El abate Lemire había sido herido por la bomba. Cuando escribió al abogado de quien la había arrojado, pidió, no obstante, que se concediera a aquel hombre el tiempo de arrepentirse. Su carta comparecía ante una justicia que debía dirimir si una explosión que no había matado a nadie merecía la muerte de su autor. Cabía condenar el atentado sin desear el cadalso: el diputado herido venía a recordar dicha posibilidad a sus colegas y a los miembros del jurado.
El acusado se llamaba Auguste Vaillant. También él llevaba en el cuerpo una herida causada por el artefacto. En la audiencia de la cour d'assises, reconocería su acto, discutiría su intención y sostendría que su propia miseria acusaba a la sociedad. La carta de perdón, la proclama de revuelta y el escrito de acusación no perseguían el mismo fin. Durante aquella jornada de enero de 1894, convergieron en torno a una cabeza que todos sabían amenazada.
Una tarjeta a nombre de Dumont
El 9 de diciembre de 1893, Vaillant entró en el Palacio Borbón. Había preparado su llegada bajo el nombre de Dumont. A tenor de los elementos expuestos en el juicio, se había hecho imprimir tarjetas con dicha identidad y ya había intentado procurarse una plaza en las tribunas dirigiéndose al diputado Argeliès. Aquella primera gestión no había prosperado. Había regresado unos días más tarde.
El hombre que tomaba asiento entre los visitantes llevaba consigo una bomba. La arrojó hacia el hemiciclo; estalló antes de alcanzar el punto de destino. Los proyectiles hirieron a varias personas en la sala y en las tribunas. El propio Vaillant resultó alcanzado. No hubo que lamentar ningún muerto, pero la ausencia de víctimas mortales no volvía inofensivo el acto ni imaginarias las heridas. Se convertiría en el principal motivo de disputa entre el acusado y quienes pretendían demostrar su intención homicida.
Las crónicas de la época insistieron con vehemencia en la continuidad de la sesión y en la sangre fría parlamentaria. La investigación, por su parte, hubo de identificar en primer término al culpable entre los asistentes. Vaillant fue trasladado al Hôtel-Dieu a causa de sus lesiones. Varios agentes custodiaban la sala donde había sido ingresado. Su actitud despertó su interés; sus relevos recibieron la consigna de observarlo atentamente.
Un agente, antiguo artillero, entabló con él conversación a propósito de la deflagración. Según la crónica judicial publicada en el Journal du Lot, las explicaciones de Vaillant disiparon pronto toda duda sobre su autoría. Reconoció los hechos y se declaró anarquista. Escribió a continuación al juez instructor para manifestarle que estaba dispuesto a declarar. Quien había pretendido hacer hablar a una bomba deseaba en adelante ser escuchado en persona.
Reconocer el acto, discutir el homicidio
Fernand Labori asumió su defensa. En el Palacio de Justicia, las precauciones eran formidables: vigilancia de las verjas, control riguroso de los accesos, agentes de uniforme y de paisano. El temor a un nuevo atentado gravitaba sobre aquel a quien se juzgaba. El público abarrotaba la sala; el dispositivo de seguridad infundía en cada cual la sensación de hallarse él mismo en el centro de la causa.
Vaillant expuso su pasado y sus esperanzas frustradas. Había confiado en encontrar una vida mejor en América. De regreso en Francia, afincado en Choisy-le-Roi junto a su hija Sidonie y su compañera, afirmaba verse incapaz de alimentar a los suyos con su salario. Dicho relato constituía la justificación política de su acto. Dejar constancia de ello no obliga a admitir que aquello legitimara herir a desconocidos; suprimirlo equivaldría a desvanecer lo que el reo pretendía que se juzgase a su lado.
El presidente lo condujo de nuevo a los preparativos. ¿Había obrado en solitario? ¿De dónde procedían los fondos? ¿Por qué aquella tribuna, aquella trayectoria, aquel momento preciso? Vaillant sostuvo que carecía de cómplices. Sus respuestas sobre la financiación distinguieron una cantidad recibida para una acción revolucionaria del socorro destinado al hogar doméstico. Tras la bomba, la instrucción indagaba también en busca de una red; él se empeñaba en circunscribir la responsabilidad a su exclusiva persona.
Sobrevino entonces la cuestión fundamental. Afirmaba haber querido herir, no matar. El presidente le opuso la letalidad del artefacto y el lugar donde había pretendido hacerlo estallar. ¿La ausencia de muertes obedecía a una intención comedida o a una ejecución malograda? La distancia entre ambas proposiciones calibraba la que mediaba entre su defensa y el veredicto que reclamaba la acusación.
Vaillant distaba de adoptar el tono de un hombre arrepentido. Reivindicaba el atentado, acusaba a los gobernantes y se negaba a que sus explicaciones se interpretasen como un mero ardid para salvar la cabeza. Semejante actitud complicaba la tarea de Labori. El letrado debía rescatar la condición humana de su patrocinado, mientras este se empeñaba en encarnar una rebelión entera.
Una voz entre los heridos
La misiva de Lemire introducía una voz discordante. El diputado proclamaba su lealtad a la representación nacional, mas distinguía dicha fidelidad de la venganza. Deseaba transmitir a Vaillant su perdón particular y rogar a la justicia que no se mostrase inexorable. La petición emanaba de un hombre al que la metralla había alcanzado; resultaba imposible tacharla de la indulgencia acomodaticia de un simple espectador.
Al reanudarse la vista, Vaillant dio lectura a una declaración escrita de antemano. Comparaba las heridas infligidas por su atentado con los padecimientos engendrados, a su juicio, por las guerras, la miseria y la explotación. Presentaba su acción como una vía para conferir fuerza renovada a una voz desoída por todos. El tribunal juzgaba un atentado concreto; el procesado pretendía cuestionar el orden social en su conjunto. Ninguno de los dos procesos podía acomodarse con holgura en el otro.
Hacia las cinco y media de la tarde, los jurados se retiraron. La deliberación se prolongó cerca de media hora. Respondieron afirmativamente a las cuestiones formuladas y denegaron las circunstancias atenuantes. Vaillant fue condenado a muerte. La lectura de los artículos del Código confirió a la sentencia su gravedad solemne, antes de que los guardias se lo llevaran.
La crónica relata a continuación una escena menos altisonante que sus proclamas públicas. En la Conciergerie, durante su colación, el pasante de Labori acudió a requerirle la firma del recurso de casación. Vaillant se negó en un principio, a pesar de la insistencia del joven letrado. El trámite, a sus ojos, no servía más que para dilatar el suplicio. En Choisy-le-Roi, su compañera se enteraba del fallo; Sidonie aún dormía. Para la niña, el curso de los acontecimientos aguardaba al despertar.
Se sucedieron peticiones de clemencia, incluso entre los escaños del parlamento. La movilización no alteró la resolución final. El 5 de febrero de 1894, Vaillant fue guillotinado en París. El atentado que no se había cobrado vidas contaba ya con su cadáver.
Permanecía la carta de Lemire. Si bien no había bastado para salvar al condenado, impedía al menos confundir a todos los heridos en una idéntica exigencia de revancha. En una causa en la que tantos hombres se arrogaban la palabra en nombre de una clase, de una institución o de la sociedad entera, una víctima había reclamado para sí el derecho a perdonar.
