El disparo que se volvió contra el tirador
El carruaje real pudo proseguir su marcha. En el muelle de las Tullerías, el 15 de octubre de 1840, la carabina de un hombre acababa de reventar en el instante mismo en que intentaba matar a Luis Felipe. El atentado había fracasado; los restos del arma y su dueño quedaban a disposición de la justicia. No habría una larga persecución, ni señas personales difundidas de una frontera a otra. El culpable estaba allí. Solo restaba averiguar a cuántas personas se pretendería colocar tras él.
Se llamaba Darmès. Los autos judiciales lo designan como Ennemond Marius; la posteridad ha conservado a menudo el segundo nombre. Detenido en el acto, reconoció su propósito de abatir al soberano. Cuando compareció ante la Cámara de los Pares, varios meses más tarde, admitió de nuevo haber aguardado en el muelle, cerca de la plaza de la Concordia, armado con una carabina, y haber disparado contra el rey. Se le exhibieron los fragmentos de su arma. También los reconoció.
Esta brevedad en la confesión no satisfacía a nadie. Un atentado contra el monarca abría una investigación que desbordaba el acto material: las visitas del tirador, sus lecturas, sus compañías, el precio de un almuerzo y el corte de una levita pasarían a engrosar el expediente. Darmès había querido hacer de un hombre un blanco; la instrucción pretendía hacer de sus días un mapa de la conspiración.
La levita abierta
Afirmaba haber comprado la carabina a un comerciante de la plaza de la Bolsa. El tendero impugnó la venta; sus libros contables, una vez examinados, no coincidieron con el arma incautada. Salieron a relucir otras armas, entre ellas unas pistolas que admitió haber robado. Sus sucesivas respuestas no allanaban las pesquisas: sobre diversos puntos, sostenía haber explicado ya cuanto se le preguntaba y se negaba a repetir lo dicho.
La Cámara, sin embargo, deseaba oírlo de nuevo. Existían los interrogatorios por escrito, pero no eximían del debate público.
La cuestión más apremiante atañía al itinerario del 15 de octubre. ¿De dónde procedía la carabina en el momento del disparo? Darmès aseguraba haberla guardado en su casa. Sin embargo, ciertos testigos afirmaban haberlo visto salir sin ella. Llevaba la levita abierta, decían; se le había visto el chaleco. Por el contrario, cuando transportaba el arma oculta, se veía obligado a mantener el brazo en una postura singular. La prenda se transformaba así en un indicio de cargo, examinada menos por su color que por aquello que hubiera podido encubrir.
La acusación reconstruía su tarde: la búsqueda de Considère en la calle Laffitte y, después, una subida hacia Montmartre, donde la mujer de este regentaba un despacho de bebidas. Darmès había negado durante mucho tiempo esa visita antes de terminar admitiéndola. Explicaba que había acudido a saldar una pequeña deuda, veinticinco sueldos, y que había comido en el local. Para los magistrados, tantas vueltas a escasas horas de un regicidio frustrado parecían obedecer a otro motivo.
Hacía falta, no obstante, salvar una gran distancia entre la sospecha y la prueba concluyente. Haber almorzado en una taberna no demostraba que el patrón hubiese suministrado un arma. Si Darmès había mentido acerca de su comida, semejante falsedad podía incriminar a Darmès; mas no bastaba, por sí sola, para condenar a Considère.
Los hombres que frecuentaba
Valentin Duclos, cochero de cabriolé, compareció igualmente ante los pares. Conocía al tirador, había conversado con él, lo había llevado en su carruaje en ocasiones y había bebido en su compañía. En la vista, su versión sobre estos tratos devolvía a las paradas de coches una trama que la acusación se empeñaba en radicar en las sociedades secretas. Darmès se detenía, encendía su pipa, departía con los cocheros; Duclos afirmaba haber trabado conocimiento con él de esa guisa.
