Una ventana sobre el cortejo
El rey prosiguió su marcha. Detrás de él, en el bulevar del Temple, varios hombres habían caído del caballo y algunos espectadores ya no se levantaban; pero Luis Felipe, que acababa de escapar de la muerte, continuó la revista militar. Aquel ademán, tan grato a los pintores de batallas, dejaba en manos ajenas el cuidado de contar a aquellos para quienes la fiesta había concluido. El 28 de julio de 1835 debía celebrar una revolución; acababa de engendrar una masacre.
Se había apuntado al soberano en medio de un desfile militar y ante una muchedumbre. El mariscal Mortier figuraba entre las víctimas. El balance fijado por la reseña histórica del Senado consigna dieciocho muertos y veintidós heridos: nombres ilustres y existencias comunes bruscamente congregados por una descarga incapaz de distinguir los grados, las opiniones o la edad de quienes alcanzaba. El rey sobrevivió; otros murieron por haberse hallado a su paso.
En una ventana permanecía una máquina, despanzurrada por su propio mecanismo. Se habían ensamblado múltiples cañones de fusil para disparar al unísono. Algunos habían reventado, hiriendo a quien los accionaba. En lugar de abandonar una estancia vacía a la policía, el autor del atentado llevaba así en el rostro y en la mano las huellas de su propia obra. Intentó descender mediante una cuerda. Lo prendieron, ensangrentado, antes de que su fuga pudiera trocarse en un nuevo enigma.
Dio un nombre falso: Girard. Un hombre que acababa de conmocionar a París comenzaba abrigando la esperanza de que nadie supiera cómo se llamaba.
El baúl y el nombre falso
Fue un reconocimiento lo que devolvió al prisionero su verdadera identidad. Lavocat, llamado ante él, descubrió a Giuseppe Fieschi bajo las heridas y el patronímico fingido. Antiguo soldado, antiguo convicto por causas de robo y falsificación, Fieschi había subsistido merced a oficios diversos, favores mendigados y certificados controvertidos. Los historiadores del siglo siguiente lo retratarán con tal abundancia de improperios que cabría suponer al diccionario entero llamado al estrado. La instrucción judicial, por su parte, necesitaba relaciones, domicilios y dinero.
Un baúl le abrió el camino.
Antes del atentado, el equipaje de Fieschi había sido depositado en el taller de un marmolista; debía ser entregado a Pierre Morey, un guarnicionero a quien Fieschi frecuentaba. Tras la explosión, Nina Lassave, la compañera del reo, buscó amparo junto a Morey. Este le procuró cobijo e hizo traer después el baúl. El objeto mudaba de manos sin perder por ello a todos sus testigos. Ciertos mozos de cuerda habían cumplido los recados: interrogados, permitieron desandar el trayecto hasta llegar a la joven.
El 3 de agosto, los agentes descubrieron su escondite. Sus declaraciones señalaron a Morey. Arrestado, interrogado y puesto en libertad en un primer momento, el viejo guarnicionero no tardó en ser apresado de nuevo. No ofreció a sus pesquisidores el espectáculo del pánico. Semejante temple impresionaría a los cronistas tanto como la agitación de Fieschi, a riesgo de erigirse, según el arbitrio del narrador, en signo de valentía o en prueba de una frialdad criminal.
Un tercer hombre burló las pesquisas durante algún tiempo: Théodore Pépin, tendero de ultramarinos. Había huido al amparo de un registro domiciliario. Se le halló finalmente en Magny, oculto en un zulo acondicionado tras la falsa apariencia de un armario. El escondrijo había sustraído su cuerpo de las miradas; ya no podía sustraer sus vínculos del alcance de la justicia.
El valor de las confesiones
Fieschi había disparado. La dificultad radicaba en adelante en dilucidar quién había deseado, financiado y preparado el plan junto a él. Sus declaraciones comprometieron gravemente a Morey y a Pépin: al primero le atribuía la idea de emplear su máquina contra el rey; al segundo, ciertas sumas destinadas a los desembolsos del proyecto. La policía tenía al ejecutor, pero el ejecutor se convertía al mismo tiempo en su principal acusador.
Había que escucharlo sin entregarle las riendas del proceso.
