Los niños y el mariscal
Se advertía su paso por el estrépito de los caballos, la multitud de servidores y la suntuosidad de los ropajes. Cuando Gilles de Rais compareció en Nantes, en el otoño de 1440, otros testigos acudieron a describir ausencias. Un niño había salido de casa; se le había buscado; ciertas noticias, rumores y a veces el rastro de un encuentro conducían al entorno del señor. Los padres apenas tenían medios para obligar a un castillo a responderles. Ahora, hablaban ante los jueces.
Este vuelco constituye el verdadero principio del caso: las puertas que el linaje había mantenido cerradas iban a abrirse a un proceso. Conocemos este último por legajos conservados, por sus ediciones y por lecturas históricas a menudo apasionadas. Estos textos imponen una cautela: es posible referir lo que los testigos declaran, lo que el acusado confiesa y lo que los tribunales deciden; pero no podemos convertir cada rumor medieval en una escena vista por nuestros propios ojos.
Antes de ser este prisionero, Gilles había combatido junto a Juana de Arco y recibido el bastón de mariscal en 1429. Su fortuna congregaba tierras considerables, plazas fuertes, fueros y rentas. Machecoul, Tiffauges y Champtocé constituían, más que el decorado de una leyenda, los puntales de un poder real. Los dispendios, la venta de dominios y las deudas habían mermado su solidez sin apagar el prestigio del nombre.
Un sacerdote apresado en su templo
El acto público que precipitó su caída fue un atropello perpetrado en 1440 en Saint-Étienne-de-Mer-Morte: Gilles prendió a un sacerdote en el interior mismo del templo. El agravio afectaba tanto a la autoridad religiosa como a la del duque de Bretaña. Se habían vulnerado las inmunidades eclesiásticas; además, el conflicto territorial y las violencias ejercidas contra vasallos sujetos al duque daban sobrados motivos para abrir causa.
Esta vez, el señor feudal no podía reducir el asunto a meras habladurías de aldea.
Detenido en Machecoul, fue conducido a Nantes. Se instruyeron dos causas paralelas, estrechamente vinculadas pero sin llegar a confundirse. El obispo Jean de Malestroit y el viceinquisidor Jean Blouin dirigían la causa eclesiástica. La justicia ducal, en la que intervenía Pierre de L’Hôpital, examinaba en particular los raptos y los homicidios. Se recibieron, consignaron y ratificaron declaraciones. La acusación debía alcanzar a un hombre a quien su alcurnia había situado durante largo tiempo en el bando de los que mandan.
El sumario no atañía únicamente al prendimiento del clérigo. Recogía la desaparición de niños, las imputaciones formuladas contra los allegados de Gilles y relatos de prácticas ocultas. La alquimia y las invocaciones se mezclaban allí con delitos contra las personas. Conviene deslindarlas al narrarlas: la existencia de una acusación por brujería es un hecho documental; la existencia de los demonios invocados no lo es.
Los que entraban y los que no volvían
Los sirvientes Henriet Griart y Étienne Corillaut, llamado Poitou, desempeñaron un papel decisivo en las testificaciones. Sus declaraciones comprometían a su amo, pero también a ellos mismos. Describían niños llevados ante la presencia de Gilles, violencias, muertes y luego la destrucción de los cuerpos con el fin de ocultar los crímenes. Estas confesiones conformaban, junto a las querellas de las familias, una urdimbre harto más grave que las meras fabulaciones que circulaban en torno a las fortalezas.
Las cifras consignadas en los autos y barajadas por los historiadores discrepan. No las sumaremos para forjar un cómputo efectista. La reiteración de los hechos imputados, el cometido de los intermediarios y la desaparición de las víctimas bastan para ponderar la gravedad de la acusación. Cada niño importaba a alguien antes de convertirse en una cifra en los recuentos venideros.
Otro allegado, François Prélati, fue interrogado acerca de las operaciones mágicas. Los testimonios le atribuían conjuros emprendidos para Gilles. También en este punto el proceso expone palabras y creencias. En sus propias confesiones, Gilles declaró no haber visto ni oído a demonio alguno. El cronista no tiene por qué hacer aparecer a ninguno tras la puerta para ensombrecer el relato: los hombres y las instituciones proporcionan ya toda la materia necesaria.
Rechazar y luego responder
Ante los jueces eclesiásticos, Gilles comenzó con la altivez propia de un gran señor. Impugnó su autoridad, recusó los cargos y se negó a responder en la forma debida. Por tal desobediencia se le conminó con la excomunión. Después, su actitud mudó. Reconoció la jurisdicción, imploró perdón por los ultrajes proferidos contra los magistrados y solicitó el levantamiento de la censura religiosa.
Este allanamiento no dio paso de inmediato a una confesión completa. Admitía ciertos extremos, negaba otros y aceptaba la comparecencia de testigos. La crónica de su proceso perdería gran parte de su verdad si se imaginara una única confesión brotando de un remordimiento repentino. Las posturas fueron evolucionando con el curso de las sesiones, a medida que las acusaciones se precisaban y los testimonios de su séquito se acumulaban.
Finalmente, se decretó el tormento. Antes de que se ejecutara, Gilles solicitó un aplazamiento y se ofreció a declarar ante representantes de ambas jurisdicciones. Hizo entonces confesiones que luego ratificó públicamente. El abate Bossard, que estudió los autos en el siglo XIX, insiste en su carácter espontáneo; sin embargo, su propia exposición da cuenta de la amenaza previa. No haber padecido materialmente la cuestión de tormento no equivale a haber hablado libre de toda coacción.
Tal circunstancia forma parte del expediente. Exige prudencia en cuanto al valor de las confesiones, sin que ello autorice a desechar de un plumazo el conjunto de las querellas y declaraciones. La labor estriba precisamente en sopesar estos elementos a la vez, en lugar de decantarse de antemano por un monstruo de fábula o por una víctima intachable.
Dos justicias, tres condenados
La justicia secular condenó en primer término a Henriet y a Poitou. La suerte del señor permaneció en suspenso algo más de tiempo, mientras el proceso eclesiástico tocaba a su fin. La desigualdad resulta patente incluso en los plazos: los sirvientes tenían menos trecho que salvar entre la acusación y el cadalso.
El 25 de octubre, los fallos cerraron definitivamente las salidas. A las sanciones canónicas siguió la condena civil de Gilles a la horca y a la hoguera. Pidió morir junto a sus dos criados y obtuvo la merced de que su propio cuerpo fuera retirado del fuego para recibir sepultura. Los autos atribuyen esta gracia a su arrepentimiento. Cabe colegir asimismo que un linaje ilustre seguía recibiendo miramientos aun en el castigo.
Al día siguiente, 26 de octubre de 1440, Gilles de Rais, Henriet y Poitou fueron ajusticiados en Nantes. Las crónicas antiguas se demoran largamente en las plegarias del reo, en sus exhortaciones y en la conmoción de los concurrentes; buscan en ello el espectáculo de una conversión. Podemos consignar este desenlace sin arrogarnos el conocimiento de su salvación, ni exigir a las familias de los niños que concluyan el relato otorgando el perdón.
La leyenda atribuyó más tarde al señor una barba de cuento y llaves de estancias vedadas. El expediente custodia algo mucho menos complaciente: padres que acudieron a alzar la voz, sirvientes que inculpan, un poderoso que resiste, una amenaza de tormento, confesiones y sentencias. Es ahí donde comienza la lectura: cuando se deja de aguardar al ogro y se escucha por fin a quienes buscaban a sus hijos.
