La llave había sido devuelta; Hannah Brown no había regresado. Y, sin embargo, había asegurado a su patrona que volvería el lunes, acompañada de su marido, para saldar lo que aún adeudaba. El martes, otra inquilina entregó la llave. El miércoles, cuando entraron en la estancia, no quedaba allí más que una jaula de pájaros. Los muebles se habían vendido antes de la boda. Todo semejaba la partida concertada de una mujer que emprende una nueva vida.
El matrimonio debía celebrarse el día de Navidad de 1836. Hannah había pedido a Evan Davis que la condujera al altar; la hija de la casa oficiaría de dama de honor. Se había acordado cenar juntos. El prometido se llamaba James Greenacre. Pocas semanas después, Londres conocería su nombre mucho mejor que el de la mujer a quien había jurado desposar.
El domingo fijado para las nupcias
Hannah Brown se ganaba el sustento lavando y calandrando ropa. Ocupaba una cocina situada en la parte delantera de una casa de Union Street, cerca del Middlesex Hospital. Su hermana, su hermano, sus conocidos y las personas que la habían hospedado comparecerían pronto ante un tribunal para explicar lo que, hasta entonces, a nadie más que a ellos había importado: sus ropas, sus costumbres, el reloj que poseía, las disposiciones tomadas para desalojar su vivienda.
Había criado a una sobrina a quien llamaba su hija. También había hablado de abrir una tienda de frutas y repostería. Este proyecto consta en la declaración de una amiga, sin que sepamos con certeza cuán adelantados estaban sus preparativos. Baste recordar que aquella mujer albergaba otros afanes muy distintos de los que la justicia convertiría en su única historia. Trabajaba, hacía planes, vendía sus muebles y disponía una boda.
Las amonestaciones ya se habían publicado. El sábado 24 de diciembre, Hannah debía pernoctar en casa de Catharine Glass, quien la aguardó en vano. Greenacre, por su parte, se presentó a deshora en el domicilio de los Davis. Anunció que el compromiso se había roto: los caudales de su prometida distaban mucho de lo que él había esperado. Una disputa de dineros ocupaba así el lugar del banquete nupcial. Quienes hubieran podido alarmarse recibían la noticia del fin del enlace de boca del mismísimo hombre a quien habían encomendado a su amiga.
La diferencia entre ambas situaciones era abismal. Una mujer podía desistir de su matrimonio, alterar sus proyectos, marcharse sin advertir a todo el mundo. Una mujer desaparecida exigía que se saliera en su búsqueda. Al relatar la ruptura, Greenacre proporcionaba una coartada para aplazar aquella segunda sospecha.
Una desconocida en Londres
El 28 de diciembre, parte del cadáver de una mujer fue hallado cerca de Edgware Road. Otros restos fueron apareciendo dispersos, en particular en el Regent’s Canal a principios de enero. Los investigadores se hallaban ante una víctima cuya identificación se había pretendido impedir a toda costa. El clamor que despertó el hallazgo no facilitaba en absoluto averiguar su nombre.
El expediente judicial conserva las pesquisas, los exámenes forenses y los efectos recabados. Impone asimismo una contención de la que carecían los folletos sensacionalistas que pululaban en torno al suceso. Detallar las mutilaciones inferidas al cuerpo no ayudaría a comprender quién fue Hannah. Importa, en cambio, lo que consiguieron para el homicida: habían retrasado el instante en que alguien pudiera denunciar una ausencia y señalar hacia quién dirigir las sospechas.
Ese momento llegó en marzo. Ciertos allegados reconocieron a Hannah Brown. Su hermano William Gay y su hermana participaron en dicha identificación. Las prendas de vestir y los enseres personales ofrecieron nuevos indicios concordantes. La desconocida de las gacetas impresas recobraba su entorno; la investigación daba al fin con el prometido.
William Gay pudo entonces evocar un encuentro acaecido después de Navidad. En una tienda, le habían presentado a Greenacre como el hermano de Hannah. Describió ante el tribunal la honda zozobra que creyó advertir en aquel hombre. Una mera impresión no constituía prueba de asesinato. Adquiría, no obstante, un sentido revelador sumada a la desaparición, al anuncio de la ruptura y a los bienes de la mujer buscada que estaban a punto de ser localizados.
