Dos relojes y un paraguas
Un reloj antiguo de grandes números romanos, otro sostenido por un cordón negro, dos broches, un camafeo, monedas de oro, billetes: el juez de instrucción de Béthune había redactado una lista. Había que hacérsela llegar a joyeros, relojeros, cambistas, a todos aquellos ante quienes un objeto pudiera reaparecer sin revelar su procedencia. Tras cada línea, tres personas asesinadas aguardaban a que algo hablara en su lugar.
La nota lleva fecha del 30 de enero de 1906. Concierne a Violaines, donde los esposos Lecocq y su hija fueron degollados en la noche del 19 al 20. Los asesinos abandonaron la vivienda con valores lo bastante diversos como para requerir el concurso de varios oficios en la pesquisa. El dinero se gasta; el oro se funde; pero un camafeo conserva un rostro y una medalla puede ostentar una inscripción. La justicia confía en estas tenaces resistencias de la materia.
Los paraguas también figuran en la relación. Uno presenta puño amarillo y pomo de metal blanco; el otro, antiguo, posee varillaje de ballena. La vecindad de semejantes objetos cotidianos con los billetes de banco otorga al robo su medida exacta: los intrusos tomaron cuanto pudieron llevarse. La casa entregada a su saqueo no era un mero cofre. Encerraba la vida menuda de aquellos a quienes acababan de matar.
Al pie de la cuartilla, otra indicación reclamaba la atención: uno de los malhechores parecía tener el pie derecho deforme. El juez consignaba dimensiones aproximadas, anunciaba eventuales datos complementarios y requería que, en caso de arresto, se le diera aviso por telégrafo. Las pesquisas progresaban así entre un reloj minuciosamente descrito y una huella todavía incierta.
El cerco se estrecha
Aquel triple asesinato formaba parte de una serie de asaltos y robos perpetrados en el norte de Francia y Bélgica. Abel Pollet, su hermano Auguste y varios cómplices integraban una cuadrilla cuyos componentes variaban según las correrías. En Locon, la agresión a los esposos Lenglemetz ya le había costado la vida al marido. Los nombres de las aldeas iban confluyendo poco a poco en un mismo sumario.
El indicio decisivo provino del círculo íntimo. Auguste Platteel refirió a la gendarmería confidencias atribuidas a su hermana Julienne, esposa de Abel. A las detenciones de mayo de 1906 siguieron las confesiones. Dos años después, veintisiete acusados comparecieron en el juicio contra la banda.
Estas pocas etapas, fijadas por las actas judiciales, encierran una labor menos deslumbrante que el hallazgo súbito de un culpable. Era preciso deslindar los hechos, calibrar las participaciones, distinguir a quien había asestado el golpe de quien había recibido un despojo. La requisitoria revela ese primer impulso: salir de la casa mortuoria, seguir el rastro de lo sustraído y llamar a testificar a quienes hubiesen podido verlo pasar.
La familia Lecocq había ofrecido una recompensa. Doscientos cincuenta francos recibiría quien aportara un informe que condujese a la captura; idéntica gratificación se destinaba al agente que la ejecutase. En esa doble promesa latían la zozobra de una familia y la incertidumbre de la instrucción. La suma estaba fijada; las identidades aún no.
Penas desiguales
En junio de 1908 se pronunciaron los veredictos. La crónica publicada por el diario Littoral los enumera con la sequedad propia de las resoluciones de audiencia. Abel y Auguste Pollet, Théophile Deroo y Vromant son condenados a muerte. Luego siguen las demás sentencias: cuatro años de prisión para uno, cinco de reclusión para otro, trabajos forzados, absoluciones.
El lector que solo buscase los cuatro nombres más célebres pasaría por alto una porción sustancial del proceso. La instrucción había agrupado a los reos; el fallo los separaba. Julienne Platteel, mujer de Abel, recibía cinco años de reclusión; Céline Pollet, de casada Leclerc, veinte años de trabajos forzados. Tres personas resultaban absueltas. Compartir una misma familia, un mismo apellido o la cercanía con un cabecilla no acarreaba, pues, mecánicamente la misma condena.
La columna del periódico continuaba más allá de las cuatro penas capitales. Para aquellos cuyos nombres desfilaban a continuación, el castigo comenzaba precisamente cuando la atención pública amenazaba con abandonarlos. Les aguardaban años de expiación vinculados a una causa que muy pronto quedaría reducida al destino de cuatro hombres.
Aquel destino dependía todavía del recurso de gracia. Los condenados permanecieron en Béthune. La espera les brindaba la posibilidad de un indulto; brindaba también a la ciudad el tiempo necesario para concebir la ejecución. En cuanto se confirmó la denegación de la clemencia, el aparato de la punición pública se puso en marcha.
Una ciudad espera la aurora
Las crónicas de enero de 1909 describen una llegada que guardaba un inquietante parecido con la de un hombre esperado para una festividad. Anatole Deibler, llegado para consumar las ejecuciones, era seguido, observado, vitoreado. Llegaban curiosos a Béthune en tropel por ferrocarril; cafés y fondas se abarrotaban. Se acarreaban escaleras y bancos con el fin de asegurarse mejor vista.
Dentro del penal, los cuatro reos debían ser notificados formalmente de que no había indulto. Fuera, la muchedumbre ya conocía el motivo del gentío. Tal disparidad confería a la noche una crueldad singular: toda una ciudad custodiaba una noticia que aún no había resonado en las celdas a las que estaba destinada.
Hubo que levantar la guillotina, acotar el recinto, contener a los mirones. Las autoridades temían desórdenes. La tropa escoltaba el paso de los condenados, cual si la justicia, tras haber decretado la muerte, debiera todavía preservar a sus reos de quienes concurrían a aplaudirla.
El 11 de enero, Deroo traspasó el umbral en primer lugar; luego Vromant, Auguste Pollet y, finalmente, Abel. Bastaron escasos minutos para las cuatro ejecuciones. Los relatos de prensa coinciden en este orden y en el clamor del público; discrepan, en cambio, al pretender consignar las últimas palabras o describir con rigor el temple de cada ajusticiado. La muerte poseía ya sus propias versiones, servidas a los lectores junto con la reseña del espectáculo.
Observadores antaño partidarios del castigo supremo se indignaron ante lo presenciado al pie del cadalso. El dilema ya no atañía únicamente a los reos. Las escaleras, los cafetines abiertos, las aclamaciones dispensadas al verdugo habían revelado otra faz del asunto: la de una sociedad que reclamaba justicia y acudía a regocijarse con su cumplimiento.
Lo que perdura en la lista
Cuando los espectadores se dispersaron, los cuatro condenados yacían muertos. La casa de Violaines no había recobrado a sus moradores ni el orden apacible de sus días. El apellido Pollet perviviría en la prensa y en los libros; los Lecocq, por su parte, permanecían también en aquella requisitoria remitida a los tratantes, donde el magistrado procuró brindar al mutismo de las cosas una oportunidad de romperse.
En ella, una medalla hacía mención a un premio. Un camafeo representaba a una mujer. Tales pormenores no explicaban los homicidios; recordaban tan solo que, con anterioridad a la causa judicial, habían existido adquisiciones, recompensas, querencias, toda una existencia que no había sido concebida para terminar foliada en un expediente. El gentío había presenciado cuatro ejecuciones. La primera nota del sumario, en cambio, había comenzado por inquirir qué faltaba a tres difuntos.
