de declaraciones. El propio testigo aventura diversas razones para estas confesiones. El estudio aparecido en Histoire de la justice esclarece las representaciones teatrales consagradas a Cartouche y el endurecimiento de su custodia; ambos registros, el judicial y el dramático, se mantienen netamente diferenciados.

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