El administrador de correos se había negado a entregar el dinero. Ante él, en Guebwiller, un joven se había presentado bajo el nombre de Jean Kinck; pero la edad no encajaba. Entonces, el visitante afirmó ser el hijo de Jean Kinck. Exhibió un poder notarial, insistió, rebatió las formalidades del trámite. Una parienta llamada a la estafeta lo desmintió: aquel muchacho no era quien pretendía ser. El funcionario se mantuvo firme. Los 5500 francos permanecieron en la oficina postal.
El individuo se llamaba Jean-Baptiste Troppmann. Tras los documentos que esgrimía yacía ya un cadáver. Otros habrían de seguirle, pues el dinero reclamado no podía obtenerse sin urdir nuevos engaños, y cada una de aquellas mentiras atraía hacia él a un miembro de la misma familia. El caso que con el tiempo pasaría a la historia como la matanza de Pantin había comenzado muy lejos de la llanura parisina, en la estrecha relación de confianza forjada entre dos mecánicos alsacianos.
El primer ausente
Troppmann había conocido a los Kinck en Roubaix, adonde se había trasladado para ocuparse de una labor en las máquinas. Jean Kinck vivía allí junto a su esposa Hortense y sus seis hijos. Mantenía asimismo fuertes vínculos en Alsacia y se interesaba por diversos negocios en su tierra natal. El joven mecánico supo cultivar aquella cercanía. En agosto de 1869, un viaje los llevó hacia Soultz y Wattwiller. Jean Kinck se despidió de su familia anunciando una corta ausencia. Se le vio en compañía de Troppmann; después, nadie volvió a verle jamás.
A Roubaix, sin embargo, llegaron noticias. Una caligrafía extraña sustituía a la del esposo. Según explicaban las misivas, una herida en la mano le impedía empuñar la pluma; su compañero redactaba en su lugar. El relato de boyantes negocios acompañaba a continuas peticiones de fondos. Hortense ordenó retirar los 5500 francos y los remitió a Alsacia, convencida de auxiliar a su marido. Troppmann, que se había apoderado de sus documentos de identidad, pretendió cobrar el giro a su nombre.
La negativa del funcionario truncó sus planes. Troppmann regresó por tanto a Roubaix e ideó una salida: Gustave, el primogénito, emprendería el viaje provisto de los poderes notariales requeridos. El padre, aseguraba, se encontraba en ese momento en París, retenido por negocios de gran envergadura, y la familia entera debía reunirse pronto con él. Se hablaba de fortunas con esa precisión tranquilizadora que otorga a las ilusiones la certeza minuciosa de un itinerario ferroviario.
Hortense, no obstante, sentía zozobra ante aquellas cartas que su marido ya no trazaba de su propio puño. Su segundo hijo escribió en su nombre demandando explicaciones. Una respuesta reiteró el pretexto de la mano lastimada y aseguró que todo marchaba a la perfección. Aquellas cuartillas no eran meros accesorios del delito: dirigían a las víctimas, marcaban las salidas, demoraban una llegada o imponían un tren nocturno. La voz de un padre ausente continuaba gobernando el hogar porque otro hombre se había adueñado de su firma.
Gustave, y después los demás
Gustave tampoco consiguió hacerse con los fondos: faltaba aún un requisito formal en la procuración. El muchacho terminó marchando a París. Troppmann lo aguardó allí, lo alojó en el hotel y le hizo escribir una breve nota a su madre. El adolescente confirmaba su llegada y detallaba el viaje que los suyos debían emprender de inmediato. Para Hortense, aquel billete poseía una fuerza de convicción de la que carecían las cartas sospechosas: procedía, sin duda alguna, de su hijo.
Gustave salió acompañado por Troppmann. Al día siguiente, su acompañante reapareció solo. La investigación no tardaría en localizar a los comerciantes a quienes este había comprado herramientas, así como las pertenencias de Gustave caídas en sus manos. El joven había sido degollado y enterrado en la llanura de Pantin. Entretanto, en Roubaix, la familia concluía los preparativos para reunirse con ellos.
