El 24 de junio de 1826, una multitud abarrota los alrededores del Palacio de Justicia. En la sala de audiencias, el proceso de Henriette Cornier congrega tanto a curiosos como a hombres de ciencia. Desde hacía varias semanas, los diarios anunciaban que un informe pericial arrojaría luz sobre sus facultades mentales. No obstante, el debate judicial no se reduce a una querella entre alienistas: se trata de dirimir si la muerte de una niña fue causada deliberadamente y si la acusada premeditó su crimen. Al término de las deliberaciones, el jurado responderá afirmativamente a la primera cuestión y de forma negativa a la segunda.
Henriette Cornier tiene veintisiete años. La Gazette la presenta bajo el nombre de mujer Breton, apellido de su marido, de profesión cocinera, nacida en La Charité y con domicilio en la calle de la Pépinière en el momento de su detención. El 4 de noviembre anterior se presentó en la vivienda de los cónyuges Belon, donde se hallaba la pequeña de estos. Las crónicas procesales reproducen el auto de acusación y las declaraciones testimoniales; recogen asimismo, en ocasiones literalmente según el cronista, las respuestas de Cornier. Esta documentación permite reconstruir el procedimiento sin pretender suplantar las actas judiciales originales.
Ante el tribunal, reconoce haber entrado en casa de los Belon y haber tomado a la niña en brazos. Al preguntarle el presidente de la sala en qué instante concibió la idea de darle muerte, sus declaraciones vacilan. Manifiesta primero que la resolución le sobrevino «de repente»; luego sitúa dicho instante en su propia alcoba, para admitir más tarde que ya albergaba ese pensamiento al coger el cuchillo de la cocina. Requerida sobre si había premeditado el acto al llevarse a la pequeña, responde que no. El interrogatorio confronta de este modo una sucesión de hechos materiales admitidos con un relato interior incierto y contradictorio.
El padre, tendero de ultramarinos en la calle de la Pépinière, comparece como testigo. Refiere que se encontraba cerca de su establecimiento cuando vio caer la cabeza de su hija al arroyo de la calle. Se aproximaba un carruaje; la recogió antes de que fuera aplastada por las ruedas y la depositó sobre el mostrador. Al subir apresuradamente a la habitación, halló a Cornier sentada junto a la cama, contemplando el cuerpo. La crónica no se demora en la descripción de las heridas. Fija su atención en lo que cada testigo pudo percibir: la llegada del padre, el estupor de los progenitores y la actitud de la acusada.
Depone a continuación la señora Belon. Recuerda haber visto a Cornier acariciar a la niña y expresar el anhelo de tener una similar. Tras el crimen, según su testimonio, la criada le repitió por dos veces: «Su hija está muerta». Cuando intentó entrar en el aposento, Cornier le habría advertido de que serviría como testigo. Cornier asegura no recordar tales palabras. Su letrado puntualiza de inmediato el tiempo verbal consignado: según su apreciación, habría dicho «servirá usted» y no «serviría usted». En este matiz sutil, el jurado vislumbra ya la extrema dificultad de reconstruir con exactitud las frases de una escena estremecedora a partir de recuerdos alterados por el dolor.
El doctor Lacroix, que transitaba casualmente por la calle, confirma haber visto caer la cabeza y al padre precipitarse hacia ella. Subió luego a la estancia. Describe a Cornier sumida en un estado de estupor y mantiene suma prudencia cuando la defensa le interroga sobre si actuaba en pleno uso de su libre albedrío. Arguye que la observó durante un lapso demasiado breve para emitir una conclusión sobre su estado moral. El magistrado presidente subraya que la justicia ordenó examinar a la procesada durante tres meses por parte de médicos especialistas. Exige que los testimonios se ciñan a tales observaciones clínicas y a las deposiciones orales, desechando los comentarios aparecidos en la prensa. Esta advertencia cobra peso en una causa convertida en comidilla pública antes de que declarasen todos los testigos. La edición del 18 de junio publica un extracto del informe pericial; la del 25 de junio detalla los debates y la sentencia. La crónica no ofrece, pues, un expediente exhaustivo y aséptico: selecciona los interrogatorios y las escenas que causan mayor impresión en el lector. Mas preserva asimismo las vacilaciones, rectificaciones y reservas que enturbian el espectáculo anticipado. El presidente exhorta a los jurados a olvidar lo leído fuera de la sala, al tiempo que el propio periódico transcribe las incidencias del litigio. Esta tensión obliga al lector a discernir entre lo expuesto en estrados, la memoria de los testigos y el prisma de la crónica periodística.
