Hizo falta una lavandera para devolverle el nombre a un muerto al que París había contemplado durante semanas. La policía disponía de ropas, descripciones y hasta de un busto de escayola; ignoraba aún a qué puerta llamar. Calamar, en cambio, conocía un andar y una verruga en el mentón. Esta nimiedad, prendida al recuerdo de un hombre vivo, conduciría a los pesquisidores a la calle Saint-Germain-l’Auxerrois. Reabriría asimismo otra puerta: la de una mujer asesinada cinco meses antes.
El 19 de julio de 1814, el portero del número 7 de la calle de la Grange-Batelière se inquieta. Lleva tres días sin ver a la señora Vaume. Una ventana permanece abierta; sus llamadas quedan sin respuesta. Sube por una escalera de mano y descubre en la cocina el cadáver de aquella inquilina que vivía sola. Jeanne-Marie Dautun, esposa separada del doctor Vaume, contaba cincuenta y tres años. La víspera de su desaparición, había encargado una porción suplementaria de leche para recibir a alguien a almorzar. Este modesto pormenor doméstico se convierte, tras el crimen, en una interrogante sin destinatario seguro: ¿a quién aguardaba?
Faltan un reloj y objetos de plata. Otros efectos de valor han quedado en el aposento. El robo, por tanto, no brinda de entrada una explicación cabal, y los vínculos familiares no arrojan mayor luz. La señora Vaume tenía en particular dos sobrinos, Auguste y Charles Dautun. El primero había partido rumbo a Bélgica a comienzos de julio. El segundo, cuando coincide más tarde con Calamar, antigua criada de su tía, asegura ignorar lo que le haya ocurrido. La mujer que había servido en aquella casa guarda la memoria de quienes la frecuentaban; recobrará su rastro en un asunto que nadie relaciona todavía con este.
El 9 de noviembre, diversos hallazgos en distintos puntos de París revelan un nuevo homicidio. Los restos de un hombre han sido dispersados entre el Sena, el Louvre y los Campos Elíseos. Se reúnen los despojos; se busca una identidad. La ropa blanca ostenta marcas; el cuerpo, particularidades que los médicos consignan. El rostro se reproduce en yeso. Mas ni la exposición pública en la Morgue ni las diligencias emprendidas bastan para dar un nombre a la víctima. La instrucción posee unas señas; le falta alguien capaz de reconocer en ellas a una persona.
Calamar ha estado enferma. Cuando oye hablar, al fin, de una verruga en la barbilla y de una pierna que hacía cojear a aquel desconocido, piensa en Auguste. Se encamina al número 79 de la calle Saint-Germain-l’Auxerrois, donde este residía. El casero hace mucho tiempo que no lo ve. La habitación sigue cerrada. La lavandera prosigue sus pesquisas, pasa por la Morgue y reconoce luego, en el busto conservado en la prefectura, al hombre que conoció. El nombre queda rescatado: Auguste Dautun, antiguo recaudador del registro en Bruselas, hermano de Charles y sobrino de la señora Vaume.
Se fuerza la puerta de su cuarto. Quedan rastros de sangre en una vivienda desordenada. Se han llevado prendas y enseres. El 16 de diciembre, mientras continúan allí las pesquisas, aparece Charles. Llega, según dice, a pedir noticias de su hermano. Es conducido ante la policía. Este visitante que acude en busca de un ausente debe explicar pronto qué sabe de su desaparición y qué ha hecho con sus bienes. A medida que las preguntas se vuelven más apremiantes, sus respuestas mudan.
Comienza por incriminar a su primo Girouard. En una declaración se atribuye el papel de mero auxiliar: el homicidio habría sido perpetrado por otros, habiéndose limitado él a colaborar en la desaparición del cuerpo. Luego exculpa a Girouard y asume la autoría del crimen. El 24 de diciembre confiesa también haber matado a su tía para despojarla de fondos con los que jugar. Estas confesiones aportan precisiones sobre objetos vendidos y sobre los pormenores de ambas causas. No constituirán, sin embargo, su última versión. Ante los magistrados, Charles se retracta: asegura haber querido salvar a su primo.
Cada nueva manifestación altera de este modo la posición de Girouard en el proceso. Charles lo acusa, lo libra de culpa y vuelve luego a arremeter contra él; su primo debe defenderse de una palabra mudable que no deja de amenazarlo. Los investigadores cuentan, empero, con otros elementos: los objetos empeñados, los desplazamientos acreditados, los testigos que vieron pasar ropa blanca de una casa a otra. Habrá que confrontar tales vestigios con las versiones sucesivas. Para Girouard, la distancia entre lo que Charles asevera y lo que cabe probar pone en juego su propia vida.
