Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Policía y bajos fondos · Francia

La duda del verdugo

Papavoine asesinó a dos niños. En el juicio, la confesión no bastó para dirimir el dilema que atormentaría incluso a su ejecutor.

El verdugo había recibido la orden. A los demás les restaba el desahogo de forjarse una opinión.

El 24 de marzo de 1825, la justicia anunció a los Sanson que debían ejecutar, la tarde del día siguiente, a Louis-Auguste Papavoine. En sus memorias, entre una sucesión interminable de nombres, fechas y plazas públicas, este proceso interrumpe la monotonía del registro. El relato se demora. El hombre encargado de poner fin al procedimiento experimenta la necesidad de volver sobre lo que lo originó; y pronto se advierte que no escribe tan solo para consignar de qué modo pereció el reo.

Pretendía comprender por qué se había resuelto que debía morir.

Un encuentro sin pasado

Pocos meses antes, el 10 de octubre de 1824, dos niños habían sido asesinados en el bosque de Vincennes ante los ojos de su madre. Tenían cinco y seis años. Su agresor, un comerciante de paños de unos cuarenta años, se apellidaba Papavoine. Los niños pertenecían a la familia Gerbod. Entre aquel hombre y esa familia, la instrucción judicial fue incapaz de descubrir el menor vínculo que prestase al crimen una explicación verosímil.

He aquí una dificultad aterradora. Quien hiere a su enemigo deja tras de sí una querella; quien roba puede abandonar un rastro de dinero. En este caso, se buscaba un pasado compartido y solo se hallaba un encuentro fortuito. El expediente lograba determinar quién había matado, pero no iluminaba lo acontecido en la mente del culpable.

Para la madre, semejante ausencia de móvil nada atenuaba. Dos criaturas yacían muertas durante un paseo dominical, y cualquier interpretación ulterior dejaría intacto aquel estrago primordial. Mas para quienes debían juzgar, abría un interrogante que la unánime indignación no bastaba para zanjar. ¿Debía considerarse lo inexplicable como el indicio de una perversidad más abyecta, o como el síntoma de una razón trastornada?

La crónica de los Sanson sostiene que una investigación minuciosa y prolija no arrojó trato alguno entre las víctimas y el recluso. En las páginas consagradas al lance, no se nos detallan pormenorizadamente las pesquisas. Guardémonos de introducir en ellas a un pesquisa providencial, una confidencia de taberna o un objeto olvidado al pie de un árbol. El vacío que perdura en el relato no es una laguna que nos competa colmar: constituye el núcleo mismo del proceso.

Lo que podía confesar

Papavoine compareció ante el tribunal de lo criminal del Sena. A tenor de las memorias, intentó negar al principio, para luego admitir los hechos. Tal confesión pudo haber simplificado el litigio: el homicida dejaba de disputar su acto a la acusación. Con todo, lo embrolló todavía más, pues quien reconocía haber matado aseguraba haber obrado presa de la fiebre y el delirio.

Cabía entender este descargo de dos modos irreconciliables. Para el ministerio público, podía constituir una estratagema tardía, esgrimida cuando la negativa devenía insostenible. Para la defensa, brindaba al fin cabida a la naturaleza incomprensible del acto criminal. Una misma frase mutaba de valor según la fe que mereciese quien la profería.

El letrado Paillet asumió la defensa de Papavoine. La narración de los Sanson sugiere cierta relación con su familia y realza la elocuencia forense del abogado. No conviene transformar este elogio retrospectivo en una causa perdida de antemano frente a una certeza que juzgásemos indiscutible hoy día. Carecemos aquí de un examen clínico que faculte, dos siglos más tarde, a diagnosticar al acusado. Sabemos, en cambio, qué principios ponía en juego su defensa: la posibilidad de que el autor material de una muerte no fuese penalmente responsable de sus actos en las condiciones ordinarias del fuero común.

Aquello forzaba a los jurados a contemplar algo más que el mero estrago. Y el estrago poseía una fuerza formidable: dos niños muertos y una madre desgarrada. Exigir que se escrutara la conciencia de quien los había segado podía antojarse una intolerable mudanza de compasión hacia el causante del dolor. Se trataba, sin embargo, de una cuestión de estricta justicia, no de una imposible resurrección de las víctimas.

La sentencia y su sombra

El 26 de febrero de 1825, Papavoine fue condenado a la pena capital. Los jurados declararon probado el libre albedrío y apreciaron la premeditación.