Las declaraciones no componen una figura unívoca. Antiguos patronos describen a una sirvienta apacible y atenta con las criaturas. Otros recuerdan mudanzas singulares: etapas de jovialidad seguidas de mutismos repentinos, suspiros o una pesadumbre cuyo motivo era incapaz de explicar. Un testigo asevera que en ocasiones manifestaba deseos de arrojarse por una ventana; otro evoca su tentativa de suicidio en el Pont-au-Change, pocas semanas antes del delito. Sin embargo, el motivo alegado por ella en la vista diverge según los interrogatorios: ora el temor de Dios, ora los transeúntes que le habrían impedido el paso. Estas remembranzas ponen de relieve una angustia advertida por su entorno, sin aportar por ello un diagnóstico retrospectivo fehaciente.
El sumario recoge asimismo el historial de su propia maternidad. Varios testimonios revelan que dio a luz en el hospital de la Bourbe y entregó a su vástago a la inclusa de los Niños Expósitos, pese a que su hermano se había ofrecido a acogerlo. Una antigua patrona señala que Cornier lamentaba amargamente haberse desprendido de su hijo y que mostraba un semblante más sombrío desde aquella renuncia. Dichos pormenores se presentan en la vista como posibles indicios de su temple anímico; mas no bastan por sí solos para esclarecer el acto perpetrado contra la niña Belon. El tribunal rehúsa erigir una adversidad pretérita en causa jurídica determinante.
El informe de los alienistas Esquirol, Léveillé y Adelon se había difundido unos días antes. Los facultativos observaron a Cornier en la Salpêtrière entre el 25 de febrero y el 5 de junio de 1826. En el estado en que se hallaba entonces, constataron abatimiento, lentitud en el discurso y aflicción, mas ningún síntoma que revelara una enajenación mental general o parcial. Añadían, empero, una cautela decisiva: si la instrucción probaba una alteración duradera de su carácter con anterioridad al 4 de noviembre, el estado advertido tras el crimen bien podría ser la prolongación de una melancolía más remota. Su dictamen no dilucida de manera categórica el grado de discernimiento que poseía en el momento preciso de los hechos.
En el estrado, se inquiere a Esquirol sobre la posibilidad de que un individuo ejecute un acto con destreza material hallándose desprovisto de razón. El médico responde afirmativamente, apoyándose en casos observados a lo largo de su práctica. El doctor Pressac, propuesto por la defensa, cita diversos ejemplos de lo que denomina «monomanía espontánea», hipótesis científica sumamente discutida durante el juicio. Conviene no asimilar este término histórico a una categoría clínica contemporánea ni a una certeza indubitada: los peritos sustentan pareceres divergentes, en tanto que el tribunal popular debe circunscribirse a las preguntas formuladas por la ley.
El fiscal general Bayeux sostiene la acusación pública. La crónica indica que los abogados defensores, señores Gauthier-Biauzat y Fournier, centran sus esfuerzos en probar que no medió voluntad deliberada de cometer homicidio. La pregunta formulada al jurado conjuga el homicidio voluntario con la circunstancia de premeditación. Los jueces de hecho declaran probado el homicidio, pero descartan la premeditación; el periódico no profundiza en la fundamentación jurídica que subyace a semejante determinación.
El jurado delibera durante tres cuartos de hora. Responde afirmativamente a la imputación de homicidio voluntario, mas dictamina que el crimen fue cometido sin premeditación. La sala condena a Henriette Cornier a la pena de trabajos forzados a perpetuidad, previa exposición pública y marca con hierro candente. No se trata de una absolución ni de una declaración médica de demencia: el fallo asienta la culpabilidad por homicidio voluntario y desestima la alevosía reflexiva. La Gazette consigna que la reo escuchó la sentencia sin exteriorizar turbación alguna; apreciación del cronista que no faculta para descifrar el fuero interno de la condenada.
Concluido el proceso, la controversia psiquiátrica continuó en las columnas de la prensa y en los tratados de medicina legal. La justicia, por su parte, dictó su resolución. Se apoyó en los actos probados, en las palabras declaradas y en la frontera que trazaron los jurados entre la mera voluntad delictiva y el designio premeditado. Lo tenue de esta distinción no aminoró el rigor del castigo; evidenció más bien que la vista oral no logró disipar todas las sombras. Mantuvo separadas dos cuestiones que el sobrecogimiento del auditorio amenazaba con confundir: lo que la encausada perpetró materialmente y lo que había resuelto de antemano. La niña pereció, Cornier resultó condenada y el tribunal debió fallar con arreglo a lo que las pruebas permitían acreditar, sin pretender convertir lo inexplicable en certidumbre dogmática. El veredicto zanjó el litigio en los límites de la pregunta formulada; el estamento médico conservó su prudente reserva. Los facultativos habían examinado a Cornier tras su arresto, pero sus observaciones de presidio no bastaban para reconstruir su mente aquel fatídico 4 de noviembre. La distancia irreductible entre tales formas de certeza constituye el enigma que este célebre proceso dejó sin clausurar.
