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Policía y bajos fondos · Francia

El muchacho vivía en el otro periódico

Una habitación cerrada, una huida y un suplicio público: la prensa narra el caso Paschal con aplomo, pero discrepa sobre el destino del menor agredido.

El muchacho estaba vivo en un periódico y muerto en el otro. Entre aquellas dos noticias llegadas de París, no tenía nombre ni familia; tenía tan solo catorce años y el oficio de llevar recados. Las gacetas inglesas se ponían mucho mejor de acuerdo sobre la suerte de su agresor: Jacques François Paschal había sido ejecutado en la plaza de Grève. Para narrar la muerte del reo hallaban horas precisas, ropajes, carruajes. Para reencontrar al niño, nos es preciso avanzar entre sus contradicciones.

El caso comenzó tras una puerta que se hizo franquear a un joven mensajero. El 3 de octubre de 1783, según el texto de la sentencia traducido en el Gazetteer, Paschal lo atrajo a su aposento. Otro periódico, el Derby Mercury, sitúa al muchacho en la esquina de la rue Poissonnière, donde aguardaba encargos, para luego conducirlo a un convento de Montmartre. Estas precisiones no gozan de la misma autoridad que un testimonio original preservado; pertenecen al relato que un viajero pretendía traer consigo tras su estancia parisina.

La puerta cerrada

En esta última versión, el religioso se habría valido del pretexto de la confesión para aislar al niño. El lugar y el hábito debían de infundir confianza a quien una proposición hecha en plena calle acaso hubiera puesto sobre aviso. Nada, no obstante, en los documentos consultados, nos autoriza a saber qué pensó el muchacho al entrar. Sabemos tan solo lo que los relatos posteriores le atribuyen: se resistió a la agresión sexual y Paschal le asestó varias puñaladas.

El Derby Mercury prosigue la historia tras una puerta atrancada. El religioso no comparece en vísperas; su ausencia mueve al superior a enviar a alguien a su celda. Llaman sin obtener respuesta. Se da la orden de forzar la entrada. El muchacho es hallado gravemente herido y el hombre a quien buscaban ya no está allí. Una ausencia ordinaria en un oficio deviene así, en la narración del diario, el medio para descubrir un crimen que su autor había intentado dejar bajo llave.

Llegan los socorros. Siempre según esta relación, el niño habría logrado señalar a su agresor antes de expirar. La policía envía agentes en su busca; Paschal sería apresado al día siguiente en el bosque de Saint-Germain, con ropas de campesino, y conducido después al Grand Châtelet. Este periplo otorga a la persecución la nitidez de una historia cabal: un hallazgo, una palabra, una fuga, una captura. Es con exactitud esa nitidez la que los demás impresos obligan a examinar.

El Gazetteer, en efecto, anuncia que el niño no ha muerto.

Lo que la sentencia obligaba a decir

Su noticia del 21 de octubre destaca por un extenso pasaje presentado como la traducción del fallo judicial francés. Consigna el nombre completo de Paschal, la fecha del crimen, la edad y el oficio del mozo. Describe una tentativa de asesinato tras la resistencia de este. No se trata meramente de una divergencia de léxico entre dos gacetilleros: la supervivencia de la víctima transforma el desenlace del crimen, aun cuando no impidiera la condena capital de su ejecutor.

El texto ordena una retractación pública ante la puerta principal de Notre-Dame. Paschal debe ser llevado allí en carreta, en camisa, descalzo y con la cabeza descubierta, una antorcha en la mano y una soga al cuello. Sendos cartelones exhibirán los cargos de sus crímenes. El tribunal dispone aquello que la muchedumbre debe presenciar antes incluso de que arribe el condenado; su propia persona pasa a ser el soporte itinerante de una sentencia.

Ha de hablar también. De rodillas, con voz inteligible, habrá de reconocer los hechos prescritos y demandar perdón a Dios, al rey y a la justicia. Esta declaración pública no puede leerse a modo de confidencia entregada libremente a la posteridad. El fallo compuso sus palabras y prescribió su cumplimiento. En el atrio del templo, el reo no solo debe padecer la resolución: debe pronunciarla contra sí mismo.

El lenguaje de aquella justicia entremezcla la represión de actos sexuales entonces castigados como tales con la de las violencias ejercidas contra un menor. No perpetuaremos semejante confusión. Lo que incorpora esta causa a nuestras páginas es una agresión y los golpes que le sucedieron. La existencia de relaciones consentidas entre adultos no podría prestar explicación ni disculpa alguna a tal violencia.

