Había pensado en el peinado de su amante. Desde su celda, Louis Anastay rogaba que se cuidara de que ella no compareciese desaliñada ante el tribunal del jurado. El crimen estaba confesado, la pena capital era probable; solo restaba evitar una mala impresión. En esta recomendación, preservada entre las cartas publicadas por Raymond Hesse, el antiguo subteniente no parece un hombre que hubiese olvidado su situación. La conoce con la lucidez suficiente como para orquestar todavía la imagen que ofrecerá al mundo.
El 4 de diciembre de 1891, había asesinado a la baronesa Dellard en París, en su apartamento del bulevar del Temple. Esperaba encontrar allí títulos y valores. Tras los golpes mortales, se precipitó sobre el mobiliario, revolvió un armario y un escritorio de escribanía, sin lograr el botín anhelado. La visita, urdida para zanjar sus apuros financieros, había dejado una muerta sin enriquecerlo en absoluto. La llegada de la sirvienta Delphine Houbre interrumpió su registro; la hirió de gravedad y emprendió la fuga. Ella sobrevivió.
La baronesa no era una desconocida elegida al azar. Se había interesado con afecto por el joven; él sabía bien que la encontraría sola a primera hora de la tarde. Esta antigua familiaridad volvía el acceso sencillo y el crimen todavía más atroz. No hubo necesidad de forzar cerradura alguna. Presentó un rostro bien conocido en la casa, aguardó con calma a ser recibido y esperó el instante en que su visita tocaba a su fin. Según el relato de Hesse, asestó el golpe fatal mientras la anciana dama lo acompañaba cortésmente hacia la puerta.
El dinero faltaba en los bolsillos de Anastay desde hacía tiempo. Sus cartas anteriores, dirigidas a antiguos camaradas, permiten seguir su extravío moral sin necesidad de atribuirle confesión apócrifa alguna. En Saint-Cyr estudiaba con empeño, soñaba con una prima y gustaba de enviar viñetas sentimentales de su existencia. Salido de la Academia, quiso sostener un tren de vida que sus recursos eran incapaces de sufragar. Un lance amoroso, luego otro, pagarés firmados, vencimientos inexorables: él mismo relataba cómo unas deudas engendraban forzosamente otras nuevas.
A un amigo le solicitaba cincuenta francos desde las primeras líneas. Detallaba a continuación su encuentro con Madeleine Gonzalès, bailarina en Lyon, las gestiones de la madre de esta ante su coronel, las rupturas y las reanudaciones del idilio. Sabía convertir cualquier apuro en una anécdota placentera. Esta soltura para la fabulación contribuía, sin duda, a postergar el instante en que resultaría forzoso ajustar las cuentas. Cada misiva descubría un incidente fortuito que explicaba su quebranto actual; ninguna lograba aplacar a los acreedores.
Valérie Rey irrumpió a su vez en su vida. Anastay se describía entonces desgarrado entre dos pasiones, como si semejante dualidad bastara para erigirlo en víctima de una intriga novelesca. Ideó consolidar sus deudas en un único y cuantioso préstamo. Pronto, la certidumbre de hallar una suma considerable en casa de la baronesa sustituyó la quimera del crédito bancario. Compró dos cuchillos en Lyon y viajó a París. Aquellas armas, adquiridas antes de partir, conferían a la supuesta aventura del arrebato pasional un designio de una frialdad enteramente material.
La muerte de la baronesa abrió una investigación judicial que el fugitivo ya no podía gobernar con su mera elocuencia. Oculto en la capital, fue detenido el 24 de diciembre en la calle de Valois. Negó al principio, pero terminó confesando ante el juez de instrucción Poncet, el jefe de la Seguridad Goron y el diputado Gévelot, pariente de la víctima. El hogar que le era familiar recobraba así su peso en el proceso: la misma cercanía que le había franqueado la entrada volvía ahora insostenibles sus denegaciones.
En la prisión de Mazas, reanudó la escritura. En una carta dirigida a Valérie, porfiaba en la persistencia de su amor y se inquietaba, ante todo, por lo que ella pudiera haber descubierto sobre su otra amante. Envilecía a Madeleine para justificarse ante la otra mujer. El procedimiento era cruel pero harto conocido: salvaguardar la parte más noble de sí mismo asignando a un tercero el papel más bajo. Imaginaba luego a Valérie rechazándolo con horror y le suplicaba que le concediese, hasta el cadalso, el consuelo de saberse amado.
Esta correspondencia no revelaba inconsciencia alguna ante el crimen; evidenciaba una porfiada lucha por seleccionar qué testimonio de sí mismo perduraría en la mirada ajena. A una amiga de la familia le presentaba el asesinato como un trance en que la pasión había doblegado a la razón. A los suyos prefería hurtarles los pormenores de la confesión, demasiado lacerantes para ser evocados. Deseaba que sus jóvenes primos permaneciesen ajenos al escándalo. El 1 de enero de 1892, los imaginaba a todos congregados al amor de la lumbre, leyendo su carta y concediéndole su piedad.
En este cuadro, los remordimientos iban dirigidos primordialmente al pesar de su propio linaje. La baronesa y la criada herida quedaban fuera del círculo de su compasión. Hesse deduce de ello un retrato de soberbia e insensibilidad; las epístolas autorizan, cuando menos, a constatar la deliberada distribución de los papeles. Anastay encarna al personaje doliente, sus parientes son los jueces a quienes confía conmover, las amantes son las lectoras cuya rendida admiración teme perder. El asesinato ya no se narra desde la estancia donde una anciana exhaló el último suspiro, sino desde la celda donde él corre el riesgo de morir.
Asimismo, se entregaba a la composición literaria. Anunciaba versos, una marcha fúnebre y una novela que temía no alcanzar a concluir. En la Conciergerie, la cháchara de sus compañeros de encierro turbaba su reposo; convirtió a uno de ellos, un empleado de correos deseoso de perfeccionar su ortografía, en su copista particular con el pretexto de dictarle lecciones. Esta argucia minúscula le devolvía una sombra de la autoridad perdida. Podía aún regir el trabajo ajeno y alimentar la esperanza de que un manuscrito traspasara los muros de la prisión, aun si su autor jamás habría de salir de ella.
El 25 y 26 de febrero de 1892, la Audiencia juzgó su causa. Henri-Robert asumió la defensa. Madeleine compareció en el estrado y los cronistas de tribunales repararon en su esmerado atuendo, tal y como Anastay había implorado. Mas la escenografía no logró desviar el núcleo implacable del sumario: una visita premeditada, un asesinato perpetrado para robar, una segunda mujer malherida y la posterior confesión. El propio Anastay reclamó la muerte; el jurado lo declaró culpable y se pronunció la pena capital. Fue guillotinado el 9 de abril de 1892 frente a la cárcel de la Roquette.
Había anhelado que su paso por el mundo pudiera leerse como una novela, con sus pasiones arrebatadas, sus quimeras y la elegancia postrera de sus páginas finales. Sus cartas han sobrevivido al cadalso, pero ya no le obedecen ciegamente. Al desgaire de una consigna sobre un peinado o de un proyecto editorial inconcluso, devuelven al lector a aquello que él intentaba borrar con su prosa: la baronesa despidiendo a un antiguo protegido en el umbral, y Delphine Houbre entrando de improviso en una casa cuya confianza él acababa de quebrar para siempre.
