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Policía y bajos fondos · Francia

La superviviente y los vestidos sin dueña

Marie Pichon se niega a seguir a un desconocido más adentro en la noche; su huida abre los armarios de Martin Dumollard.

El baúl fue depositado en un campo, y el castillo volvió a alejarse. Desde Lyon, Marie Pichon seguía a un hombre que le prometía una buena colocación; cada desvío debía acercarlos a aquella casa, cada retraso recibía una explicación, y he aquí que ahora sus vestidos, sus ahorros en ropa blanca, todo cuanto una sirvienta transporta al cambiar de vida, quedaban abandonados entre los sembrados. El presunto jardinero regresaría a recoger el equipaje con un carromato, aseguraba. Había que proseguir la marcha.

La noche había caído sobre los alrededores de Montluel. Marie ya había aceptado el tren, luego los atajos; negarse se volvía más difícil a medida que aumentaba su ignorancia sobre el lugar donde se hallaba. Su guía conocía los pasos. Ella no conocía a nadie más que a él.

Era precisamente lo que él había buscado.

Una colocación de doscientos cincuenta francos

El acta de acusación, leída ante el tribunal de lo penal de Ain en enero de 1862 y reproducida en un antiguo estudio, permite seguir las fases de la trampa. En mayo de 1861, Marie Pichon, viuda de Bertin, trabajaba como sirvienta en Lyon. En el puente de la Guillotière, un hombre le preguntó primero por la dirección de una agencia de colocación. La conversación se trabó así en torno a una necesidad verosímil: buscaba una criada para sus amos, en un castillo cercano a Montluel.

Anunciaba doscientos cincuenta francos de salario, gratificaciones de Año Nuevo, un servicio poco penoso y unos pocos animales que cuidar. La precisión de las promesas les otorgaba consistencia. No proponía una fortuna fabulosa; ofrecía una mejora lo bastante mesurada como para que Marie pudiera creer en ella, y lo bastante sensible como para temer dejarla escapar. Una sola condición apremiaba: partir sin demora.

El hombre la ayudó a retirar su baúl y la acompañó al ferrocarril. Vestía una blusa de campesino, tenía un andar algo encorvado y una particularidad visible en el labio superior. Aquellos rasgos, a los que Marie no debió atribuir entonces otro valor que el de una filiación ordinaria, permitirían más tarde dar con él. Su nombre era Martin Dumollard.

En la estación de Montluel, cargó el equipaje sobre sus hombros. Ese aparente servicio lo autorizaba a escoger la ruta. Llevó así los enseres de Marie hasta el lugar donde juzgó oportuno abandonarlos, al tiempo que conducía a su dueña más lejos de cualquier auxilio.

La cofia arrebatada

En un altozano desierto, Marie se inquietó ante los movimientos de su acompañante. Trataba de hacerla pasar delante de él; se había inclinado hacia el suelo y se había llevado las manos bajo la blusa. La crónica judicial refiere que ella se negó por fin a avanzar. Él le respondió que ya habían llegado.

El castillo prometido no estaba en ninguna parte. Apareció una cuerda.

Marie alzó las manos, soltó cuanto llevaba y repelió al agresor. El lazo solo se llevó su cofia. Echó a correr. La caída le causó heridas en el rostro y la muñeca; a su espalda, unos pasos la perseguían. Se levantó, franqueó las cercas próximas a la vía férrea y alcanzó una vivienda cuya luz le ofrecía, al fin, un rumbo. Ya entrada la noche, pidió cobijo en casa de Joly, en Balan.

Ya no se trataba de una sirvienta descontenta por una oferta engañosa. Las heridas, el estado de sus ropas y su testimonio obligaban a actuar. Conducida a la gendarmería, describió el trayecto y al hombre. Las primeras pesquisas no dieron de inmediato con sus efectos: alguien los había retirado del lugar. Ese alguien debía de vivir lo bastante cerca como para desplazarse con rapidez por una campiña de la que conocía todos los recodos.

Una superviviente acababa de tender un hilo en asuntos que hasta entonces habían permanecido dispersos.

En la casa de Dagneux

Las sospechas condujeron al hogar de los Dumollard. El marido coincidía con la descripción; sus explicaciones y las de su esposa no concordaban. El registro reveló objetos cuya presencia exigía algo más que una respuesta evasiva. Detenido y trasladado a Trévoux, Dumollard fue puesto frente a Marie Pichon. Ella lo reconoció. Otros testigos lo habían visto con ella en Lyon.

Luego, la casa reveló una cantidad considerable de prendas femeninas, ropa blanca, cajas y despojos de ajuares. Aquello no era únicamente un botín: cada vestido podía convertirse en el rastro de una mujer de la que ya no se tenían noticias. Los investigadores buscaron a las antiguas propietarias. Varias supervivientes reconocieron al hombre; varios familiares reconocieron objetos.

Marie Baday, cuyo cadáver había sido hallado en 1855 en el bosque de Montaverne, reapareció de este modo en la instrucción. Ella también había abandonado Lyon tras la promesa de una colocación. Ciertas prendas halladas en casa de Dumollard fueron identificadas como suyas. Junto a los asesinatos se perfilaban tentativas: Olympe Alubert, Josephte Charléty y Jeanne-Marie Bourgeois habían interrumpido sus marchas y hallado refugio; otras mujeres habían escapado del hombre abandonando sus ahorros.

El mecanismo apenas variaba. Un empleo arrancaba a la víctima de su entorno; el equipaje la hacía depender del guía; la noche y los caminos desconocidos consumaban su aislamiento. La repetición, cuando al fin pudo contemplarse, resultó abrumadora.

Los enseres de las muertas

Una cartera que contenía un documento a nombre de Marie-Eulalie Bussod orientó nuevas pesquisas. Sus hermanas conocían la oferta que la había hecho partir; una de ellas había recibido en su domicilio al hombre que acudió a buscarla. Eulalie no había regresado. Sus vestidos, en cambio, se hallaban entre las piezas incautadas.

La mujer de Dumollard aportó indicaciones sobre los lugares de enterramiento. Las excavaciones permitieron descubrir restos humanos, entre ellos los de Eulalie. El relato de la acusación, redactado para persuadir, acumulaba indicios de horror; conviene concederle su condición de documento judicial sin adoptar cada una de sus deducciones como una certeza probada e independiente. Con todo, la convergencia de reconocimientos, objetos y hallazgos materiales no se reducía a un mero rumor de aldea.

Dumollard cambió entonces no tanto de defensa como de grado de confesión. Admitía desplazamientos, encuentros y, en ocasiones, su presencia junto a las víctimas; atribuía la violencia a cómplices misteriosos de los que no facilitaba nombres contrastables ni residencia. Sostenía haber sido solo su guía o su proveedor. Incluso la huida de Marie Pichon se convertía, en sus explicaciones, en un auxilio que él le habría procurado voluntariamente.

Sin embargo, la superviviente había tenido que apartar una cuerda y correr delante de él. La versión del benefactor resistía con dificultad ante el testimonio de la mujer que había logrado escapar de sus manos.

Lo que consideró probado el jurado

El juicio se celebró en Bourg-en-Bresse en 1862. Dumollard compareció junto a su esposa. Esta última había recibido y utilizado efectos robados, lavado prendas y ayudado a ocultar objetos; su participación, no obstante, no se confundía con la del homicida. La justicia debía atribuir a cada cual sus propios actos, no repartir indistintamente una reputación infame.

Otro punto merece esta precisión: pese a las acusaciones de índole sexual y a las certidumbres exhibidas por diversos comentaristas, el jurado no apreció la violación. Las pruebas médicas no permitían concluirla. Una crónica que restablece este límite no atenúa los asesinatos; restituye lo que la sentencia distingue y lo que el gusto por lo monstruoso tiende a confundir.

Dumollard fue condenado a muerte y ejecutado en Montluel en marzo de 1862. Su esposa recibió una pena de veinte años de trabajos forzados. El número total de víctimas quedó más allá de lo que la instrucción pudo fijar; multiplicar las muertes supuestas no haría más justicia a las mujeres identificadas.

Queda, en el comienzo del desenlace, una sirvienta que se niega a dar un paso más. Marie Pichon no contaba con un arma, ni con un auxilio cercano, ni con la certeza de hallar el camino de regreso. Había perdido su cofia, sus pertenencias y la ilusión de una buena colocación. Conservó las fuerzas suficientes para alcanzar una puerta, la precisión necesaria para describir a un hombre, y su palabra forzó al fin a que las ropas de las demás mujeres salieran de aquella casa donde se había pretendido silenciarlas.

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El último camino

Una novela corta seguiría a una sirvienta ficticia, desde la promesa de una buena colocación hasta la negativa que le salva la vida, y la posterior prueba de reconocer a su agresor.

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El armario de las ausentes

Una novela cruzaría los pasos de las familias que buscan a sus hijas con los de las mujeres encargadas de reconocer sus vestidos, mientras los investigadores reconstruyen los trayectos de un reclutador asesino.

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Las colocaciones prometidas

Tres novelas seguirían a una familia de sirvientas: partir en busca de un salario, descubrir una red de explotación y organizar más tarde la defensa de aquellas a quienes los amos solo conocen por su nombre de pila.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato sigue el acta de acusación reproducida y comentada por Edmond Cavaniol en su tesis de 1920, en particular los testimonios de las supervivientes y la identificación de los efectos. No se retoman las antiguas interpretaciones antropológicas. El jurado desestimó el cargo de violación. Las publicaciones discrepan respecto al día exacto de la ejecución: el texto conserva marzo de 1862. No se ha añadido ningún personaje ni diálogo ficticio.

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