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Bandidos y caminos reales · Francia

El condenado que aguardaba una máquina

Tras el robo de una cartera y una condena a muerte, Pelletier espera. Su último día depende ahora de un cirujano, de un carpintero demasiado caro y de un fabricante de clavicordios.

Nicolas-Jacques Pelletier debía morir. En este punto, el tribunal había concluido su labor. Restaba a las autoridades una dificultad que a ningún condenado se le habría ocurrido reprocharles: no sabían todavía de qué manera precisa ejecutar la sentencia. La ley había mudado; el material se demoraba. Mientras se cruzaban cartas, se redactaba un presupuesto y luego se lo tachaba de excesivo, Pelletier continuaba con vida.

Aquel aplazamiento no procedía de testigo alguno hallado a deshora, ni de una repentina duda que asaltara la conciencia de los jueces. Se debía a la construcción de una máquina. Antes de trocarse en el primer nombre ligado a la guillotina, Pelletier fue, pues, aquel hombre singular cuyos días dependieron durante un tiempo de las vacilaciones de la administración y del precio exigido por un carpintero.

La cartera de la calle Bourbon-Villeneuve

El lance se había iniciado en la noche del 14 de octubre de 1791. En la calle Bourbon-Villeneuve, en París, un transeúnte fue asaltado y golpeado. Su cartera contenía ochocientas libras en asignados. Pelletier, a quien se atribuyó la agresión junto a un cómplice jamás identificado, no logró huir. Las voces de socorro atrajeron a la guardia; esta apresó a un hombre que escapaba y halló a la víctima maltrecha.

Estos datos, consignados por Hector Fleischmann en su monografía de 1908, bastan para discernir el crimen de las diversas versiones que lo desfiguraron andando el tiempo. Trátase de un robo perpetrado con violencia. La relación documental que aquí seguimos no permite aseverar que el transeúnte falleciera. Tampoco da fe de la violación añadida a los hechos por la pluma de ciertos autores. Házsele ya sobrada carga a un hombre cuando se dispone su cadalso; la posteridad bien puede ahorrarle los delitos de los que carece de prueba.

El 24 de enero de 1792, el segundo tribunal penal de París sentenció a Pelletier a la pena capital. El asalto nocturno había encontrado a su acusado, su fallo y su desenlace jurídico. Faltaba, empero, el desenlace material. La nueva norma prescribía cercenar la cabeza a todo condenado a muerte. Sustituía así una multiplicidad de suplicios por un único castigo. Hacía falta todavía que una fórmula asentada en el Código deviniera una operación que el verdugo pudiese consumar sin acrecentar su horror.

Entre la sentencia de enero y la jornada de abril habían de transcurrir casi tres meses. El lapso merece atención: el tribunal había dictado una pena incontrovertible, mientras que el poder encargado de aplicarla debía aún escoger su proceder. Esta hendidura entre la resolución y su ejecución confirió al expediente una segunda historia, cuyos principales artífices no conocían a Pelletier sino como el reo que esperaba.

El recluso permaneció en prisión. Entretanto, quienes disponían la ejecución cruzaban misivas, reclamaban presupuestos y deliberaban sobre el modo de poner término a semejante espera. Cada pliego demandaba una contestación; cada tropiezo material abría una nueva disputa. De las celdas a los despachos, la condena de Pelletier fue tomando la forma sucesiva de una consulta, de un plano y de una partida de gasto, sin que ninguna de estas diligencias brindase aún el medio de ajusticiarlo.

El coste del postrer instante

Fue consultado el cirujano Antoine Louis. En su dictamen de marzo de 1792, subrayaba los peligros que entrañaba la decapitación obrada a mano. La fuerza y la destreza de un hombre son mudables; un golpe errado trueca una ejecución en carnicería. Traía a colación, señaladamente, la muerte del conde de Lally. Frente a tales incertidumbres, proponía recurrir a un artefacto mecánico cuyo efecto fuese invariable.

