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Policía y bajos fondos · Francia

Los clientes de Jean Dorier

Habían comprado vino para que les abrieran la puerta. La banda de los calentadores de la Drôme caería precisamente por los mismos lazos que la habían unido.

Habían comprado vino antes de regresar a matar. El pedido, concertado unos días antes, les brindaba un pretexto para ser recibidos en casa de Jean Dorier; no hacía falta forzar una puerta cuando uno se las había ingeniado para que se la abrieran de buen grado. En este asunto, la violencia no siempre irrumpía bajo la máscara de un desconocido. Podía adoptar el semblante de un cliente que volvía a recoger lo solicitado.

Los hombres a quienes se llamaría los «chauffeurs» —o calentadores— de la Drôme habían comprendido bien esta economía delictiva. Un informe obtenido en el mercado, una suma de dinero de la que alguien se jactaba, una vivienda aislada, un anciano con fama de guardar sus ahorros: bastaba luego con transformar la confidencia en una celada. El apelativo de calentadores provenía de la tortura infligida a las víctimas, a quienes arrimaban los pies al fuego para obligarlas a confesar sus escondrijos. El espanto doblegaba a cuantos habían resistido a las preguntas. Tras su partida, quedaban en las casas muebles revueltos, heridas atroces y, a veces, un cadáver que nadie hallaría hasta pasados varios días.

La casa de las dos salidas

En Romans, en la calle Pêcherie, la casa de Berruyer servía como punto de encuentro. Disponía de dos salidas, ventaja sumamente práctica para quienes preferían no dar explicaciones sobre su presencia. Urbain Liottard, Octave David, Louis Berruyer y Jean Lamarque procedían de horizontes dispares: oficios ejercidos a intervalos, estancias carcelarias en algunos casos y vínculos que se afianzaban al compás de las circunstancias.

Lamarque y David se habían conocido en la prisión de Claraval. Liottard conocía al dedillo los campos y los tráficos menores. Berruyer brindaba el lugar de reunión. Semejante asociación no requería que todos compartiesen una misma historia; exigía tan solo que coincidieran en el provecho que esperaban arrancar de la ajena. En torno a ellos se movían peristas, delatores y allegados cuyas funciones conviene no confundir.

Se escogía a las víctimas por lo que se creía saber de sus caudales. La presunción podía ser errónea. Mas no por ello los agresores resultaban menos peligrosos: cuando el botín esperado no aparecía, su crueldad no menguaba en absoluto. Habían alimentado una expectativa; y hacían pagar el desengaño a aquel a quien despojaban.

El molinero y los ahorros

Eugène Girard, molinero, solía transportar sumas de consideración. Lo asesinaron en el camino real en 1907. Otros sufrieron ataques en sus propios hogares; algunos sobrevivieron, otros perecieron. La crónica judicial enlazaría más tarde estas tropelías que la dispersión geográfica había mantenido en un principio repartidas entre diversas investigaciones.

En la vivienda de los Dorier, en abril de 1908, aquella visita so pretexto del vino culminó en la muerte del padre y de su hija Élisabeth. Los malhechores se marcharon con una suma irrisoria, sin dar jamás con el dinero que ansiaban encontrar. La desproporción entre su cálculo y el desenlace no depara consuelo alguno; revela tan solo que la existencia de dos seres humanos podía sacrificarse por una información mal comprobada.

Un cómplice, Auguste Finet, apodado Romarin, también había sido liquidado. Temían que soltara la lengua. Ocultaron su cadáver en un pozo y se sirvieron de pertenencias suyas para desviar las sospechas. La banda, por consiguiente, ya no se protegía únicamente de las víctimas y de la gendarmería; empezaba a guardarse de sus propios secuaces. Es un momento crucial: la complicidad, que parecía garantizar el secreto, engendraba ya tanto peligro como el que pretendía conjurar.

Detenidos por faltas menores

La investigación dio un vuelco a raíz de delitos de hurto y receptación. Cayeron Liottard y Berruyer, quienes no tardaron en incriminar a David por faltas que creían acaso menos comprometedoras que los homicidios. Lamarque, prevenido a tiempo, logró poner pies en polvorosa. Los hombres que habían tramado juntos sus incursiones se hallaron separados, ignorando cada cual qué testimonios habían vertido los demás.

