El parlamento había autorizado la cacería de una criatura a la que llamaba hombre lobo. Se permitía a los vecinos reunirse con picas, alabardas, arcabuces y bastones, perseguirla, prenderla y darle muerte sin incurrir en las penas asociadas a los delitos de caza. Los niños que desaparecían en los contornos de Dole habían introducido, por tanto, a un monstruo en el vocabulario de la justicia. Antes incluso de que hombre alguno fuese arrestado, la autoridad ya había otorgado un nombre al espanto.
Este bando del 13 de septiembre de 1573 aparece reproducido por Sabine Baring-Gould en su temprano estudio sobre los licántropos. El texto alude a encuentros inquietantes, niños arrebatados, jinetes asaltados. Los caminos, los bosques y las aldeas pasan a ser fragmentos de una geografía bajo asedio. No se trata del bosque de las fábulas, emplazado a una distancia prudencial de la vida: es la espesura que es forzoso cruzar para regresar al hogar.
Cerca de Amange vivía Gilles Garnier, natural de Lyon, junto a su esposa Apolline. Su morada recibía el nombre de ermita de Saint-Bonnot. El aislamiento de aquel paraje brindaría a los cronistas una materia inagotable: Baring-Gould haría de él un tugurio miserable y atribuiría a su morador una fisonomía en la que cada rasgo parecía anticipar el crimen. Sin embargo, los cargos no habrían de sustentarse únicamente en una barba o en unas cejas pobladas. Adoptarían la forma de una sucesión de agresiones contra la infancia, vinculadas a lugares concretos y a las festividades del calendario.
En la versión consignada por este autor, unos campesinos oyen los gritos de una niña y corren en su auxilio. La criatura que la ataca emprende la huida. La oscuridad impide distinguirla con certeza; unos han visto a un lobo, otros creen reconocer a Garnier. Esta discordancia en la mirada señala el umbral del proceso. Una misma fuga arrastra a una bestia para un testigo y a un vecino para otro. Bastará con que ambas imágenes confluyan para que un hombre resulte sospechoso de mudar de naturaleza.
Desaparece otro muchacho. Garnier es prendido y conducido a Dole. La reseña arqueológica consagrada a Saint-Bonnot sitúa su detención en diciembre de 1573. El bosque ha dejado de ampararlo: el reo debe responder ante un tribunal que ya cuenta con el término preciso para enlazar al ser humano con los ataques de fieras. En el texto de la sentencia transmitido por publicaciones antiguas, el procurador general Henri Camus persigue homicidios. Garnier, encerrado en la conserjería, deviene el eje al que habrán de remitirse todas las escenas del horror.
La primera inculpación del legajo se remonta a las jornadas posteriores a San Miguel. Una niña de unos diez a doce años habría sido apresada en un viñedo próximo al bosque de la Serre, no lejos de Dole. El fallo atribuye su muerte a Garnier y le imputa actos de canibalismo. Va más lejos aún: una porción habría sido llevada a Apolline, a su morada. El nombre de la esposa penetra así en la atrocidad del relato judicial, sin que la copia de la sentencia permita escuchar su propio testimonio.
La segunda escena se sitúa tras el día de Todos los Santos. Otra joven víctima habría sufrido un ataque, interrumpido por la llegada providencial de tres personas. En esta ocasión, la presencia de seres vivos sobrevino antes de que el agresor consumara cuanto se le atribuía. Su intervención constituye un suceso aparte, no confundible con las desapariciones. En la urdimbre acusatoria, sirve empero al mismo designio: aquel que huye pasa a ser aquel a quien se cree haber vislumbrado, y luego aquel que habría perpetrado los demás crímenes.
Un tercer menor, de unos diez años, habría sido asesinado en una viña de Grédisans. Los escenarios se multiplican, pero el tribunal los refunde bajo un solo nombre. Recoge las confesiones de Garnier, presentadas como reiteradas. Sus palabras no nos llegan a modo de un testimonio conservado al natural: comparecen ya puestas en orden por el fallo, alineadas entre los motivos que deben justificar la pena capital. El prisionero habla a través de la voz de quienes lo condenan. A los ademanes humanos, el acta añade sin vacilar la apariencia animal: las manos se describen como garras y el homicida como un hombre trocado en lobo. La metamorfosis no es un inciso supersticioso en un expediente por lo demás prudente. Forma parte consustancial del sistema que pretende desentrañar los hechos.
La última acusación remite a una fecha anterior, previa a San Bartolomé. Un muchacho de cerca de trece años habría sido capturado bajo un peral, en las inmediaciones del bosque de Perrouse. Varios lugareños habrían llegado demasiado tarde para salvarlo. En esta ocasión, precisa la sentencia, Garnier conservaba la forma humana. Tal divergencia hubiera podido quebrar la imagen monolítica del engendro; sin embargo, queda absorbida por ella. Hombre aquí, lobo allá, el mismo reo responde de todo. La excepción no desbarata la creencia: se convierte en una facultad más del culpable.
La sentencia manda que sea arrastrado sobre un zarzo desde la cárcel hasta el lugar del suplicio, y allí quemado vivo. Las costas procesales quedan a su cargo. Tras los crímenes extraordinarios sobreviene esta mención rigurosamente ordinaria de los gastos, cual si la contabilidad clausurase con sobriedad aquello que la fantasía había desatado. Garnier fue entregado a las llamas. La cronología adoptada por el estudio arqueológico fija este desenlace el 18 de enero de 1574; varias copias antiguas consignan otro año.
La hoguera ponía término al proceso, mas volvía casi imposible desmontar en adelante la figura urdida en torno al ajusticiado. A las víctimas privadas de voz replicaba en lo sucesivo un reo reducido a sus confesiones consignadas. El hombre lobo podía proseguir su andadura en los libros. Ya en el siglo XIX, Baring-Gould afirmaba reconocer en Garnier a un enfermo convencido de su propia transmutación. El veredicto de brujería cedía el paso a una explicación médica retrospectiva, aseverada con una seguridad que las actas transmitidas no autorizan a compartir.
En Saint-Bonnot, mucho tiempo después, las excavaciones hallaron algo muy distinto a una silueta de leyenda. Bajo las zarzas fueron emergiendo muros y, con ellos, restos de vajilla: ollas de cocina, escudillas, vasijas de almacenamiento, fragmentos de vidrio. Los enseres examinados correspondían a una ocupación de la segunda mitad del siglo XVI; la atribución de tales vestigios al matrimonio no pasaba de ser una hipótesis, jamás una identificación irrefutable. La probable morada de Garnier guardaba los útiles de una existencia doméstica. Ningún tiesto narraba las atrocidades ni acreditaba mudanza alguna de naturaleza.
Subsisten, pues, dos órdenes de realidades que el fuego no logró hermanar: las acusaciones de infanticidio y la certidumbre con que los magistrados les confirieron una causa sobrenatural. El nombre de Garnier las mantiene todavía unidas. Se puede despojar al lobo de su aura tenebrosa y privar al retrato del ermitaño de sus sombras complacientes; mas ello no restituirá la infancia a las víctimas consignadas en el fallo. Y tampoco transmutará una condena en la prueba concluyente de todo cuanto asevera.
