El letrado defensor aún pronunciaba su alegato cuando el miedo irrumpió en la sala de vistas, revestido esta vez con la apariencia de una noticia irrefutable: varios cómplices se disponían a arrojar bombas, liberar a los encausados y prender fuego a la sede del tribunal. Nadie había visto a tales secuaces ni artefacto alguno. Mas ello no impidió que los corrillos les diesen cabida de inmediato. En diciembre de 1867, en Aix, se juzgaba una cadena de asaltos que había trocado los caminos en parajes de zozobra; el público, ya predispuesto a dar crédito a cualquier exceso, prestaba de pronto a los forajidos unos medios en los que estos tal vez jamás hubieran soñado. La Gazette des tribunaux se apresuró a desmentir el rumor. Conviene, empero, que el detalle figure en los anales del caso: en medio de las violencias efectivas, el espanto continuaba labrando sus propios testimonios.
Eran doce los hombres sentados en el banquillo. El ministerio fiscal los agrupaba bajo la socorrida etiqueta de asociación de malhechores; mas las sesiones no tardarían en evidenciar cuántos papeles dispares, lealtades equívocas y relatos irreconciliables puede albergar una gavilla. Coda-Zabetta, Quaranta y Nardi concentraban la atención de la concurrencia. No obstante, una ausencia gravitaba sobre los debates: la de Posapiano, el veterano compinche a quien varios defensores señalaban como el auténtico cerebro. Para la acusación, Coda había capitaneado los golpes; para su abogado, se cargaban las tintas sobre el cabecilla apresado a falta de aquel que había burlado las pesquisas. La disputa iba más allá de una mera cuestión de rango. Del supuesto mando emanaban de forma inexorable la premeditación y la responsabilidad penal por los actos ajenos.
Los hechos se extendían por una vasta franja de la Provenza. Marsella servía de base para las citas y las retiradas; los caminos conducían hacia Aix, Niza o L’Escarène, y devolvían luego a los forajidos a casas de huéspedes de paso donde las identidades se mudaban con mayor presteza que los hábitos. La partida no permanecía reunida de continuo. Unos llegaban, otros se apartaban; un golpe frustrado daba paso a una tentativa concertada pocas horas después. Esta movilidad entorpecía sobremanera las pesquisas. El caminante despojado apenas había vislumbrado un rostro, escuchado una orden, sentido una mano hurgar en su faldón; ignoraba por completo las deliberaciones que habían precedido a su desdicha.
Las fincas aisladas brindaban, en un principio, la promesa de un botín seguro. En la primavera de 1867, una tentativa contra una heredad de la Belle-de-Mai zozobró al delatar a los intrusos el tañido de un timbre. En otra incursión por los aledaños de Allauch, el número de moradores obligó a renunciar al plan inicial. Los asaltantes se replegaron entonces sobre la casa Bérenger, en las inmediaciones del camino de Marsella a Aubagne. Aquella improvisación desembocó en un lance enconado. Los habitantes hicieron frente, Polycarpe Bérenger intervino con denuedo, se cruzaron golpes y se descerrajó un tiro. Ante el tribunal, la autoría de cada ademán se tornó en un campo de batalla: Nardi admitía un bastonazo, pero su defensor negaba rotundamente que hubiese disparado; las declaraciones de los compinches arrojaban la culpa de unos sobre otros.
Preciso era, por tanto, volver al escenario: a la cancela, al quicio de la puerta, al ángulo exacto desde el que pudo salir la detonación. He ahí el nudo gordiano de los procesos colectivos: el relato de conjunto parece elemental —unos hombres armados irrumpen para robar—, pero la condena individual de un reo exige mucho más que una panorámica difusa. Los letrados escudriñaban las posiciones, las armas de fuego, las palabras entrecortadas de las víctimas. El ministerio público se esforzaba por recomponer la unidad del designio criminal. Y entre ambos afanes pendía la pregunta que la reiteración de las violencias volvía casi inaudible: ¿quién apretó el gatillo?
