En Versalles, los cafés ya sabían lo que el condenado descubriría al despertar.
La noticia había recorrido la ciudad: Basset sería ejecutado al día siguiente. Se hablaba de ello de mesa en mesa, se recordaba a otros condenados, se contrastaban los recuerdos de quienes ya habían visto con los planes de quienes deseaban ver. Le Petit Parisien, en su edición del 26 de febrero de 1897, relata estos preparativos nocturnos con una minuciosidad que produce en el lector la impresión de oír cómo se congrega una muchedumbre antes incluso de que el hombre destinado a mantenerla ocupada despierte de su sueño.
Se llamaba Henri-Onésime Basset. Su víctima se llamaba Louise Millier. Entre estos dos nombres, el periódico había elegido para el titular a aquel que aún viviría unas cuantas horas más.
El camino de Louise
Louise tenía trece años. El 6 de julio de 1896, había salido a llevarle sidra a su padre, ocupado en las faenas del campo cerca de Breuil-le-Sec. Se cruzó con Basset. Al día siguiente, hallaron su cadáver en Breuil-le-Vert. Unos pescadores habían oído gritos; un compañero de pesca de Basset había advertido su ausencia durante parte de la tarde. Fue detenido el 8 de julio.
La audiencia provincial del Oise lo condenó a muerte el 10 de diciembre. Un defecto formal de firma relativo al juramento de los peritos motivó la anulación de la sentencia. Juzgado de nuevo en Versalles, ante la audiencia provincial de Seine-et-Oise, el 15 de enero de 1897, Basset escuchó una segunda condena a la pena capital. Estas referencias, reunidas mediante una investigación retrospectiva, trazan la marcha del proceso; no sustituyen, sin embargo, al expediente íntegro de las vistas, que no hemos consultado.
Esta senda documental es breve. Es preciso, no obstante, recorrerla antes que la del condenado. De no hacerlo, Louise se desvanecería desde el primer párrafo, abandonada a la fórmula habitual que anuncia a un asesino. Había ido a hacer un recado ordinario. Las pesquisas, los testimonios, dos juicios y las formalidades de la ejecución nacieron de aquella partida de la que jamás regresó.
Los que aguardarían
La crónica de Le Petit Parisien nos permite seguir con mucha mayor precisión la última noche. En ella, los curiosos tienen horarios, itinerarios y contratiempos. Hacia la una de la madrugada, los cafés cierran, salvo en las inmediaciones del Pont-Colbert. Las dos en punto: la gente se encamina hacia la carretera de Jouy para asegurarse un buen sitio. Las tres en punto: las tropas toman posiciones, se detienen carruajes y el ir y venir de los espectadores se amolda a lo dispuesto por las autoridades.
Aún es de noche. Las conversaciones llenan lo que la vista no alcanza a distinguir. La máquina llega con su cuadrilla; las piezas van encajando en su sitio, comienzan las pruebas mecánicas. A las cuatro y cuarenta y cinco, informa el periódico, todo se halla dispuesto.
Esta puntualidad encierra algo opresivo. Los curiosos esperan que ocurra un acontecimiento; quienes trabajan se cercioran de que nada se interponga en su curso. Una misma hora congrega a ambos grupos, pero no hacen de ella el mismo uso. Los primeros buscan ver bien. Los segundos deben lograr que todo se lleve a término.
En la prisión, Basset ignora todavía que la espera toca a su fin. Estuvo jugando a las cartas hasta las once de la noche, asegura la crónica, y ganó la partida. Desde su condena en enero, no pierde la esperanza del indulto. El periódico se asombra de la calma que se le atribuye y refiere asimismo pesadillas recientes. Estas observaciones no concuerdan con tanta sencillez como pretendería un retrato monolítico. Un hombre puede abrigar esperanzas durante el día y zozobrar en temores durante el sueño; no necesitamos decidir cuál de estas dos actitudes revelaría su verdadero rostro.
El despertar
A las cinco y cuarenta, el fiscal Tournade lo despierta. El indulto ha sido denegado. El anuncio debe resumir ahora en unas pocas palabras lo que las gestiones judiciales habían prolongado durante semanas.
Basset asegura que tendrá el valor que de él se espera. Desea entrevistarse con el capellán, el abate Philibert. Según el diario, ya se había confesado la víspera; la conversación es breve, y le suceden la misa y la comunión. Los ritos religiosos y las disposiciones materiales se encadenan en torno al mismo hombre, cada cual con sus objetos, sus fórmulas y su rigor inexorable.
Se le prepara para la partida. Pide de beber; el sacerdote le ofrece ron. Consigue también un cigarro. Estos pormenores, tan insignificantes en una vida corriente, cobran un relieve desmedido en las crónicas de ejecuciones. Sirven para calibrar una supuesta entereza, una flaqueza o una presunta indiferencia. Se invita al lector a interpretar el modo en que un reo bebe a falta de poder escuchar lo que calla.
Podemos ceñirnos a lo que describe la crónica. Basset bebe, fuma y, a continuación, se presenta tambaleante. La serenidad de la que se hablaba no le ha evitado la necesidad de apoyarse en otros para sostenerse en pie.
Un coche a través de la ciudad
Son las seis y dos minutos cuando se produce la partida desde la calle Saint-Pierre. El capellán toma asiento junto al condenado. El carruaje enfila la carretera de Les Chantiers y avanza lentamente entre las precauciones de la escolta y la presencia de aquellos que se han desplazado para atisbarlo.
Comienza a clarear el día. Basset aún sostiene su cigarro; el sacerdote le habla. El relato menciona un poco de vino ofrecido durante el trayecto. Afuera, la ciudad gana visibilidad a medida que el espacio reservado al condenado mengua sin remedio. En unos minutos, las luces, los caballos y los uniformes que componen esta marcha no servirán ya más que para despejar el lugar exacto donde debe detenerse.
En el Pont-Colbert, hombres y mujeres aguardan tras las filas de las tropas. Basset besa al capellán y el crucifijo que este le presenta. La ejecución se consuma a las seis y treinta y tres. Su cuerpo es conducido a continuación al cementerio de Les Gonards, en la fosa reservada a los ajusticiados.
El periódico está en condiciones de consignar el minuto exacto. Pone punto final a su relato con la sequedad de un atestado, tras las dilatadas horas en que la muchedumbre había pugnado por encontrar su sitio. Quienes acudieron a presenciarlo podrán contar ahora que lo vieron. Su fatiga hallará consuelo en un desayuno, una conversación, tal vez en otra ocasión de comparar sus recuerdos.
El nombre que quedó atrás
Lo que estremece, al releer esta página, es la profusión de detalles preservados sobre la muerte del asesino. Se conocen sus cartas, sus bebidas, su cigarro, los horarios del montaje del cadalso y los del trayecto hacia él. La prensa siguió el acontecimiento hasta su último suspiro, atenta únicamente a lo que el espectáculo ofrecía a la vista.
En el caso de Louise, es necesario retroceder en el tiempo, abandonar Versalles y desandar el camino de aquel recado de verano. Nuestra documentación no nos devuelve su voz; sería indecente inventarla con el fin de suscitar una mayor conmoción. Sin embargo, podemos negarnos a que su nombre se disuelva en el titular consagrado a Basset. La última noche reunió a una ciudad entera alrededor de un hombre que iba a morir. El drama había comenzado con una niña a la que alguien todavía aguardaba.