La policía local, los jueces de instrucción y la brigada móvil de Lyon se vieron obligados a cotejar los expedientes. La novedad no radicaba en que un pesquisidor gozara de pronto de una intuición infalible; estribaba en el intercambio de datos, la correlación de escenarios y la posibilidad de examinar los mismos hechos desde múltiples ángulos. Las lindes administrativas, antaño tan convenientes para forajidos en continuo movimiento, perdían su valor de amparo.

David acabó por confesar en el otoño de 1908. Los motivos de su resolución siguieron siendo objeto de conjeturas, pero el efecto de sus palabras fue fulminante: la instrucción cobró una dimensión insospechada y aquellos casos hasta entonces fragmentarios comenzaron a urdir un mismo relato. Hubo luego que verificar, carear, exhumar restos y desandar itinerarios. La confesión no ahorraba pesquisas; las hacía por fin viables en una escala inédita.

El retorno a los hogares profanados

Las reconstrucciones judiciales devolvieron a los encausados a los mismos parajes donde habían creído no dejar rastro alguno. En esta ocasión, ya no franqueaban el umbral como clientes o caminantes. Varios hombres tomaban notas minuciosas, instaban a precisar un rincón, una trayectoria, una presencia. El paisaje cotidiano se trocaba en el proscenio de una pugna entre relatos contrapuestos.

El cadáver de Romarin fue hallado en febrero de 1909. Aquel muerto al que sus antiguos camaradas habían pretendido utilizar como señuelo regresaba al sumario ocupando otro lugar muy distinto. Su desaparición había servido de coartada a la defensa; su hallazgo contribuyó a arruinarla. Los objetos, las palabras y los lugares ya no constituían piezas inconexas, sino un haz probatorio que resultaba imposible desarticular mediante un simple desmentido.

El proceso judicial de julio de 1909 se saldó con cuatro penas capitales, una de ellas en rebeldía dictada contra Lamarque. Los cargos eran de extrema gravedad y las vistas se siguieron con encendido morbo popular. Era imperioso, no obstante, deslindar a los autores materiales de quienes solo habían orbitado a su alrededor. Una causa criminal colectiva no legitima repartir una culpa simétrica entre todos los allegados.

Tres muertes y un cuarto destino

Berruyer, David y Liottard fueron guillotinados en Valence en septiembre de 1909. El gentío, las fotografías tomadas a despecho de las prohibiciones y las crónicas sobre las últimas palabras prolongaron la curiosidad general. Las frases atribuidas a los reos variaron al albur de los periódicos; tal multiplicación de versiones ilustra tanto la avidez de espectáculo de la época como lo que de verdad llegó a pronunciarse en el cadalso.

Lamarque fue apresado al año siguiente, juzgado de nuevo y sentenciado a muerte a su vez. Su condena fue conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad. El transcurso del tiempo había separado a hombres que el veredicto inicial parecía abocar a idéntico final. Tal disparidad no restaba un ápice de gravedad a sus crímenes; venía a constatar el peso decisivo de las apelaciones, los decretos de gracia y la coyuntura política del momento.

La casa de la calle Pêcherie permaneció en pie. Bien podría buscarse en sus muros una explicación, como si dos salidas fuesen causa bastante para engendrar una partida de salteadores. No habían supuesto más que una mera ventaja logística. La raíz de la empresa criminal yacía en otra parte: vidas tasadas según la cuantía de sus caudales, vecinos desamparados y delaciones convertidas en armas mortíferas. La puerta de los Dorier se había abierto para una entrega de vino. Fue esa confianza ordinaria, antes incluso que el dinero expoliado, lo que los asesinos habían arrebatado para siempre.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El pedido de vino

Una muchacha de campo vacila antes de franquear la entrada a un cliente cuya voz reconoce demasiado tarde.

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novela

La casa de las dos salidas

Una esposa descubre que la segunda puerta de su morada sirve a expediciones delictivas cuyo espantoso precio ya no puede ignorar.

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trilogía

Los del pozo

Tres novelas siguen los pasos de un delator amenazado de muerte, un pesquisidor atrapado entre varias jurisdicciones judiciales y los hijos que heredan una vivienda marcada por el estigma del crimen.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El recorrido documental de los archivos de Valence y Romans ha servido de base para los protagonistas, los crímenes y la instrucción sumarial. El relato distingue con rigor las cuatro penas de muerte impuestas en el juicio de 1909 de las tres ejecuciones efectivas y el posterior destino penitenciario de Lamarque. Las violencias no se describen con morbo ni se atribuyen psicologías secretas ficticias.

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