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Policía y bajos fondos · Francia

Los cincuenta francos de su madre

La señora Duchemin guarda sus ahorros para su hija enferma. La negativa opuesta a Georges conduce a la familia desde el bulevar de Ménilmontant hasta la primera ejecución frente a la Santé.

Cincuenta francos para Georges

La madre guardaba aquel dinero para su hija enferma. El hijo, por su parte, consideraba que debían dárselo. Entre estos dos destinos para una misma suma se hallaba, el 15 de agosto de 1908, toda la familia Duchemin: una mujer consumida por el trabajo, una joven necesitada de cuidados y Georges, que acudía a reclamar cincuenta francos con esa particular desenvoltura de los deudores que se creen acreedores del afecto que se les profesa.

Sabemos, por la crónica publicada con motivo de su ejecución, que su madre deseaba enviar a Jeanne a los Pirineos. No podía, por tanto, satisfacer esta nueva demanda. Los cincuenta francos no estaban disponibles. Aquella negativa, razonable incluso en su sequedad, fue considerada por Georges como una ofensa. Tenía un oficio; habría podido ganarse el sustento. Mas el aprendiz de charcutero trabajaba de manera intermitente, y los establecimientos donde malgastaba sus jornadas no le reportaban salario alguno. Cuando le faltaban recursos, su madre recibía cartas. Cartas que pedían, y que luego exigían. Aquel día, la exigencia se había tomado la molestia de acudir en persona.

La escena se desarrollaba en el bulevar de Ménilmontant, en el piso de Lalouette, fabricante de productos químicos a cuyo servicio trabajaba la señora Duchemin desde hacía más de veinte años. Se había colocado allí tras la muerte de su esposo, picapedrero fallecido en Senegal en 1885. Había quedado a su cargo sacar adelante a dos hijas y a un varón. Berthe y Jeanne habían comenzado su aprendizaje tan pronto como les fue posible; los ahorros maternos, reunidos al precio de una dilatada acumulación de servicios, alcanzaban unos pocos cientos de francos. Un robo se mide mejor cuando se conoce de cuántas jornadas de fatiga se compone su botín.

La negativa

Georges insistió. Su madre se mantuvo firme. La crónica de Le Petit Parisien describe entonces un primer ataque: se abalanzó sobre ella, la derribó y le apretó el cuello. Ella logró zafarse y pedir auxilio. A continuación, le asestó una puñalada en la garganta. El periódico, que relata los hechos tras el juicio, atribuye la muerte a la sección de la carótida. No es preciso añadir nada a los gestos para comprender lo que acababa de ocurrir: una petición de dinero había terminado por suprimir a la persona a quien se dirigía.

El homicida rebuscó y se llevó dos billetes de cien francos y algunas monedas de oro. Había reclamado cincuenta; arrebató aún más del cadáver de quien se los había rehusado. En aquel instante, la causa no entrañaba todavía guillotina alguna, ni debate parlamentario, ni muchedumbre congregada. Entrañaba a una mujer muerta en la vivienda donde servía, un dinero desaparecido y un hijo que conocía harto bien los recursos de su madre como para ignorar su modestia.

La pista no condujo por mucho tiempo a los agentes a través de un París ignoto. Berthe sospechó de su hermano y guio las pesquisas hacia él. Georges frecuentaba el barrio de la Maison-Blanche; había trabajado en casa de un charcutero de la calle de l’Espérance, residido en la calle Barrault y comido de pensión en lo de Bréhier, fondista del número 211 de la calle de Tolbiac. Fue en este último establecimiento donde lo apresaron. Allí agasajaba a conocidos suyos con una generosidad cuya provisión, pocas horas antes, había pagado su madre.

Semejante pormenor indignó a los testigos. No conviene, sin embargo, dejar que la mesa de la casa de comidas ocupe todo el espacio de la escena del crimen. Probaba sobre todo cuán poco se había apartado Georges de sus hábitos. Había regresado entre las gentes que lo conocían, a un lugar donde su identidad no era un misterio para nadie. Según Bréhier, había proyectado alquilar un caballo y un carruaje para poner tierra de por medio. No le dio tiempo.

Dos maneras de juzgar al acusado

Puesto ante los hechos, Duchemin confesó. En la Audiencia de lo Criminal, en junio de 1909, su defensor, el letrado Faye, intentó que se oyera algo más que la sola codicia. Invocó los celos padecidos respecto a Jeanne, menor que Georges, y la preferencia que su madre le habría demostrado. Significaba trasladar el litigio hacia una rivalidad doméstica; suponía asimismo recordar que la negativa del dinero obedecía a los cuidados destinados a aquella hermana. El jurado desestimó esta defensa. El veredicto condenó a Duchemin a la pena de muerte.

