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Justicia y escándalos · Italia

El viajero y las dos bombas

Antes de alcanzar al emperador, Oberdan comparece ante sus jueces. Un nombre falso, una fotografía y confesiones deliberadamente abrumadoras componen el sumario que convertirá a un conspirador en mártir político.

El primer nombre que dio no fue el suyo. Giovanni Rossi: un nombre cómodo, lo bastante corriente como para brindar unos minutos de amparo a un hombre a quien su equipaje acusaba con mucha mayor elocuencia que cualquier delación. En la habitación de una posada de Ronchi, el 16 de septiembre de 1882, Guglielmo Oberdan acababa de ser detenido en posesión de dos bombas. Había opuesto resistencia; durante el forcejeo se había disparado un revólver. La sangre le cubría la frente. Trieste preparaba la recepción de Francisco José, y aquel viajero no había acudido, ciertamente, a vitorearle.

Tenía veinticuatro años. Su ciudad natal pertenecía al imperio de los Habsburgo; él la quería italiana. Estudiante de ingeniería en Viena, y más tarde desertor durante la movilización de 1878 ligada a la ocupación de Bosnia, se había refugiado en Italia y vivido principalmente en Roma. El exilio había templado sus convicciones. Cuando el emperador anunció su visita a Trieste, el irredentista se puso en camino junto a Donato Ragosa. Llevaba consigo cuanto hacía falta para transformar una ceremonia dinástica en un atentado.

Mas el secreto ya había viajado más aprisa que los hombres.

En los despachos diplomáticos conservados y reproducidos por Francesco Salata, un tal Fabris mantenía informadas a las autoridades austriacas. Detallaba las partidas, los acompañantes, el paso previsto en las inmediaciones de Buttrio; advertía incluso de que una vigilancia reforzada podría empujar a los viajeros a tomar caminos secundarios. Seguía luego una recomendación que confiere a toda esta correspondencia su singular cariz: de producirse las detenciones, convenía mantenerlas en secreto durante unos días en la medida de lo posible. El informador deseaba proseguir su labor. Una conspiración descubierta no era aún, para él, sino un asunto en curso.

Oberdan, por su parte, trataba de franquear la frontera. El cochero Giuseppe Sabbadini intervino en el trayecto; varios guías y apoyos locales facilitaron el cruce. Ragosa prosiguió su ruta hacia Trieste. Oberdan se demoró en Ronchi, para descansar o para aguardar un momento más propicio. Dicha espera resultó decisiva. Cuando los gendarmes se presentaron, las bombas no se habían separado de su portador. El emperador no había estado a su alcance. Entre la intención y su cumplimiento, la puerta de una posada se había cerrado.

Conducido a una dependencia del ayuntamiento, Oberdan permaneció esposado hasta la llegada del juez de Monfalcone. Un médico examinó sus heridas. El interrogatorio comenzó a última hora de la tarde; los primeros informes administrativos retrataron de inmediato a un acusado arrogante, cínico, hostil al poder austriaco. De semejante hostilidad, él apenas intentaba zafarse. El nombre falso debía de proteger alguna cosa; desde luego, no sus opiniones.

Pasadas las diez de la noche, se le obligó a caminar hasta las prisiones de Monfalcone. Allí quedó bajo estrecha vigilancia, con las manos atadas y un gendarme entrando periódicamente en su celda. Al día siguiente, fue trasladado en tren a Trieste. El emperador entraba en la ciudad para recibir sus homenajes; el hombre que había venido a enturbiar su estancia llegaba entre custodios. Dos ceremonias contrapuestas transitaban por las mismas vías, pero solo una de ellas figuraba en el programa.

La multitud congregada durante el traslado no lo acogió como a un libertador. Hubo gritos, insultos, manifestaciones hostiles. Oberdan les opuso su firme convicción de que los ánimos mudarían. Los acontecimientos posteriores dotarían a aquellas escenas de una singular ironía: una ciudad en la que algunos habitantes habían increpado al cautivo terminaría convertida en el escenario principal de su memoria patriótica. En septiembre, sin embargo, dicha memoria no existía aún. No quedaban sino un joven arrestado, unos artefactos incautados y unos magistrados apremiados por obtener nombres.

El día 19, una fotografía desbarató la identidad de Giovanni Rossi. Aquel retrato, antaño regalado a un amigo y confiscado con ocasión de una causa anterior, resurgía de un legajo judicial para identificar a su modelo de carne y hueso. Oberdan se vio forzado a retomar su verdadero nombre. La instrucción podía ya vincular al conspirador con el desertor; semejante correlación llevaría muy pronto a la justicia civil a ceder su lugar a los tribunales militares.

