El rey tenía sangre en la mano
Luis XV creyó recibir un puñetazo. Se llevó la mano al costado, la retiró ensangrentada, y el gesto ordinario de un soberano que sube a su carruaje se convirtió de pronto en un asunto de Estado. Un hombre acababa de aproximársele en el patio de Mármol. Fue reducido casi de inmediato. Ya solo se requería una cámara para el herido, un aposento custodiado para el agresor y correos lo bastante veloces para transportar el espanto de Versalles a París.
Aquel 5 de enero de 1757, el frío era tan vivo que el monarca había superpuesto varias prendas. Había acudido desde Trianón para visitar a sus hijas en Versalles y partía al declinar la tarde. Las antorchas escaseaban. Edmond-Jean-François Barbier, quien consignó las noticias en su crónica, describe al hombre vestido de negro apartando a un guardia, acercando la mano al hombro real y asestando el golpe. El soberano regresó a sus habitaciones por su propio pie. Se buscaron lienzos, se mandó llamar a un cirujano; no todos aquellos a quienes su oficio imponía permanecer junto a él se encontraban presentes. La majestad contaba con su casa, sus oficiales y sus usos. La urgencia desnudaba las distancias entre unos y otros.
La herida no penetraba en el pecho. Los médicos no tardaron en tranquilizar a los cortesanos. Se había temido asimismo que la hoja estuviese envenenada; tal recelo se sumaba con naturalidad a los demás, pues se ignoraba todavía el verdadero nombre de quien la había empuñado. El rey sobreviviría. Para Robert-François Damiens, en cambio, aquel golpe que no había matado inauguraba tres meses de cautiverio y suplicios.
Un criado y demasiados amos posibles
En el cuarto donde se le custodiaba, fue registrado. El cuchillo, unas monedas y un libro piadoso figuraban entre los efectos hallados en su poder. Las primeras noticias enturbiaban su identidad: un nombre de pila suplantaba a otro, se le atribuía una tienda o un comercio ambulante. Se hizo comparecer incluso a los cocheros de la diligencia de Arrás para averiguar si lo habían trasladado. No lograron reconocerlo. En medio de las conjeturas, un dato acabó por perfilarse: el hombre había servido largo tiempo como criado.
Sus antiguos amos podían, por ende, arrojar luz sobre sus desplazamientos, sus compañías y su conducta. Mas la pesquisa pretendía algo más que una semblanza biográfica. Se exigían cómplices. El dinero hallado en sus bolsillos podía trocarse en el precio de un magnicidio; unas palabras oídas al azar, en la prueba de un instigador; una antigua colocación, en el origen de una conjura. Barbier anota sucesivamente las sospechas dirigidas contra los ingleses, con quienes Francia se hallaba en guerra, contra los jesuitas o contra los adversarios de estos. A medida que la salud del monarca dejaba de infundir alarma, la búsqueda del complot acaparaba las conversaciones.
Damiens no aguardó al tribunal para padecer la violencia. En Versalles, los guardias le habían quemado las piernas con tenazas al fuego vivo para forzarlo a hablar. Esta brutalidad temprana debe constar en la crónica: las declaraciones que se recogieron después no nacieron de una confesión libre. Sin embargo, se guardaba su vida con extremado celo, pues resultaba forzoso que conservara la facultad de responder. El proceso necesitaba a aquel hombre al que se disponía a condenar; nadie debía arrebatárselo antes de tiempo.
La torre y las voces de París
La cuestión del tribunal competente suscitó otra marejada. El atentado se había perpetrado en una residencia real; la prebostura de palacio había iniciado la instrucción. El Parlamento reclamó la causa. El conflicto que ya enfrentaba al rey con una parte de los magistrados volvía delicada semejante pretensión. La autoridad fue encomendada finalmente a la Gran Cámara reunida, merced a unas cartas patentes de enero. Antes de discutir las respuestas del reo, se dirimía quiénes tendrían el derecho de escucharlas.
