En Rodez, hicieron apostarse a soldados en la sala de vistas para que una mujer pudiese declarar. Debían conformar una barrera entre Clarisse Manson y los procesados, velarle los rostros y conferirle el aplomo necesario para que al fin depusiera lo que de ella se aguardaba. El hijo del asesinado había impetrado semejante amparo, que el presidente del tribunal concedió sin tardanza. Subsistía, empero, una dificultad insoslayable para los uniformes: Manson declaraba ora haberlo presenciado todo, ora hallarse en la más absoluta ignorancia.
Discurre el mes de agosto de 1817. Desde hace cinco meses, la violenta desaparición de Fualdès embarga la vida en Rodez. Los testimonios se propagan de los hogares a las celdas, de las prisiones a las declaraciones juradas; se evoca un comentario, luego a quien lo hubo recogido, luego al encargado de transmitirlo. A fuerza de desentrañar semejante madeja de murmuraciones, la justicia confía en esclarecer una velada de sobra conocida por su atrocidad. No obstante, una patraña reiterada puede volverse más prolija sin que por ello gane en veracidad. Numerosas vidas penderán de ese sutil distingo.
El 20 de marzo se había hallado en el río Aveyron el cadáver de este antiguo magistrado, segado por una anchurosa herida en la garganta. La víspera, al anochecer, había abandonado su morada para no regresar jamás. Sus allegados aguardaron en vano; llegada el alba, la pesquisa del ausente derivó en la caza implacable de sus homicidas. Contaba con influyentes relaciones, negocios de caudal e importantes documentos cuyo destino apremiaba averiguar. Cuantos lo habían frecuentado se verían forzados a justificar no sólo su paradero aquella noche funesta, sino cuanto hicieron y dijeron tras el luctuoso trance.
Las sospechas no tardaron en cercar la casa Bancal, en la calle de los Hebdomadiers. Este inmueble de baja estofa albergaba a múltiples inquilinos, por lo que haber franqueado su zaguán no implicaba forzosamente trato con los Bancal. Semejante matiz revestía un peso cardinal para los reos, si bien claudicaba con presteza ante la imagen que cobraba pábulo en la opinión: un caballero conducido con engaño hasta una cocina, firmas arrancadas a la fuerza, una mesa mutada en patíbulo sangriento y un fardo inerte transportado hacia la corriente. La crónica publicada en 1827 asume de plano esta reconstrucción como la verdad palmaria del crimen; mas los debates procesales que transcribe evidencian cómo fue apuntalada, contradicha y enmendada al compás de los interrogatorios.
Entre los detenidos figuraban Bastide-Gramont, acaudalado propietario, y Jausion, agente de cambio. Su elevada posición confería al sumario un cariz descollante: para el ministerio fiscal, prohombres respetables habrían reclutado a sus sayones entre el hampa que frecuentaba un tugurio ignominioso. Los vínculos crematísticos con Fualdès debían justificar el derramamiento de sangre. La defensa, no obstante, invertía la lógica del argumento: si Jausion era acreedor del difunto, ¿qué lucro obtenía suprimiendo a su deudor? Las mismas letras de cambio servían así a dos razonamientos diametralmente opuestos. Tras la aritmética de los pagarés, el hijo de Fualdès pugnaba asimismo por salvaguardar la memoria y el patrimonio paternos.
Una niña de ocho años, Madeleine Bancal, desempeñaba un cometido espeluznante en las actuaciones. Varios adultos trasladaban cuanto ella presuntamente les confiara: escondida en un jergón, aseguraba haber presenciado la carnicería a través de una desgarradura de la cortina. Sus revelaciones circulaban sin freno por el hospicio donde había sido recluida; desfilaban curiosos a interrogarla, y sus pretendidas palabras desembocaban en la sala de audiencias por boca de los mayores. En Albi se disputaría más tarde si convenía dar lectura formal a sus declaraciones, a lo que el tribunal se negaría en redondo. El relato infantil, empero, no cesaba de permear el juicio merced a cuantos juraban habérselo oído referir.
Otras confesiones procedían de encausados que afrontaban el cadalso. Bousquier reconocía haber colaborado en el traslado del cadáver, aunque aducía haber sido arrastrado a una faena cuya ominosa índole ignoraba al principio. Bach, a su vez, mudaría de parecer en sucesivas deposiciones. Semejantes revelaciones brindaban detalles preciosos a los acusadores, pero servían a la par para mitigar la culpa propia. Los letrados defensores sacaban partido de este doble filo: quien detalla el crimen en el que se le imputa complicidad jamás habla desde la neutralidad o el desinterés.
Fue en este dédalo de confidencias donde Clarisse Manson cobró de súbito una relevancia exorbitante. Hija de un magistrado y madre de familia, había comentado el suceso con el oficial Clémandot. Este creyó deducir que la dama se hallaba en casa de los Bancal mientras se consumaba el degüello. Ella lo negó, admitió después haber pergeñado una aventura galante y sostuvo luego que todo era pura invención. Medió su progenitor; el prefecto la sometió a extenuantes interrogatorios y se rubricó un acta formal. Tras ello, rebrotaron las retractaciones. Cada interlocutor se aferraba con celo a la versión que había arrancado de sus labios, y Manson se vio pronto sitiada por sujetos que parecían saber harto mejor que ella lo que le incumbía declarar.
