Le habían encarecido que no extraviara nada. Al cabo de un cuarto de hora, Tissot ya buscaba su billete. Se vació un bolsillo, luego el otro, se disculpó ante la mujer sentada frente a él y halló el papel bajo su propio muslo. Ella le hizo notar que un hombre que viajaba por negocios debiera vigilar mejor los suyos. Él le dio las gracias. Semejante reproche le devolvió cierta confianza: hasta ese instante, al menos, semejaba ser un comerciante.
La víspera, se había probado tres corbatas y repetido ante el espejo el nombre de una casa de comercio. Conocía la tienda donde debían creerle empleado; ignoraba casi todo acerca de sus géneros. Su superior le había aconsejado que durmiese durante el trayecto. Tissot habría cumplido gustoso esa orden si el sueño dependiera de una disposición del servicio.
La diligencia dejaba atrás París. En los bosques que se disponía a cruzar, podían aguardarla ciertos hombres; otros hombres aguardaban a los primeros. Tissot pertenecía a estos últimos. Debía guardar los modales de un viajero el tiempo suficiente para que los ladrones creyesen haber sorprendido un carruaje ordinario. Le habían provisto de una bolsa con algunas monedas, un fardo envuelto con esmero y varios pretextos plausibles para acudir a Lyon. El miedo corría por su cuenta.
La mujer había posado una cesta sobre el regazo. Se llamaba Pelagia y acababa de confiarle aquel nombre con la sencillez de las gentes a quienes jamás se les ha pasado por las mientes inventarse otro. Se había despedido de su hija esa misma mañana. La muchacha acababa de colocarse como criada; había llorado, pero disponía de un cuarto para ella sola y de un ama que parecía limpia.
Tissot contestó que por algo había que empezar. Se oyó pronunciar semejante sentencia y sintió vergüenza de su propia ligereza. Pelagia bien habría podido preguntarle por qué había empezado él. Por fortuna, desdoblaba los picos de un pañuelo para comprobar algo. Vio pan, una manzana y un papelillo doblado. Ninguno de aquellos objetos guardaba semejanza con la fortuna que él tenía por misión ofrecer a la codicia ajena.
—¿Lleva usted mucho dinero? —preguntó ella.
Él se atiesó. La pregunta no había figurado en sus ensayos, al menos no antes de la aparición de los salteadores. Miró la cesta, las manos de aquella mujer, sus ojos que aguardaban una respuesta sin parecer darle importancia.
—El necesario.
—Ya es más que yo.
Sonrió. Tissot apenas le devolvió a medias la sonrisa. Desde la partida, calculaba los peligros que acechaban fuera; descubría ahora que podía recelarse incluso de la persona cuyos zapatos rozaban los propios. ¿Y si informaba a la partida de bandidos? ¿Y si el relato de la hija no fuese más que un enredo para hacer hablar a un comerciante? Llevaba bastantes embustes en los bolsillos como para tener por verosímiles los de los demás.
En la posta, bajó con el pretexto de estirar las piernas. Un compañero de servicio pasó a su lado sin volver la cabeza. Tissot murmuró unas palabras acerca de la viajera. El otro le inquirió qué había hecho ella. Se vio obligado a responder que le había hablado de dinero.
—Entonces detendrá usted a la mitad del coche a la vuelta.
La chanza le escoció más de lo que quiso demostrar. Pelagia le tendía su cesta por la portezuela: deseaba apearse también. La tomó como si contuviera una prueba, y luego la observó pedir agua. Se bebió la mitad y vertió el resto en la palma para refrescarse el rostro. Aquel ademán menudo y fatigado no la exculpaba de nada; tan solo la volvía más difícil de convertir en cómplice.
El carruaje reanudó la marcha. Las casas empezaron a escasear, y las conversaciones también. Tissot apretó el fardo contra sus piernas. Sabía que había agentes apostados más adelante; ignoraba a cuáles alcanzaría a ver. Dicha ignorancia resultaba precisa para el éxito de la empresa, según le habían explicado. Le parecía singular que la policía exigiese de él la misma confianza ciega que tantos otros oficios mal remunerados.
Pelagia se durmió, o aparentó dormirse. Su cabeza acompañaba los vaivenes. La cesta resbaló poco a poco. Tissot la atajó; ella despertó lo justo para darle las gracias y le pidió que se la guardase un momento. Se encontró de pronto al cuidado de un pan y de una manzana en medio de una celada de la que se esperaba prender a unos asesinos.
La parada sobrevino con excesiva brusquedad para ser la de una posta. Una intimación resonó por encima del trote de los caballos. Tissot sintió a su vecino encogerse sobre sí mismo. Fuera, una silueta interceptaba parte de la luz. La cesta le ocupaba aún las manos; ya no sabía dónde posarla. Todas las previsiones de la víspera se habían presentado en un orden cabal. La contingencia, en cambio, comenzaba con un tropiezo ridículo.
Pelagia comprendió antes de que él hubiese hablado. Quiso abrir el pañuelo, mostrar cuanto poseía. Tissot le sujetó el brazo.
—Agáchese.
Ella lo miró. Aquella voz ya no pertenecía al comerciante torpe que extraviaba su billete. Vaciló un segundo, quizá más; él jamás supo cuánto tiempo había sido menester para que ella dejara de obedecerle como a un viajero y empezara a temerle como a un hombre armado.
Luego todo se precipitó. Un alarido respondió al primero. Se oyeron carreras junto a las ruedas. Tissot empujó la cesta bajo la banqueta y se volvió hacia la portezuela. Distinguía mangas, un hombro, la culata de un arma; los hombres habían dejado de asemejarse a los bandos nítidamente separados que le habían descrito al partir. Contuvo el ademán cuando Pelagia se incorporó a su espalda. Buscaba su cesta.
—¡Déjela!
El grito la hizo desplomarse de nuevo. Cuando al fin pudo salir, uno de sus colegas sujetaba a un hombre contra la rueda. Más allá, otros se perseguían. La brega continuaba por partes, mientras algunos viajeros hablaban ya como si todo hubiese concluido. Tissot ayudó a retener a un prisionero. No le preguntó su nombre. Por el momento, bastaba con impedir que aquellas manos volvieran a las andadas.
Cuando autorizaron a Pelagia a bajar, pidió el papel que guardaba en el pañuelo. Era las señas de su hija. La manzana había rodado por el polvo; el pan yacía aplastado. Tissot halló el papel bajo la banqueta y se lo devolvió. Ella lo alisó sin mediar agradecimiento, y luego alzó los ojos hacia él.
—¿Usted lo sabía?
Él respondió que les habían advertido. Ella miró el carruaje en el que ahora la instaban a tomar asiento de nuevo. No se le ocurrió frase alguna que pudiese devolver la ordinariez a aquel trayecto. Tissot recogió la manzana y permaneció en pie con ella en la mano.
El antiguo relato de Moreau-Christophe sitúa en el bosque de Sénart una operación policial contra la diligencia de Lyon en 1824: veintiún forajidos habrían sido capturados. Renaud, Ochard y Delaporte, declarados culpables de homicidios anteriores, fueron condenados a muerte. Sanson, que vincula sus asaltos al bosque de Bondy, data su ajusticiamiento el 20 de abril. Tissot y Pelagia pertenecen a nuestra ficción. En el carruaje, puesto de nuevo en marcha, ella le habría confiado en adelante su bolsa con más agrado que su sosiego.