Los interrogadores le reprochaban encuentros y manifestaciones. Ciertos testigos declaraban haber visto a Darmès acompañado en las inmediaciones del atentado. Otros relataban confidencias que parecían comprometer a Duclos. Los propios carceleros habían recogido palabras del recluso: una observación pronunciada en la noche, a propósito de los detenidos en su misma causa y del frío que debían de padecer, se convirtió en una nueva pieza de cargo. Se argüía que Darmès había dado a entender que podía perder a Duclos si hablaba.
El acusado impugnó la interpretación de sus palabras. Reconocía profesar amistad a aquel hombre; mas no le atribuía la preparación del crimen. Cuando se apremiaba más al tirador, este argüía que, al dar el nombre de sus conocidos, los expondría a convertirse a todos en sospechosos. Dicha explicación no excusa sus falsedades; pero evidencia la trampa de los debates, donde cada reserva podía interpretarse como el encubrimiento de un cómplice y cada nombre aportado proporcionaba un sospechoso más.
En el caso de Considère, las reuniones políticas y la presencia de Darmès parecían formar a ojos de los redactores de la acusación un conjunto abrumador. En el de Duclos, se debatía asimismo sobre unos cartuchos hallados y sobre sus compromisos ideológicos precedentes. Ambos hombres podían abrigar opiniones contrarias al poder. Restaba, con todo, demostrar su participación directa en aquel preciso disparo, en aquel preciso muelle, el 15 de octubre.
Los folletos sobre la mesa
Los papeles de Darmès sufrieron a su vez el interrogatorio. Se exhibieron folletos, el reglamento de una sociedad y un discurso cuya autoría reconoció. ¿Había asistido a un banquete comunista? ¿Había militado en una asociación? ¿Por qué conservaba aquellos impresos? Darmès admitía ciertas reuniones, rechazaba ciertas afiliaciones y deslindaba con dificultad lo que había leído, lo que había escrito y lo que había pretendido organizar.
El pliego de acusación confería a aquella modesta biblioteca una trascendencia casi enteramente criminal. Relataba una degradación moral provocada por las sociedades populares y convertía las convicciones radicales en la senda inevitable hacia el regicidio. El lector debe percibir aquí la voz del ministerio público con todas sus certezas políticas. Los folletos eran efectos requisados; su virtud para mudar indefectiblemente a un lector en asesino no era más que una tesis.
La Cámara no secundó hasta el final la extensión desmedida del delito. El 29 de mayo de 1841, declaró a Darmès culpable del atentado y lo condenó a muerte. Considère fue absuelto y debía ser puesto en libertad si no se hallaba detenido por otra causa. Duclos resultó igualmente absuelto de la complicidad en el atentado; su situación respecto a otros hechos quedaba al margen. Tres hombres se habían sentado en el banquillo. Solo uno fue entregado al verdugo por aquella sentencia.
El velo negro
El 31 de mayo, un carruaje condujo a Darmès a la barrera de Saint-Jacques. La Gazette des tribunaux describe a un reo cuyas fuerzas se extinguían durante el trayecto, asistido por un sacerdote que intentaba reanimarlo. En torno al cadalso, las tropas guardaban un amplio perímetro desierto; más allá, se agolpaba la multitud de curiosos, y algunos habían alquilado un balcón para ver mejor.
Darmès llegó descalzo, con la cabeza cubierta por un velo negro, según el ceremonial reservado a su condena. Se arrodilló y debió ser sostenido en vilo para ascender las gradas. Un alguacil leyó la sentencia. Sus últimas palabras, recogidas de modo imperfecto por el cronista, mezclaban aún a Francia, a sus enemigos y la emancipación. Luego se ejecutó la pena capital.
La carabina destrozada cabía sobre una mesa. Para explicar su disparo, la pesquisa judicial había tenido que desplegar calles, comidas, amistades, papeles y confidencias carcelarias. Al término de aquel inmenso sumario pervivía una distinción tan frágil como esencial: Darmès había querido matar al rey; conocer a Darmès no había bastado para hacer de cada uno de sus compañeros un regicida.