Conservó, no obstante, una extraña forma de defenderse. En lo que a sí mismo concernía, hablaba hasta inculparse; sobre los demás, cerraba cualquier resquicio. Atribuía su cometido a un comité triestino, pero se negaba a designar a sus miembros y embrollaba su itinerario. Al ser confrontado con Sabbadini, rebatió las declaraciones del cochero en lugar de aprovechar una precisión que hubiera podido aliviar su propia situación. Las preguntas se estrellaban contra esa frontera interior: sus convicciones estaban a disposición de los jueces; sus correligionarios les eran escatimados.

Respecto al emperador, las respuestas se volvieron aún más comprometedoras. Un saludo hostil, una manifestación: tales explicaciones preliminares podían todavía dejar cierto margen. Después, Oberdan reconoció que no habría vacilado en arrojar las bombas contra el soberano. Distinguía entre las gentes del pueblo llano, a las que decía no querer herir, y los dignatarios imperiales, a quienes consideraba responsables de la política austriaca. Semejante distinción no desarmaba ni los proyectiles ni la acusación. Establecía, por el contrario, hasta qué punto su resolución era política, y hasta qué grado esa política podía tornarse mortífera.

En octubre, el auditor militar Fongarolli asumió la instrucción del proceso. Las autoridades de Viena exigían celeridad. Se ratificaron las declaraciones civiles; los interrogatorios y los careos ultimaron la preparación de la sentencia. El 20 de octubre, el consejo militar emitió su fallo mediante un procedimiento sumario a puerta cerrada, sin ese debate público en el que cargo y defensa pugnan ante los testigos de una ciudad entera. Una causa destinada a resonar en toda Europa se zanjaba lejos de sus miradas.

Las bombas estaban allí; el atentado contra Francisco José, en cambio, no se había perpetrado. Tal distancia material no impidió la pena capital. La justicia imperial unía el designio de alta traición a la deserción y a las confesiones políticas del encausado. Oberdan, que desdeñaba toda evasiva, le había proporcionado un material copioso. Su madre solicitó clemencia. Ciertas gestiones extranjeras procuraron conjurar la ejecución; el mismísimo Victor Hugo tomó parte en este empeño. Con todo, no bastaba con implorar piedad al soberano. Hacía falta, además, que un imperio aceptara dejar con vida a quien había pretendido hacer de su muerte una proclama.

Otro sumario dilató la espera: la explosión ocurrida en Trieste el 2 de agosto, que había causado dos víctimas mortales. Las sospechas apuntaban a Oberdan; dicha implicación no llegó a demostrarse en sede judicial. La instrucción suplementaria no convirtió, por tanto, aquellas muertes en un delito fehacientemente probado en su contra. Su condena siguió su propio curso, y diciembre trajo consigo el fin de las prórrogas.

El 20 de diciembre de 1882, a las siete de la mañana, fue ahorcado en el patio cerrado de un cuartel de Trieste. Los propios informes austriacos consignaron sus vivas a Italia y a una Trieste libre; el redoble de los tambores acompasaba la ejecución. Las proclamas posteriores embellecerían la escena, pero la voz del sentenciado no había aguardado a los poetas para quebrar el ceremonial militar.

A las ocho y veinte, un telegrama anunció que todo había discurrido sin incidentes. La fórmula resultaba exacta para el parte oficial; mucho menos para el porvenir. Las bombas de Ronchi no habían estallado; el nombre rescatado por una fotografía acababa de ingresar en una historia que las autoridades ya no lograrían sepultar entre sus legajos.

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La fotografía del sumario

Una novela corta de ficción seguiría los pasos del amigo cuyo retrato dedicado se convierte, al cabo de los años, en la pieza procesal que delata a un conspirador.

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Las dos llegadas

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La frontera de los nombres

Una trilogía que concibe el destino de una generación desgarrada entre el imperio y la nación: la huida de un estudiante, la forja de un proceso político y el legado comprometido de su martirio.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Crónica original basada en los documentos y la narración publicados por Francesco Salata en 1924. Su obra adopta un enfoque nacionalista y ensalza a Oberdan; dicha interpretación no se asume aquí como prueba fehaciente de su íntima determinación. Las bombas incautadas, la resistencia al arresto, las declaraciones contra el emperador y el curso judicial se distinguen con nitidez del atentado del 2 de agosto, cuya responsabilidad material jamás se demostró en su contra. La reseña crítica de la enciclopedia Treccani complementa las precisiones biográficas y esta cautela histórica. No se ha inventado diálogo ni personaje alguno. Trieste pertenecía por entonces a Austria-Hungría; la adscripción italiana responde a la geografía contemporánea.

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