El diario describe a un acusado abatido y da cuenta de una petición de perdón al término de la vista, cuya sinceridad pone en duda de inmediato. El cronista puede tomar nota de este reproche; no está obligado a convertirlo en ciencia del alma humana. Bréhier, que había comparecido como testigo, conservó hacia su antiguo pensionista una piedad que los demás interlocutores del reportero apenas compartían. Se preguntaba si Georges se hallaba en el pleno goce de sus facultades. Consideraba prueba de ello una carta en la que el reo aún le reclamaba el dinero incautado por la policía, como si el fruto de la rapiña continuase adeudándosele. El fondista veía inconsciencia allí donde otros únicamente advertían descaro.

Berthe carecía ya de semejante indulgencia. Empleada en un hotel de la avenida de Versalles, recibió del periodista la noticia de la denegación del indulto. Lloró y luego se negó a compadecer a su hermano. Su madre y sus hermanas ya lo habían socorrido, sacado de apuros y ayudado a enmendar faltas. El asesinato volvía insoportable a la vista aquella antigua solicitud. Jeanne había muerto entretanto, tras ingresar en un sanatorio; el relato familiar del desastre confundía en adelante varios duelos. No estableceremos una relación de causa médica. Basta contemplar a Berthe, sola con lo que su hermano había destruido y con el apellido que aún compartían.

Un lugar al pie del muro

Desestimado el recurso de casación, el letrado Faye solicitó nuevamente la gracia a Armand Fallières. El presidente la denegó. París, donde no se celebraba ejecución alguna desde hacía casi diez años, iba a reencontrarse con la guillotina. La demolición de la Grande Roquette había dejado en suspenso la elección de su emplazamiento; se designó finalmente el bulevar Arago, junto a la Santé. De este modo disponía la administración la geografía del suplicio mientras un abogado procuraba todavía impedir su cumplimiento.

El 4 de agosto, Deibler avisó a sus ayudantes. La máquina fue examinada en el cobertizo de la calle de la Folie-Regnault. Se dispuso el servicio de orden y el traslado del condenado. En su celda, de seguirse el reportaje del día siguiente, Duchemin vivía una jornada del todo distinta: sopa al despertar, lectura de una novela de aventuras tomada en préstamo de la biblioteca, paseo, colación de arroz, partida de naipes con los carceleros. Se durmió por la noche. Estas ocupaciones no nos revelan lo que pensaba; muestran tan solo cuánto puede parecerse una última jornada a las precedentes cuando quien la vive desconoce aún su término.

Al amanecer del 5 de agosto de 1909, fue ejecutado. Vestía la camisa y el velo negro reservados a los parricidas; llevaba los pies descalzos. Al día siguiente, Le Matin situó esta indumentaria por encima de la ilustración del cadalso. El hombre ocupaba desde entonces una fecha en la historia de las ejecuciones parisinas: la primera frente a la Santé. Su madre, en medio de aquella gran actualidad, apenas conservaba ya su condición de madre asesinada.

Regresemos, pues, a ella antes de cerrar el legajo. Había trabajado más de veinte años en la misma casa. Había criado a tres hijos. Aquel día de agosto, reservaba sus economías para quien precisaba cuidados. He aquí lo que Georges halló tras la negativa de cincuenta francos; he aquí lo que mató junto con ella.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La parte de Jeanne

Una novela corta seguiría los pasos de una hermana ficticia que reúne las cuentas familiares tras un parricidio y descubre, tras cada suma, los sacrificios que creía compartidos.

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El cliente de la calle de Tolbiac

Un fondista de ficción testifica contra un antiguo huésped y queda como el único en pedir que le perdonen la vida; la novela seguiría el coste de esta piedad en un barrio que reclama una ejecución.

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Los herederos del nombre

Tres generaciones de una familia ficticia intentarían rehacer su vida tras un crimen: la hermana que sobrevive, la criatura a quien se le oculta el apellido y la descendiente que decide desenterrar los archivos.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato sigue las páginas 1 y 2 de Le Petit Parisien del 5 de agosto de 1909, consultadas en facsímil: contexto familiar, crimen, detención, defensa y reclusión. Los juicios morales del reportero y las declaraciones que atribuye a los testigos se mantienen diferenciados de los hechos. La fecha del 5 de agosto queda confirmada por Le Matin del día 6, que anuncia una ejecución acaecida la víspera; algunas reseñas modernas la trasladan al día 6. Las fuentes discrepan asimismo sobre la jornada de la vista oral: el relato conserva junio de 1909. No se ha inventado ningún diálogo ni personaje.

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