En la Conciergerie, se dispuso la torre de Montgomery. Se sucedieron las visitas de los magistrados y de los hombres encargados de la custodia; era preciso asegurar las puertas, la vigilancia y la lumbre de la estancia donde el reo sería interrogado. La sombra de Ravaillac reaparecía sin cesar. Pesaba sobre el aposento del preso tanto como sobre la pena que ya se vislumbraba. Damiens había herido a Luis XV; un siglo entero de memorias venía a tomar asiento en torno a su lecho.
Sus palabras aludían a querellas religiosas, a la negativa de los sacramentos y a discursos hostiles que afirmaba haber escuchado. Sostenía haber querido advertir al monarca sin darle muerte. Ello no borraba el crimen; tampoco revelaba una organización a sus espaldas. Esta contradicción resistió a los interrogatorios, a las sospechas y a la violencia infligida al preso. Un hombre podía hacer suyas las cóleras políticas sin haber recibido orden alguna. Un tribunal podía buscar un complot sin hallarlo jamás.
En marzo, la familia fue confrontada con el acusado. Otros nombres salieron a relucir. Una patraña le imputó incluso el envenenamiento de un antiguo señor; Barbier la consignó y luego la desmintió. Nuevas detenciones presentadas como decisivas alimentaron renovadas expectativas. Los panfletos tomaban partido con mayor audacia que las pruebas. Cada facción parecía anhelar que un criado hubiese obedecido a sus propios enemigos: de ese modo se explicaría el delito, y podría cobrárseles en pago de todas las discordias pasadas.
Lo que mandaba la sentencia
El 26 de marzo, Damiens fue condenado por lesa majestad divina y humana. La sentencia prescribía la retractación pública y un suplicio solemne en la plaza de Grève, concluido con el descuartizamiento y la cremación del cuerpo. Ordenaba además el tormento de la cuestión para obtener la confesión de los cómplices. No se habían demostrado; aún se los aguardaba. La condena alcanzaba asimismo a su casa natal, destinada a la demolición, como si el suelo donde el hombre había nacido hubiese participado en su crimen.
El 28, tras la tortura y nuevos interrogatorios, Damiens abandonó la Conciergerie en un carromato. Dos eclesiásticos lo acompañaban. Pasó ante Notre-Dame antes de ser conducido a la plaza de Grève. Los balcones estaban abarrotados, los tejados colmados. La tropa vigilaba la ciudad; se custodiaban con particular esmero las casas de los jesuitas, tan vivo era el temor a un motín popular. La muchedumbre acudía a ver morir a un hombre, y las autoridades temían aún lo que esa masa pudiera hacer mientras lo contemplaba.
El suplicio se prolongó. Los caballos no bastaron en un primer momento para ejecutar lo que los jueces habían dictado. Fue preciso interrumpir la maniobra, pedir instrucciones y reiniciar la labor. Aquella tardanza dilataba el horror de los testigos y la turbación de quienes mandaban: una resolución formulada con el rigor de un fallo judicial producía en la plaza una escena que los mismos verdugos no acertaban a gobernar según lo previsto. Damiens murió al fin, y sus despojos fueron reducidos a cenizas.
Al día siguiente, la justicia se ocupó de los supervivientes. Su padre, su esposa y su hija debían abandonar el reino; a los restantes miembros de la estirpe se les prohibió llevar en adelante el apellido Damiens. Hubo sospechosos puestos en libertad. Los impresores, por su parte, no tardaron en responder por folletos tachados de calumniosos. La causa seguía esparciendo sus efectos mucho después de la muerte del ajusticiado.
El rey había sanado. Se había quebrado al hombre, amenazado a los suyos y decretado el arrasamiento de su morada y de su nombre. No por ello se había dado un rostro cierto a la gran conjura que se aguardaba desde enero. El vacío que Damiens dejaba tras de sí habría de sobrevivirle con tanta terquedad como la memoria del suplicio empleado para arrancarle la palabra.