En la noche del 13 al 14 de junio, en la ruta de La Garde a L’Escarène, la emboscada cobró una gravedad sin retorno. Los hombres habían ocultado las armas antes de tender la celada. Varios convoyes fueron interceptados, los carreteros registrados y expoliados de sus ahorros. Éloi Arnaud pereció en el curso de un forcejeo; Ribero se halló igualmente en el centro de las controversias relativas a los disparos. La defensa de Quaranta debatió con rigor la trayectoria de una bala hallada en el radio de una rueda y la identidad del tirador. La de Mulateri subrayó las notorias contradicciones de los testimonios. Por lo que atañe a la muerte de Arnaud, el nombre de Posapiano resurgía sin cesar en las declaraciones esgrimidas. Pero el finado ya no podía terciar entre quienes justificaban cómo había caído.
El camino de Aix fue después escenario de una nueva serie de asaltos. Un golpe proyectado contra una propiedad en Le Tholonet había exigido desplazamientos, labores de reconocimiento y agrias desavenencias. Varios de los conjurados desertaron. Los restantes se apostaron en los alrededores del puente del Arc y detuvieron carruajes al azar. Lo que debía haber sido un robo selectivo derivó en una sucesión de lances ciegos impuestos a gentes de paso. Varias diligencias fueron recibidas a tiros. Maurin cayó muerto. En el juicio, el defensor de Quaranta inquirió si podía imputarse el disparo fatal a su patrocinado sobre la sola palabra de otros encausados, interesados de lleno en eludir el patíbulo. La sala hubo de escuchar la objeción sin perder de vista que un viajero yacía bajo tierra por el mero hecho de haber transitado por un camino público.
Las detenciones redujeron al fin aquellas correrías a domicilios concretos. Coda y Quaranta fueron sorprendidos en una modesta casa de huéspedes de la calle Thubaneau, en Marsella, bajo nombres supuestos. El valor de un vecino llamado Turrel mereció el elogio unánime del tribunal por su decisiva ayuda en la captura. Siguieron luego los careos, las confesiones de unos, las obstinadas negativas de otros. Mulateri aportó revelaciones de peso; mas su utilidad no dispensaba a los magistrados del deber de ponerlas a prueba. El cómplice que delata allana a menudo la instrucción judicial, pero lo hace mirando por su propio pellejo. Los jueces no ignoraban esta paradoja, y los defensores no desperdiciaban ocasión de recordársela.
La condición de italianos de los reos ocupó un lugar lamentable en la requisitoria fiscal. El cronista de hoy debe dejar constancia de aquel lenguaje sin hacer suyos sus prejuicios. Aquellos hombres respondían de hechos muy precisos; su origen geográfico no justificaba el crimen ni explicaba una inocencia. Los antecedentes aportados por las defensas dibujaban, por lo demás, trayectorias menos homogéneas que la estampa tópica de una cuadrilla de extranjeros despiadados. Mulateri había trabajado honradamente en el canal del Verdon y contaba con informes favorables; Trivero era un joven operario cuyo abogado describió la paulatina captación que lo perdió; Nardi alegaba su corta edad y su papel puramente accesorio. Tales argumentos no borraban las violencias, pero exigían que la pena recayese sobre la culpa individual.
Coda, Quaranta y Nardi fueron condenados a la última pena. En enero de 1868 naufragaron los últimos recursos destinados a evitar el cadalso. La crónica de Marsella los sitúa al alba del 27 de enero, tras ser conducidos desde Aix. El periódico consigna con minuciosidad sus semblantes, los postreros ánimos que Coda infundía a sus compañeros, las últimas palabras y los auxilios de la religión. Les atribuye asimismo un arrepentimiento cuya hondura escapa al juicio de un mero cronista. Es posible dejar constancia de los ademanes; no nos es dado franquear el umbral de las conciencias.
Tres hombres fueron ejecutados aquella mañana. Los caminos recobraron sus coches, sus reatas de mulas y a sus viajeros temerosos al doblar cada recodo. Mas del proceso perdura una imagen más indeleble que la de una partida suprimida por la guillotina: la de una sala donde cada acusado forcejea por desligar su mano de la del vecino, mientras los deudos de los difuntos aguardan a que la justicia esclarezca por fin la verdad de lo ocurrido en el camino real. Entre el clamor de la muchedumbre, que exigía un escarmiento sumario, y los hechos, que demandaban ser desentrañados uno a uno, los debates habían desnudado un drama infinitamente más complejo que su leyenda.