Inquietaba asimismo a Louis la suerte de Sanson. Si la faena resultaba espantosa por impericia o por tara del instrumento, la muchedumbre podía volverse contra el sayón. En aquellos intercambios, la piedad y el orden público conviven sin empacho: trátase de hurtarle dolores al ajusticiado y de impedir que los espectadores, enardecidos, arremetan contra quien le arrebata la vida.

Roederer, procurador síndico del departamento de París, instó a Louis a concertarse con Guidon, carpintero del Patrimonio Nacional. Acudió Guidon, secundado por un colega de oficio. El cirujano le expuso la traza. Comprendió el artífice la obra, justipreció las costas y presentó un presupuesto de cinco mil seiscientas sesenta libras. Semejante cifra detuvo el paso de la justicia con mayor presteza que cualquier alegato contra la pena de muerte.

Aquel monto no carecía de razones. Guidon se veía obligado a emplear operarios a quienes tal quehacer acarrearía el descrédito. Según consta en la carta de Louis del 1 de abril, corrían el riesgo de no hallar más acomodo en otros obradores. Invocaba asimismo el carpintero el mantenimiento de los aparejos precisos para armar y retirar los tablados. Bien puede una sociedad encargar una máquina y dar luego la espalda a las manos que la labraron; el artesano computaba esa contradicción entre sus quebrantos.

Clavière desestimó el gasto. Se acudió entonces a Tobias Schmidt, fabricante de instrumentos musicales. Su presupuesto, de ochocientas veinticuatro libras, fue admitido. La diferencia era considerable. Schmidt puso manos a la obra; Louis dispuso los ensayos. En las respetuosas cartas que mediaron, hablábase de presteza, de eficacia y de servicio público. Al otro extremo de aquella correspondencia aguardaba siempre el mismo presidiario.

Tres cadáveres antes de un vivo

El 17 de abril, la máquina fue probada en Bicêtre con tres cuerpos sin vida. El informe remitido por Louis a Roederer dio cuenta de que las decapitaciones habían resultado limpias y expeditas. Hallábase presente Sanson con allegados de su linaje. Quienes habrían de manejar el aparato a ojos de todos no señalaron reparo insalvable.

Moreau, juez del segundo tribunal penal, había destacado a un escribano a fin de inquirir cuándo se podría proceder a una ejecución verdadera. Regresó el emisario con una respuesta casi enteramente propicia. Restaba tan solo afianzar el cadalso: la fábrica de madera debía soportar el peso del instrumento. Incluso tras los experimentos, la hora de la muerte pendía aún de una labor de carpintería.

Finalmente, el 25 de abril de 1792, Pelletier fue conducido a la plaza de Grève, vestido con la camisa roja. Roederer había previsto el concurso de gentes y requerido de Lafayette las providencias necesarias para velar por el orden. La multitud acudió, en efecto, copiosa. No asistía únicamente al escarmiento de un ladrón; venía a escrutar una novedad de la que se hablaba desde hacía meses.

El ajusticiamiento fue breve. La Chronique de Paris dio cuenta ya al día siguiente de aquel estreno, acaecido a las tres de la tarde. Diversos cronistas alabaron un método que juzgaban menos cruel que los antiguos suplicios. Prudhomme le reconoció incluso la virtud de conciliar, en tanto perviviese la pena capital, los mandatos de la ley con los deberes de la humanidad.

Pelletier no había alcanzado a gozar de dicha humanidad sino en su expresión más menguada: la mengua del tiempo requerido para quitarle la vida. Su delito, su víctima y el cómplice que jamás tuvo nombre habrían de desvanecerse tras el acontecimiento técnico. De él se conservaría sobre todo el lugar que ocupó en una serie que apenas comenzaba. La cartera había encendido la causa; la máquina le confiscó la memoria.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La crónica sigue el estudio de Fleischmann y las cartas de 1792 que en él se reproducen. Conserva el robo con violencia, sin añadir la muerte de la víctima ni acusación alguna de violación. En dicha obra, la sentencia lleva fecha del 24 de enero de 1792. Las pruebas y las gestiones administrativas forman parte directa de la espera que precedió a la primera ejecución, el 25 de abril. Los pensamientos de Pelletier, que se ignoran, no han sido recreados.

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