La mediación de Lavocat, hacia quien Fieschi profesaba una gratitud ostensible, desempeñó un papel decisivo en la obtención de las confesiones. Louis Blanc, al escribir pocos años después de los hechos, denunció las atenciones colmadas sobre el prisionero y las esperanzas que este había podido concebir a partir de ellas. El historiador monárquico Thureau-Dangin, mucho más tarde, insistió en cambio en las responsabilidades revolucionarias. Ambos relatos antagónicos coinciden en la vanidad teatral de Fieschi; apenas concuerdan en el modo de juzgar a quienes lo rodeaban.
Una incógnita resonaba hasta el fondo de la celda: ¿habían estallado los cañones por mero accidente, o Morey había pretendido que su cómplice pereciera junto al monarca? La hipótesis fue esgrimida durante la instrucción para incitar a Fieschi a hablar. Convertirla a posteriori en una certeza matemática equivaldría a conceder a las insidias la firmeza de las piezas de convicción. Lo incuestionable es que el tirador herido inculpó a los demás y que los demás impugnaron sus acusaciones.
El reo que pretendía dominar la audiencia
El juicio se abrió ante el Tribunal de los Pares el 30 de enero de 1836. Comparecieron cinco acusados: Fieschi, Morey, Pépin, Boireau y Bescher. La máquina y los efectos incautados habían sido dispuestos en la sala. Semejante presencia material impedía que los debates se redujeran por completo a un torneo dialéctico: en medio de los discursos permanecía el instrumento que había segado las vidas del bulevar.
Fieschi, no obstante, buscaba acaparar todas las miradas. Tomaba la palabra, imputaba, bromeaba, se daba aires de grandeza. Las crónicas de la época describen a un auditorio a menudo demasiado dispuesto a secundar aquella farsa. Nada resulta más incómodo para la justicia que un culpable entretenido: se corre el riesgo de atender a sus agudezas cuando procedería escudriñar sus aseveraciones.
Morey negaba con perseverancia. Pépin protestaba su inocencia con una zozobra que contrastaba con el sosiego del guarnicionero. Entonces Boireau prestó una declaración decisiva: la víspera del atentado había realizado un paseo a caballo destinado a ayudar a Fieschi a calibrar la puntería de los fusiles; aseguraba haber obrado a instancias de Pépin. Aquel testimonio proporcionaba a la acusación contra el tendero un asidero independiente de las solas palabras del tirador.
Los defensores no cejaron en su empeño. El letrado de Morey, Dupont, subrayó las contradicciones de Fieschi y sostuvo que un cómplice encubierto bien podía haber sido suplantado en sus delaciones por su cliente. La defensa de Pépin se esforzó en deslindar los actos que se le reprochaban, las presiones que hubiera podido padecer y la voluntad homicida. Era posible condenar con firmeza absoluta la masacre sin considerar intercambiables las responsabilidades de cinco hombres.
El Tribunal absolvió a Bescher. Condenó a Boireau a veinte años de prisión. Fieschi, Morey y Pépin recibieron la pena capital.
Tras los tres carruajes
En febrero de 1836, tres carruajes condujeron a los condenados hacia la barrera de Saint-Jacques. Hasta los últimos preparativos, Fieschi había albergado la esperanza de una gracia en su favor. Los testimonios lo muestran aguardando aún a Lavocat, como si un amparo personal pudiera revocar lo que la sentencia acababa de zanjar. No acudió auxilio alguno. Pépin, luego Morey y finalmente Fieschi fueron ejecutados.
La muerte del tirador no puso coto a la explotación de su nombre. Louis Blanc y Thureau-Dangin refieren ambos que un establecimiento parisino atrajo después a los curiosos exhibiendo a Nina Lassave ante sus miradas. El escándalo no hacía sino mudar de mostrador. Entretanto, el atentado ya le había servido al gobierno para sacar adelante las leyes de septiembre, que reforzaban muy señaladamente las mordazas impuestas a la prensa.
La máquina había errado el tiro contra el rey. Había destrozado familias, transformado leyes, entregado a tres hombres al cadalso y ofrecido a París un nuevo espectáculo. Para reencontrar el crimen bajo todas estas consecuencias, es preciso regresar al bulevar, al instante preciso en que el cortejo reanudaba su marcha: quienes yacían en tierra no habían solicitado el papel de víctimas, ni tampoco el de argumentos.
