Un sobre puede quedar tirado en el suelo de un despacho de vinos sin acusar a nadie. El que recoge el comisario Prélat, una mañana de enero de 1889, lleva sin embargo una dirección que hará correr a la policía hasta San Quintín: Fulgence Géomay, cabo del 87.º de línea. Alrededor del papel, otras cartas yacen esparcidas. Cerca del sótano, una mujer yace con la cabeza destrozada. Alguien ha registrado los cajones, vaciado los bolsillos de la muerta y cerrado después el cierre de la tienda.
En el número 134 del bulevar Saint-Germain, el establecimiento debería haber estado abierto. Es esta ausencia, este pequeño fallo en los hábitos del barrio, lo que ha inquietado al vecindario. Conocen a la tendera por el apodo de la Mère Gironde. La señora Roux se queja de sus negocios; se la cree, no obstante, acomodada. Regenta la tienda, presta pequeños favores y facilita la correspondencia de los enamorados. Hallar cartas en su casa no es, por tanto, una singularidad. Resultaría cómodo que el asesino hubiese dejado su nombre; sería imprudente darlo por sentado de inmediato.
La primera explicación de los vecinos surge enseguida. Para limpiar el local o hacer un recado, la comerciante emplea en ocasiones a algún desocupado. Habría dejado ver su dinero; uno de esos desdichados la habría matado. Se detiene a dos o tres sospechosos y se los pone en libertad. La miseria, que bastaba para señalarlos, no basta para sostener su culpabilidad.
Goron, jefe de la Sûreté, vuelve su atención hacia el cabo. En sus memorias reconocerá que aquel nombre le atraía sin que pudiera explicarse al principio el motivo. Envía a un agente a comprobar la presencia de Géomay en su regimiento. Si el soldado no ha abandonado San Quintín, el papel perderá gran parte de su interés. La respuesta llega por telégrafo: Géomay disfruta de un permiso de cuatro días y se encuentra en París.
La dirección de su madre debería permitir dar con él. Pero la mujer se ha mudado, y el policía sigue sus pasos a través de Montrouge. En el último domicilio le aguarda otra sorpresa: se halla detenida por robo. Su hijo acudió a preguntar por ella y se enteró de la noticia antes de marcharse. La visita familiar ya no explica, por tanto, en qué emplea sus jornadas.
La búsqueda prosigue en las casas de huéspedes. En Vanves señalan a un cabo del mismo regimiento. En mitad de la noche, Goron llama a la puerta, despierta a un hombre acostado y le exige su identidad. Se trata de un camarada de Géomay. Muestra sus papeles; vino a París con él, pero no es el hombre buscado. El jefe de la Sûreté debe desandar lo andado. Un número de regimiento tampoco constituye una prueba.
A su regreso le aguarda un despacho. Géomay ha vuelto a San Quintín antes de expirar su permiso. En lugar de regresar directamente al cuartel, ha pasado la noche en casa de una lavandera con la que mantiene relaciones. Goron toma el primer tren. En la estación, su agente y un brigada le anuncian que el cabo ha sido arrestado al volver al cuartel. Llevaba encima sesenta y dos francos con diez céntimos. En casa de la joven, un registro ha permitido descubrir una faltriquera, un reloj, una cadena de oro y algunas joyas que él acababa de regalarle.
El soldado comparece ante sus oficiales y los magistrados. Se muestra aseado, tranquilo; su coronel lo califica de buen elemento. Este testimonio favorable no aclara el origen de las dádivas. Interrogado sobre la faltriquera, Géomay responde que se la entregó su madre junto con el dinero. Goron ya conoce la prisión en la que ella se encuentra. Esta primera explicación se desmorona de inmediato.
El cabo pide entonces que salgan sus camaradas. Podría creerse próxima la confesión; solo desea hablar de su madre sin revelar su situación ante los demás soldados. Luego sustituye a la madre por una mujer distinguida que habría conocido en Bois-Colombes. Ella lo habría acompañado al teatro colmándolo de regalos. Se niega a nombrarla para no comprometerla. La discreción mundana acude oportunamente en auxilio de una fortuna inexplicable.
Goron le muestra el sobre. Géomay lo reconoce: se lo envió un amigo de El Havre. Esta vez, el papel ya no es una misiva cualquiera recogida en casa de una tendera complaciente. El cabo admite que iba dirigido a él. Lo conducen de vuelta a París. Teme sobre todo que lo vean esposado en San Quintín; Goron hace que le concedan un coche cerrado. El policía atribuirá a esta atención parte de la confianza que su prisionero le demostrará después.
En la morgue, ante el cadáver, Géomay niega todavía. Luego solicita una entrevista a solas. Admite haber robado, pero asegura que fue un desconocido quien mató. Aquel individuo lo habría abordado, conducido a casa de una anciana rica y abandonado después junto al cadáver. La misteriosa benefactora desaparece; un misterioso asesino ocupa su lugar. El robo queda ya reconocido. La muerte sigue cargándose a cuenta de un ausente.
Tras una comida en la Sûreté, Géomay cambia de relato por última vez. La confesión que recoge Goron detalla una empresa enteramente personal. Antes de alistarse, el joven había trabajado para un tendero vecino del comercio y prestado algunos servicios a la mujer. Sabía que vivía sola. Se le ocurrió la idea de matarla para robarle; su regreso a París y la imposibilidad de obtener dinero de su madre lo empujaron de nuevo a ello.
Relata haber hurtado un martillo a un trapero y aguardado a la noche siguiente. A la hora del cierre entra, saluda a la tendera y descarga el golpe antes de que ella pueda responderle. Baja el cierre metálico, arrastra a la herida hacia el sótano y repite las agresiones. Después, registra el lugar. Las joyas prometidas a su amante, el reloj y el dinero sustraído tienen aquí su origen, tras una tienda cerrada donde nadie vino a interrumpir el crimen.
Pero salir se le vuelve de pronto muy difícil. Siempre según su confesión, permanece largo rato sentado, temiendo a los transeúntes que oye pasar junto al escaparate. Al sacar el pañuelo, deja caer el sobre entre los papeles esparcidos. Termina por escapar, arroja el martillo al Sena, va a cenar a Les Halles y pernocta en un hotel. Al término del permiso, los regalos ofrecidos en San Quintín prolongan, sin que él lo sospeche, el rastro del robo.
En la audiencia, su defensa ya no consiste en oponer otra fábula. Henri Robert solicita circunstancias atenuantes. Apela a la infancia, la educación, los malos ejemplos: todo aquello que, a su juicio, debe llevar a los jurados a distinguir la responsabilidad de este hombre del mero horror de sus actos. La petición fracasa. En marzo, Géomay es condenado a muerte.
Es ejecutado en mayo en La Roquette. Goron describe a un reo que se viste solo, habla con el capellán y pide que su cuerpo no sea entregado a la Facultad de Medicina. Da las gracias de nuevo a sus carceleros antes de la cuchilla. La promesa relativa a sus restos se cumplirá: en el cementerio de Ivry, el representante que ha acudido a reclamarlos se inclina y desiste.
El policía se reserva para el final de su relato una confesión de otra índole. El sobre, aquella pieza de convicción que había guiado sus pesquisas, habría desaparecido dos días después del arresto, sin explicación alguna. La confesión del cabo había restado gravedad a la pérdida. Quedan así, en un asunto reputado sencillo, dos negligencias muy distintas: un asesino deja caer su dirección; quienes lo persiguen extravían el papel. Entre ambas, una tendera perdió la vida, y el hilo que conducía desde su trastienda hasta su verdugo pendió de muy poca cosa.