El 19 de septiembre, Hortense desembarcó en París con sus otros cinco hijos. Habiéndose adelantado al horario previsto, se encaminó al hotel donde supuestamente se hospedaba su marido, pero nadie pudo darle razón de él. Prefirió regresar a la estación, confiando en hallarlo allí. Más tarde, un cochero de punto llamado Bardot condujo a la madre, a los pequeños y a Troppmann hacia el paraje de Quatre-Chemins. Viajaban confiados: el hombre que los guiaba no era para ellos un desconocido abordado al azar en un andén.
Al detenerse el carruaje, Troppmann apartó en primer lugar a Hortense y a los dos vástagos más pequeños. Los otros tres aguardaron junto al cochero. Cuando regresó, venía solo. Abonó el importe de la carrera y se llevó a los muchachos restantes. Bardot reanudó la marcha sin haber presenciado la carnicería. Su testimonio, sin embargo, permitiría reconstruir la forma en que seis personas habían sido separadas y conducidas sucesivamente a un mismo matadero.
El campo y el puerto
A la mañana siguiente, el labrador Langlois advirtió rastros inquietantes y un retal de tela que asomaba de la tierra removida. Dio la voz de alarma. Las excavaciones sacaron a la luz a una mujer y a cinco niños en el fondo de una fosa. Las señas de identidad orientaron a los investigadores hacia Roubaix; el hotel parisino aportó asimismo reconocimientos periciales. El padre y Gustave seguían en paradero desconocido. Su ausencia, antes del hallazgo de sus propios restos, llegó a exponerlos a la sospecha pública de haber masacrado a los suyos.
Troppmann había huido a El Havre con la intención de embarcar rumbo a América. Sus gestiones y la documentación que portaba despertaron suspicacias. El 23 de septiembre, mientras era conducido por un gendarme, logró zafarse y se arrojó a una de las dársenas del puerto. Un calafate, Hauguel, se zambulló tras él y lo rescató con vida. Entre sus ropas se hallaron papeles y efectos personales pertenecientes a los Kinck. En su fuga, el criminal acababa de toparse con un hombre que, ignorando aún la magnitud del horror, impidió que la causa se extinguiera en el fondo de las aguas.
Troppmann reconoció haber tomado parte en los hechos, pero señaló en principio a Jean y a Gustave como los autores principales. El posterior descubrimiento del cadáver de Gustave desbarató aquella coartada. En noviembre, nuevas confesiones indicaron el paraje exacto donde Jean Kinck había sido sepultado en Alsacia. Allí fue exhumado el cuerpo. Troppmann confesó haberlo envenenado. La cadena de ausencias coincidía ya punto por punto con la serie de asesinatos; no quedaba ningún padre prófugo en tierras americanas sobre el que sostener su defensa inicial.
Ante el tribunal de lo criminal, a finales de diciembre, el reo insistió en la existencia de cómplices de los que jamás pudo aportar identidades comprobables. El célebre abogado Charles Lachaud asumió su defensa. El sumario conjugaba las falsificaciones, las compras, las declaraciones testificales, la posesión de los bienes expoliados y las sucesivas confesiones; el jurado pronunció la pena capital. Fue guillotinado el 19 de enero de 1870 junto a la prisión de La Roquette.
La prensa había seguido las pesquisas casi día a día. Los lectores conocían los senderos, las herramientas homicidas y los rostros de los protagonistas; los grabados de cordel y las coplas populares prolongarían aquella morbosa familiaridad. La opinión pública bautizó el crimen con el apellido de Troppmann. Sin embargo, toda su funesta eficacia había descansado sobre otro nombre: el de Kinck, estampado al pie de unas cartas a las que una familia entera obedeció ciegamente para consumar su reencuentro.