Siete días o veinte días

Tras Notre-Dame sobreviene la plaza de Grève. La pena estipula la rueda y luego el fuego. El repertorio jurídico de Guyot, citado por una reciente investigación universitaria, conserva la fecha del 10 de octubre de 1783 y asocia ambas condenas. Ofrece un asidero más riguroso que la crónica aparatosa de los viajeros; no restituye, empero, el conjunto de los interrogatorios, las pruebas y los debates que antecedieron a la sentencia.

Los despachos ingleses refieren igualmente que Paschal fue ajusticiado el día 10. Mas el Derby Mercury, al tiempo que hace suya dicha fecha, asegura que se aguardó veinte días a fin de reunir a los verdugos llegados de provincias. Habiendo tenido lugar la agresión el 3 de octubre, esos veinte días no caben en la semana subsiguiente. La seguridad con la que un corresponsal enmienda la plana a sus colegas no basta, pues, para hacer viable su propia cronología.

El Caledonian Mercury sugiere otro ritmo bien distinto: un proceso incoado por la tarde y una ejecución dos horas después. Tampoco permite reconstruir con certeza todas las fases de la causa. Dejaremos tales cómputos a los periódicos que los afirman. Lo que persiste común a todas las relaciones es la publicidad del suplicio y su desenlace: Paschal no salió con vida de la plaza de Grève.

Aquel a quien miraba el gentío

A la hora de retratar al verdugo, los corresponsales se vuelven pródigos. Le atribuyen una carroza elegante, escarlata y oros, criados con librea; uno de ellos llega a emplear el apelativo inglés de Jack Ketch para designar al verdugo de París. Dicho pormenor recuerda a quién va dirigido el espectáculo de la imprenta. Es preciso tornar la escena foránea lo bastante reconocible para vendérsela a lectores que jamás estuvieron allí.

La descripción del sentenciado sigue idéntica pauta. Se da cuenta de su porte, de sus ruegos, de sus alaridos. No precisamos prolongar su exposición para discernir lo que la justicia se proponía consumar: pretendía hacer del castigo un acontecimiento visible y del cuerpo martirizado una respuesta al espanto del crimen. Las gacetas trasladaron aquella respuesta mucho más allá de quienes hubieran podido congregarse en la plaza.

Entretanto, el muchacho permanecía en la orilla del relato. En una versión, sus postreras palabras habían propiciado la captura; en la otra, sobrevivía a sus heridas. Ninguna de las crónicas consultadas permite seguirle la pista después. Atribuirle un restablecimiento, una muerte irremediable o una familia recuperada no colmaría la causa: supondría anteponer nuestro anhelo de desenlace a lo que ignoramos.

Paschal contaba con un nombre en la sentencia y en las hojas volanderas. El niño había transportado los recados ajenos; cuando se convirtió a su vez en objeto de una noticia, los mensajeros no se pusieron de acuerdo sobre su suerte. Es ahí donde concluye este caso, tras la condena y el ajusticiamiento del agresor, frente a una incógnita que el escarmiento no resolvió: ¿quién continuó cuidando del muchacho?

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La puerta de vísperas

Una novela corta imaginaría a un joven fraile comisionado para buscar a un ausente: abrir una puerta saca a la luz un crimen que su comunidad se verá obligada a divulgar.

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El muchacho sin noticias

Una novela partiría de una supervivencia hipotética, expresamente inventada: un niño herido procura rehacer su vida mientras los periódicos proclaman su muerte.

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Los nombres perdidos

Tres novelas seguirían el rastro de una estirpe de mensajeros: el niño testigo, el portador de despachos revolucionarios y la periodista que confronta las versiones preservadas de su historia.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra de los tres artículos de 1783 transcritos por Rictor Norton: Gazetteer and New Daily Advertiser (21 de octubre), Caledonian Mercury (29 de octubre), Derby Mercury (30 de octubre–6 de noviembre). Los dos últimos afirman contar con testigos de la ejecución; sus precisiones no se consideran contrastadas de manera independiente. El Gazetteer ofrece una traducción de la sentencia y da noticia de la supervivencia del menor; el Derby narra su muerte, una huida y una captura, al tiempo que introduce un intervalo de veinte días incompatible con las fechas del 3 y del 10 de octubre. Las investigaciones de Chloé Blanchard, páginas 160 y 165, citan el repertorio de Guyot a propósito de la sentencia del 10 de octubre de 1783. No se han consultado las actuaciones judiciales ni la edición original de Guyot. No se formula relato categórico alguno sobre el destino posterior del muchacho agredido. La agresión sexual a un menor no se confunde con relaciones consentidas entre adultos.

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