Este último extremo subleva de modo particular al memorialista. ¿Cómo compaginar —se interroga en sustancia— una resolución deliberada con la ausencia absoluta de nexos entre el agresor y los niños que se cruzaron en su camino? Su duda exterioriza una íntima disconformidad; no demuestra, por sí sola, que sea inviable premeditar un daño contra desconocidos. Pero patentiza la quiebra que persistió tras el debate judicial. El veredicto había fijado una calificación jurídica. No había disipado los escrúpulos de cuantos interpretaban aquel mismo crimen bajo otra luz.

La familia de Papavoine impetró la clemencia de la Corona. El recurso fracasó; la petición de gracia corrió idéntica suerte. Mientras los ruegos se extinguían, el reo aguardaba entre rejas. Llegó entonces la orden del 24 de marzo, investida de una certidumbre tajante de la que habían carecido las vistas: al día siguiente, en las horas de la tarde.

A los albaceas de la ley ya no les correspondía sopesar hipótesis. Una hora precisa debía trocarse en fatal desenlace.

El trayecto más breve

En las memorias de los Sanson, Papavoine transita por sus postrimerías sumido en una apatía que desconcierta. Una vez más, la mirada del testigo no equivale al discernimiento de las almas. Lo que el verdugo tomó por indiferencia podría recibir múltiples nombres; bástenos registrar la actitud consignada, sin dirimir a distancia su íntimo significado.

Solo el abate Montès parece acaparar la atención del ajusticiado. En el trayecto, Papavoine pregunta en dos ocasiones si resta mucho camino. El traqueteo del carro, que aproxima cada segundo a su término, suscita esa interpelación casi banal: ¿cuánto falta aún? Cuestión harto más turbadora que cualquier arenga calculada para el cadalso.

Al llegar, siempre con arreglo a estas memorias publicadas largo tiempo después de los hechos, Papavoine alude a las criaturas ante el sacerdote. Ya no invoca la locura meramente como atenuante de su propia desdicha; formula un amargo remordimiento por su muerte. El texto adjudica a aquel diálogo una nitidez que no podemos corroborar con fuentes ajenas. Su alcance reside menos en la certeza literal de cada palabra que en la elección del narrador: sitúa a las víctimas en la mente del condenado antes de la última plegaria.

Papavoine fue guillotinado el 25 de marzo de 1825.

El libro de ejecuciones podía reanudarse. Vendrían otros nombres, nuevos decretos y distintas partidas. Con todo, los Sanson no dan carpetazo a este sumario como a los anteriores. El memorialista recapitula los persistentes desacuerdos sobre la enajenación mental, recuerda otros procesos y fallos más clementes. Toma partido, con toda la vehemencia de una memoria erigida en alegato.

Y su conclusión trastoca los papeles. De cuantas funciones se repartieron aquella jornada, la que el vulgo juzgaba más atroz no era, a sus ojos, la más abrumadora. Prefería haber sido el verdugo que cercenó la vida de Papavoine antes que uno de los magistrados que decretaron su muerte.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La última orden

Una novela corta seguiría los pasos de un ayudante del verdugo que descubre, en vísperas del cadalso, los escrúpulos íntimos que su maestro no puede interponer frente al mandato de la ley.

Cargando votos…

novela

El paseo interrumpido

Una novela recrearía los destinos cruzados de una familia enlutada, un letrado y un médico en torno a un homicidio de hechos incontrovertibles pero de responsabilidad penal disputada.

Cargando votos…

trilogía

Los hombres a quienes juzgamos

Tres generaciones de una estirpe de abogados defensores recorrerían las mutaciones de la responsabilidad criminal, desde la demencia alegada en estrados hasta las primeras periciales forenses contradictorias.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto se fundamenta en las Memoirs of the Sansons, edición inglesa de 1876, tomo II, págs. 265–267, revisadas íntegramente para este caso. Estas memorias retrospectivas abogan por la tesis de la irresponsabilidad penal y recrean unas últimas palabras no cotejadas con fuentes independientes. Su objeción a la premeditación se presenta como una opinión y no como una prueba concluyente. La fecha del crimen (10 de octubre de 1824) y el apellido Gerbod constan en los registros de Criminocorpus. No se aventura ningún diagnóstico clínico retrospectivo. Ejecución: 25 de marzo de 1825.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete