Foulard pidió al verdugo que lo abrazara. El joven dio un paso atrás. No estaba acostumbrado a que un condenado le tendiese de tal modo la última brizna de libertad que le restaba; sobre todo, no había hecho morir a nadie todavía. En el relato de los Sanson, los ayudantes percibieron el peligro antes que su flamante maestro. Sujetaron al prisionero, lo condujeron a las gradas y consumaron la ejecución sin esperar la señal. Quien debía mandar se halló reducido a mero espectador de su propio estreno en el oficio.
El condenado respondía al nombre de Pierre Charles Rodolphe Foulard. Apenas contaba veinte años y servía en los cazadores de la guardia real, de guarnición en Versalles. Dos mujeres habían sido ultimadas a cambio de un reloj y unos pendientes. Aquella desproporción confería al asunto su brutalidad originaria: vidas segadas y, por parte del ladrón, unos pocos objetos que cabían en la palma de una mano. El uniforme exacerbaba el escándalo. El hombre provisto de armas para custodiar el orden había empleado su fuerza en despojar a quienes debió preservar de todo daño.
Una copla de febrero de 1819, recopilada más tarde por Du Mersan, conservaba los apellidos Vignot y Champoudry. Hacía hablar al homicida en primera persona y refería que un niño había descubierto el crimen. Luego lo presentaba ante el alcalde de Châtillon, donde él lo negaba todo. La tonada no reproducía un sumario judicial; brindaba al vulgo un relato sucinto, fácil de memorizar, donde el reo no tardaba en confesar lo que en un principio había rechazado. Las dos muertas ingresaban en la memoria colectiva a golpe de rima, antes de que el cuadro final erigiese al ajusticiado en el protagonista indiscutible.
El 13 de enero de 1819, la audiencia de lo criminal del Sena dictó la pena capital. La relación de los Sanson precisa que los jurados descartaron la premeditación; tal apreciación no impidió la condena a muerte por los hechos probados. Restaban el recurso de casación y la esperanza de un indulto. El primero debía ajustarse a la regla del derecho; la segunda pendía de la voluntad soberana. Para un muchacho de semejante edad, cada aplazamiento podía revestir aún la apariencia de un comienzo. En el bando del verdugo, por el contrario, cada jornada que transcurría aproximaba una obligación que se antojaba ardua de cumplir.
El padre Sanson se hallaba enfermo. Desde hacía tiempo, su hijo sabía que le tocaría sucederlo, pero tal certidumbre constituía todavía una previsión doméstica, un horizonte cuya plena realidad podía dilatarse. Se había desposado; vivía junto a una joven mujer, al abrigo del hogar de un padre y una madre consagrados a hacerle llevadera una condición hereditaria. Había asistido a diversas ejecuciones. No había asumido jamás, enteramente a solas, la que estaba a punto de oficiarse.
La noticia de la desestimación del recurso llegó en febrero. El martes 16, la orden judicial fijó el suplicio para el día siguiente. Habría sido menester convocar a un colega de provincias; el tiempo escaseaba y la presencia filial convertía semejante expediente en una deshonra embarazosa. El padre, apenas convaleciente, pretendía levantarse del lecho. El hijo ocupó su lugar. Las memorias otorgan a esta determinación el cariz de un sacrificio filial: salvar a su progenitor de un esfuerzo funesto demandaba consumar la faena cuya inminencia tanto había temido hasta entonces.
El aprendizaje se resolvió en la práctica. Correspondía transmitir las órdenes al carpintero, cerciorarse del ensamblaje, conocer al dedillo la función de los ayudantes. El padre encomendó en particular a dos peones veteranos; debían sostener a su joven maestro tanto como acatarlo. La mecánica del patíbulo se sustentaba así en una organización humana apta para suplir la bisoñez de quien figuraba a su cabeza. La seguridad que le infundían carecía de vaguedad: apenas tendría que ejecutar unos pocos ademanes. Mas aquella parsimonia de gestos no mermaba en absoluto su trascendencia.
Al amanecer, el carruaje trasladó a la comitiva hacia la Conciergerie. El joven Sanson recordará haber adoptado un tono imperativo frente a los carceleros, creyendo adivinar desprecio en sus miradas. Recurría a una fingida autoridad para enmascarar su zozobra. Foulard compareció acompañado por el abate Montès. La mocedad del reo conmovió a quien debía entregarlo a la guillotina: apenas lo aventajaba en un año de edad. En aquel instante, la distancia que mediaba entre sus respectivas condiciones no radicaba en el vigor del cuerpo ni en la esperanza de vida, sino en un fallo judicial y en un oficio.
El ayudante Fauconnier acomodó a Foulard y asumió la preparación del reo. El sentenciado, anonadado hasta ese momento, se dejó conducir. En la carreta, el clérigo permaneció a su lado; el novel ejecutor tomó asiento junto a sus peones. Las memorias describen esta disposición como una muestra de miramiento: consentir que el hombre pereciera junto a quien todavía podía dirigirle la palabra sin impartirle mandato alguno. Montès, con todo, cruzó también unas frases con Sanson. En el mismo carromato, dos hombres precisaban amparo moral, mas sólo uno de ellos habría de regresar.
Al transitar por los muelles, Foulard rompió su mutismo. Se encaró con los parientes congregados a su paso e imputó su perdición al desamparo en que los suyos lo habían sumido. Los Sanson refieren este reproche sin acreditar su veracidad. Cumplía, empero, un propósito inmediato: en la hora en que toda una urbe podía contemplarlo como el autor exclusivo de su desdicha, buscaba involucrar a otros en el relato de su ruina. Ya no desmentía el crimen; rehusaba cargar a solas con su fundamento.
En la plaza de Grève, distinguió a un suboficial de su propia compañía entre las tropas del dispositivo de seguridad. Lo llamó a voces. El aludido abandonó su fila y acudió a recibir su despedida. Aquel acto reanudaba por un instante un lazo que el engranaje procesal había cercenado: para alguien, Foulard seguía siendo un camarada. El abrazo no revocaba el veredicto ni restituía nada a las dos víctimas; tan sólo estorbaba que al sentenciado se le tratase como a una cosa antes de expirar.
Intentó entonces estrechar a Sanson entre sus brazos. El verdugo retrocedió despavorido y los ayudantes consumaron el procedimiento. La súplica de perdón universal, según la transmiten las memorias, había quebrado los fueros del ceremonial: dotaba de una intimidad inadmisible al vínculo entre el reo y el ejecutor. Cercenada la cabeza, los peones reanudaron los trámites preceptivos. El bisoño maestro, por su parte, huyó a la desbandada por las calles de París. Narra haber caminado a ciegas hasta Neuilly, acosado por la sensación de que todas las miradas convergían sobre él para incriminarlo.
Regresó finalmente a su hogar. Su trayectoria daba comienzo y Foulard le había legado un recuerdo que ninguna rutina profesional tornaría intrascendente. Las memorias erigieron el suceso en la crónica de un verdugo sobrecogido de espanto ante su cometido; la copla popular, en la estampa de un joven homicida expiando su culpa. Entre ambas narraciones perduran las figuras de Vignot y Champoudry, invocadas en unos pocos versos. El abrazo denegado franqueó el siglo con mayor resonancia que aquellas dos existencias truncadas por las que la plaza de Grève se había abarrotado.
