Los cinco caballos habían traído de vuelta al muerto.
En la mañana del 18 de julio de 1869, unos vecinos de Baisieux divisaron el carro embocado bajo un portón cochero. El tiro estaba allí, el carruaje también; faltaba únicamente el ademán del hombre que habría debido apearse, desenganchar las caballerías y justificar su retraso. Al acercarse, descubrieron a Alfred Boulaut derribado en el vehículo. Un saco de avena, del que parecía haberse servido como asiento, continuaba encajado entre sus piernas. No había abandonado el carro para morir: este había proseguido la marcha sin él.
Boulaut era agricultor. Regresaba del mercado de Arras, donde había transportado cebada. Con prisa por reanudar el camino, había aceptado un anticipo de setecientos francos antes que aguardar a que concluyese la medición. Esta impaciencia harto común confirió a su último viaje dos circunstancias que la instrucción no dejaría escapar: se conocía la hora exacta de su partida y llevaba dinero encima.
La velada podía reconstruirse por etapas. Había cenado en Bucquoy, cruzado Puisieux, acogido a un hombre en su carro y luego lo había dejado en la aldea de Serres. Más tarde, en Mailly, un posadero vio pasar el carruaje sin percibir conductor alguno. Entre estos testimonios se situaba el instante del asesinato. Los caballos habían continuado su trayecto, arrastrando tras de sí el resultado de un crimen cuya consumación ninguno de los testigos interrogados afirmaba haber presenciado.
El examen del cadáver reveló un disparo efectuado a quemarropa, por la espalda. El médico forense halló perdigones; el dinero obtenido en el mercado se había esfumado, así como el portamonedas habitual de Boulaut. En un bolsillo casi del revés apenas quedaba una monedita. Este despojo explicaba el móvil que sostendría la acusación. Mas quien tanto esmero había puesto en adueñarse de los caudales, dejó abandonado en el carro un objeto de muy distinta utilidad: una vieja tabaquera de cuerno negro.
Estaba desgastada, alargada, desprovista de valor material. Y era precisamente por ello por lo que podía hablar. Una bolsa se roba; una joya se revende; una tabaquera ordinaria pasa a diario del bolsillo a la mano, a veces de una mano a la del vecino a quien se ofrece una toma. Va unida a un hábito. Los gendarmes indagaron, pues, menos su precio que las manos en las que solía vérsela.
Charles-Augustin Carpentier, apodado Apolinario, residía en Serres. Camisero y calcetero de oficio, casado, de treinta y dos años, era aficionado a aspirar rapé. Gozaba de mala reputación en la comarca; el juicio revelaría, sin embargo, que carecía de antecedentes penales. Los investigadores acudieron a su morada. Requerido para que mostrase el dinero que poseía, sacó de su jergón unas monedas de plata y aseguró no tener nada más.
Quedaba, no obstante, el chaleco.
Colgada junto al lecho, dicha prenda ocultaba dos portamonedas y un paquete de perdigones. Carpentier sostuvo no habérsela puesto desde hacía un año. Uno de los monederos, confeccionado en piel gris con broche de cobre, fue reconocido formalmente por el hijo de Boulaut y por una criada que se lo había entregado al agricultor antes de emprender viaje. El indicio ya no dependía meramente de la costumbre de un fumador: un objeto arrebatado a la víctima se hallaba en el domicilio del sospechoso.
La tabaquera dio pie a una primera coartada. Carpentier reconoció haber tenido una idéntica, pero afirmó que se había quebrado y que un chiquillo la arrojó al carbón, consumiéndose en el fuego. Sin embargo, una vecina recordaba la toma de tabaco que él mismo le había ofrecido la víspera del crimen. El relato del objeto destruido no resistió la inmediatez de aquel ademán. En cuanto al chaleco supuestamente arrinconado desde hacía un año, las observaciones recogidas lo situaban con regularidad sobre las espaldas de su dueño.
Sus primeras declaraciones sobre el itinerario de aquella noche no se sostuvieron por más tiempo. Las personas con quienes afirmaba haber estado no corroboraron su presencia. Otros testigos lo habían cruzado en el camino. Carpentier buscó entonces una escapatoria que englobase la totalidad de las pruebas: puesto que ya no podía justificar por separado la tabaquera, la bolsa y los perdigones, atribuiría a su coincidencia una causa única. Otros hombres habían cometido el crimen y lo habían forzado a parecer cómplice de él.
Declaró haber salido a buscar lana. De regreso, tras oír varias detonaciones, habría sido interceptado por unos bandoleros. Estos lo habrían conducido hasta el carro obligándolo a subir para recoger un sombrero olvidado. Su tabaquera se habría caído durante dicha maniobra. Después, aquellos desconocidos le habrían entregado, contra su voluntad, el monedero y los plomillos incautados en su casa.
La patraña poseía el mérito de abarcarlo todo; adolecía, en cambio, del defecto de atribuir a los asesinos un empeño singularísimo en repartir piezas de convicción. En la vista oral, el presidente del tribunal subrayó tan inaudita generosidad. Varias risas acogieron ciertos pasajes de la declaración. Carpentier porfiaba, añadía pormenores, enmendaba otros. A medida que hablaba, su artificio se tornaba más prolijo, sin lograr disimular el aprieto al que pretendía dar respuesta.
La causa se vio ante el tribunal de lo criminal de Pas-de-Calais en el mes de septiembre. La sala rebosaba; un banco se quebró bajo el peso de los asistentes. En el exterior, el gentío congregado por el mercado pugnaba por entrar, y el alboroto forzó al ministerio público a interrumpir su informe de acusación. Hubo que dispersar a los curiosos apostados en las inmediaciones de la audiencia. Aquel día, quienes acudían a comprar y vender se agolpaban para presenciar el juicio del hombre acusado de haber ultimado a un agricultor al regreso del mercado.
El fiscal Bastien cimentó en esa hermandad la contundencia de su alegato. Los caminos ya no eran seguros —explicaba—; los campesinos se veían forzados a viajar en cuadrilla para prestarse mutuo auxilio. Reclamaba a los jurados que respondiesen al temor de la comarca con un castigo ejemplar. La prueba individual quedaba así revestida de una misión colectiva: escarmentar a Carpentier equivalía a salvaguardar a los caminantes del mañana.
El letrado Poillion combatió la premeditación e impetró circunstancias atenuantes. Invocó la infinita circunspección que exigía la pena capital. Mientras su defensor peroraba, Carpentier se deshacía en llanto. Las vanas negativas con las que había intentado eludir el crimen ya no lo resguardaban del dilema medular: incluso declarado culpable, ¿podría esquivar el cadalso?
El 11 de septiembre, el jurado denegó toda circunstancia atenuante. El tribunal pronunció la pena de muerte y fijó Arras como lugar para el suplicio. Su petición de indulto fue desestimada. Trasladado desde Saint-Omer, Carpentier pasó su última noche asistido por los capellanes; la prensa que reseñó aquellas horas finales lo describe afligido por su esposa y sus hijos, para quienes suplicó socorro. El 21 de octubre de 1869 fue ejecutado en la plaza mayor de Arras.
El caso había principiado con el silencioso retorno de un carruaje. Concluía ante una muchedumbre compacta, bajo las miradas que un patíbulo siempre concita. Entre ambas concurrencias, la justicia hubo de seguir la pista de objetos menudos: una tabaquera, un chaleco, un portamonedas. Boulaut se había fijado en ellos menos que en sus caballos, y los había contado menos que a su dinero. Tras su muerte, fueron tales pequeñeces las que devolvieron al viaje a su postrero acompañante.