Su historia, cuando osaba sostenerla, era la de una viandante refugiada en un portal expedito, empujada a un gabinete y aterrada por ruidos sordos y estertores agónicos. Un desconocido la habría auxiliado a salir. ¿Quién? Jamás reveló su gracia. Las preguntas inquirían identidades; ella oponía la tiniebla, el desconcierto y el espanto. Sus repetidos desvanecimientos encendían los ánimos de la concurrencia, mas no aportaban certeza alguna. El defensor de Jausion exigía asertos categóricos: ¿cómo contrarrestar una inculpación que cada cual presumía deducir de un mutismo calculador?
La primera vista concluyó en Rodez aquel septiembre con cinco penas de muerte. La Corte de Casación anuló la sentencia el 9 de octubre por vicios de forma. Era menester retrotraer las actuaciones. Semejante comparecencia de nuevo cuño ante el jurado distaba de restituir la libertad a los reos; abría, en rigor, un careo aún más encarnizado. Además Manson, que otrora compareciera en calidad de testigo, figuraba ya encausada formalmente como cómplice. En Albi, donde los debates se reanudaron el 25 de marzo de 1818, se halló sentada en la misma bancada que aquellos hombres de los que antaño se la procurara preservar.
Relató una vez más el zulo, los gritos de espanto y la huida de la casona. En esta ocasión, señaló a Bastide como el agresor que pretendió degollarla. En cambio, rehusó confirmar si había reconocido a Jausion. Los jueces porfiaban: ¿no había sido acaso este último su salvador? ¿Podía la gratitud excusar el disimulo de su nombre? Se tejía una explicación en torno a sus evasivas sin que ella la suscribiera de modo fehaciente. Manson arguyó que comparecía en calidad de acusada, que le asistía el deber de defenderse y que su connivencia criminal debía ser probada sin sombra de duda. Le exigían nombres ajenos cuando le urgía salvar el propio.
Un detalle pinta de cuerpo entero la encrucijada judicial. Describió el borboteo de la sangre al precipitarse en un barreño. Requerida sobre cómo podía constarle tal extremo, adujo haber oído estertores que le hicieron presumir que estaban desgorronando a una persona. Entre una percepción confusa y la certidumbre que de ella se infiere, media un abismo sustancial. En una sala sobrecogida de antemano por el dramatismo, dicho abismo se salvaba con pasmosa ligereza. Su letrado bregaba por la absolución; los defensores de los demás reos batallaban para que sus mudanzas no revirtieran sistemáticamente en perjuicio de sus representados.
El proceso, con todo, no descansaba exclusivamente en sus hombros. Théron juró haber divisado a la comitiva fúnebre portando el despojo y haber reconocido a varios individuos. Bastide rebatió que semejante agudeza visual fuera concebible en la cerrazón de la noche. La viuda Bancal depuso sus negativas iniciales y admitió que Fualdès había sido arrastrado a su estancia; Bach aportó un testimonio inédito que lo situaba mucho antes en la casa. Unos y otros se inculpaban, se defendían o rectificaban sobre la marcha. Bastide denunció que los testimonios estaban calcados unos de otros. Jausion perseveró en su inocencia. Al jurado correspondía calibrar el valor intrínseco de aquellas declaraciones, y no meramente su acumulación numérica.
Concluidos los debates en mayo de 1818, Manson fue absuelta por unanimidad y puesta en libertad sin cargos. Bastide y Jausion resultaron convictos de asesinato premeditado y robo con fractura. El tribunal dictó cinco sentencias capitales: contra ellos dos, Colard, Bach y la viuda Bancal. Anne Benoît fue condenada a trabajos forzados a perpetuidad; Missonnier, exonerado del homicidio y de su complicidad pero declarado culpable de colaborar en el hundimiento del cadáver en las aguas, recibió dos años de prisión. El fallo escindía de este modo destinos que el ministerio fiscal había amalgamado sin miramientos.
Desestimado el recurso de casación, Bastide, Jausion y Colard marcharon al cadalso el 3 de junio. La crónica de la época los retrata clamando aún su inocencia antes de enfilar la guillotina. Bach y la viuda Bancal se salvaron temporalmente de la cuchilla aquel día, al ser requeridos como testigos en un procedimiento anejo. Con posterioridad, otros tres imputados —Vence, Constans y Bessières-Veinac— obtuvieron la absolución judicial: ciertas deposiciones los incriminaban, mas otras respaldaban sólidamente sus coartadas.
Manson franqueaba las puertas del presidio. Tres hombres yacían ajusticiados. Otros tantos habían burlado el castigo. Incluso la crónica de 1827, no obstante su cerril convicción respecto a la culpa de los reos, remata sus páginas reconociendo que el enigma sigue sumido en la penumbra. El cordón de soldados no había sido más que un lance efímero en aquel prolongado litigio. Había velado semblantes para forzar el brote de una verdad; no logró, sin embargo, impedir que las palabras, una vez proferidas a los cuatro vientos, cobraran en cada fuero interno un significado irremediablemente distinto.