La vista pública se abre el 23 de febrero de 1815. Dos hombres comparecen en el banquillo, pero sus situaciones difieren. Charles responde de los dos asesinatos y de los robos. Girouard comparece acusado de complicidad en la muerte de Auguste. Se conocen desde la infancia; su parentesco, sus tratos y sus estrecheces de dinero ocupan gran parte de la audiencia. El ministerio público recalca los antecedentes de Girouard, sus lances militares, su conducta conyugal. Todo ello recarga su semblanza. Falta dilucidar qué demuestra semejante retrato acerca del crimen.
Una mujer, la señora Leblond, había visto a un hombre con un fardo detenerse en las gradas de una iglesia. El episodio coincide con un detalle referido por Charles en una declaración anterior. Sin embargo, interrogada ante el tribunal, no reconoce al acusado. El indicio alimenta los debates sin aportar la identificación concluyente que pudiera buscarse en él. El sumario avanza así, entre analogías, resistencias y respuestas que no se pliegan todas en una misma dirección.
El cirujano Dupuytren expone sus observaciones sobre el cadáver de Auguste. La ausencia de lesiones defensivas en las manos le lleva a concebir la intervención de varios agresores: pudieron haberle sujetado las manos mientras le asestaban los golpes. Presenta esta deducción con una reserva explícita. En su informe fiscal, el abogado general Girodet le atribuirá no obstante la fuerza de una certidumbre, antes de señalar en Girouard al segundo hombre. Entre ambos razonamientos, la hipótesis ha ganado un aplomo que el facultativo no le había conferido.
El testimonio de la mujer Garnier devuelve los debates a los gestos menos elocuentes de la vida cotidiana. Sirvienta de Charles, relata su regreso con ropa blanca el 10 o el 11 de noviembre. Lo vio leer papeles sellados y luego quemarlos. Le ordenó descoser de la lencería las iniciales A. D. para sustituirlas por C. D. Auguste se transformaba en Charles a golpe de aguja. Refiere asimismo la llegada de Girouard, que buscaba cobijo tras la marcha de su esposa. En cuanto a varias manifestaciones que Charles imputa a su primo, la sirvienta no confirma su versión.
Girouard no sale de allí exento de toda sombra de violencia. Su esposa depone sobre amenazas y sobre la indigencia en que la dejaba. Mas no acude a atestiguar un asesinato del que tuviera noticia. Escucharla permite justamente discernir lo que ella padeció de lo que otros pretendieron deducir de sus palabras. La distinción resulta capital para un procesado cuyos vicios parecen invocarse sin cesar para suplir una prueba ausente.
El letrado Bexon, su defensor, centra entonces su alegato en una llave y en unos pocos días de noviembre. Charles sostiene que Girouard le entregó la llave de la vivienda de su hermano el día 14. Ahora bien, recuerda el abogado, diversos muebles y efectos fueron retirados ya los días 10, 11 y 12. ¿Cómo explicar, mediante una entrega tardía, el acceso del que Charles disponía de antemano? La defensa opone esta cronología a la acusación que aquel se obstina en mantener. Una llave puede franquear un aposento; mas esta, en la lógica de Bexon, no cierra la demostración de cargo contra Girouard.
La defensa de Charles es más precaria. El letrado Dumolard solicita a los jurados que contrapesen las retractaciones con las confesiones y que no confundan la prueba del hurto con la del homicidio. Hasta la conclusión de los debates, su cliente niega haber dado muerte a su hermano. Las amonestaciones del presidente no arrancan la declaración terminante que la sala aguarda. Los jurados se retiran a deliberar con aquellas palabras contradictorias y el peso de los cargos que acaban de oír.
Regresan a las tres de la madrugada. Girouard resulta absuelto de la complicidad de asesinato y de robo. El presidente ordena su puesta en libertad, salvo que medie otra causa de detención, y le dirige una severa reprensión sobre su reputación. Aun exonerado del cargo criminal, este hombre debe escuchar que una conducta más recta lo habría puesto a resguardo del recelo. La crónica judicial lo describe desfallecido, sostenido en vilo al abandonar la sala. Charles, por su parte, es declarado culpable de ambos asesinatos con premeditación y de los dos robos. El tribunal lo condena a muerte.
Interpone recurso de casación el 27 de febrero. Su petición es desestimada. El 29 de marzo de 1815, Charles Dautun es ejecutado. Según la crónica antigua de sus últimos instantes, sostiene aún que Girouard le entregó la llave. El juicio separó sus destinos; su postrera imputación intenta vincularlos una vez más. No alterará la absolución. En el origen de esta causa, una mujer había reconocido a un hombre detrás de unas señas. A su término, los jurados hubieron de discernir entre dos reos a los que tantas palabras empujaban a confundir.