Dos personas en la misma estancia
Greenacre convivía con Sarah Gale. Ella se dedicaba principalmente a la confección de calzado y la acompañaba un niño. Varios testigos acudirían a declarar en su favor, para ponderar su laboriosidad y los servicios que había prestado. Dicha existencia resulta menos visible en las crónicas de la época que su cercanía física con el acusado. El tribunal debía, no obstante, dirimir qué era lo que ella misma había hecho y sabido.
El sargento Michael Carrow Brown situó en el domingo 26 de marzo, hacia las once y media de la noche, la entrega de ambos prisioneros en su comisaría. Las actas señalan en otro pasaje una fecha distinta para la intervención policial; su testimonio permite al menos fijar aquel momento de la custodia. En la vivienda común, los registros sacaron a la luz prendas de vestir, un reloj oculto en el jergón y resguardos de empeño. Quienes la conocían reconocieron de inmediato que aquellos objetos pertenecían a Hannah.
Durante esa misma noche, Greenacre intentó quitarse la vida y fue socorrido a tiempo. Después, habló con los agentes. Su versión admitía haber ocultado el cadáver, pero negaba el homicidio: Hannah, sostenía, había perecido a consecuencia de una caída accidental. Justificaba lo acaecido después por el pavor a ser inculpado. A su entender, el horror de los actos perpetrados tras el fallecimiento debía servir cabalmente para desviar la atención del instante preciso en que la muerte se produjo.
Afirmó asimismo que Gale era del todo ajena al crimen. Ella sostuvo, por su parte, no haber estado presente y ofreció explicaciones sobre los efectos encontrados en su poder. La instrucción confrontó algunas de sus declaraciones con las fechas de sus estancias y los recuerdos de los caseros. Eran contradicciones de peso; mas no permitían convertirla, por mera contigüidad, en autora material de la muerte.
Lo que las pruebas podían revelar
La vista oral dio comienzo en abril. El ministerio público acusaba a Greenacre de homicidio y a Gale de encubrimiento posterior a los hechos. Esta segunda calificación entrañaba determinar si ella había auxiliado al reo a sabiendas del crimen que este había perpetrado. Coabitar con él no bastaba para dar una respuesta.
La defensa reclamó las declaraciones practicadas en la pesquisa del forense. Denunció asimismo la condena implacable que ya dictaban los periódicos. El público conocía una historia monstruosa antes de que los jurados hubiesen escuchado a los testigos; era menester someter a su examen hechos cuyo significado todos creían poseer de antemano.
Ocurrió así con un saco, asociado al que había envuelto parte de los despojos mortales. El operario de un fabricante de calandras detalló sus marcas y su procedencia. La coincidencia resultaba de peso. Sin embargo, también se habían utilizado sacos semejantes para transportar virutas a casa de Hannah. El juez recordó con prudencia que la mera posesión de un saco no acreditaba por sí sola la adquisición premeditada de un medio para ocultar un cadáver. En una causa saturada de certezas populares, aquella reserva merecía ser escuchada.
Los facultativos fueron interrogados sobre la naturaleza de las heridas y la viabilidad de una caída accidental. Sus dictámenes contradecían la versión expuesta por Greenacre; sus respuestas, con todo, matizaban el cuadro. Ciertas lesiones pudieron producirse post mortem. Uno de los médicos no logró dirimir si una herida en particular había sido provocada por el puño o por algún otro objeto contundente. Respecto al momento exacto de una incisión, la controversia médica dejaba un margen indeterminado entre el hálito de vida y los instantes que le siguieron de inmediato.
El informe médico no ofrecía, por consiguiente, un cuadro incontestable de los hechos. Brindaba observaciones y conjeturas que debían cotejarse con las palabras del acusado, con su conducta y con los testimonios restantes. Nadie acudió a relatar una muerte que hubiera presenciado por sus propios ojos. El veredicto debía emanar de ese conjunto de indicios, sin que las lagunas fuesen suplidas por la imaginación del gentío.
Dos sentencias
El 11 de abril, tras dos jornadas de juicio, los jurados declararon a los acusados culpables de los respectivos cargos imputados. Las sentencias se pronunciaron al día siguiente: pena de muerte para James Greenacre; para Sarah Gale, deportación a perpetuidad. No se la condenó como homicida. La distinción entre ambos fallos no desaparece por el hecho de que sus nombres quedaran impresos en las mismas portadas.
Las crónicas sobre los últimos días de Greenacre añadieron una confesión tardía a las que el público ya creía conocer. Un folleto de la época refiere que habría admitido ante los sheriffs haber dado muerte a Hannah tras una agria disputa. Tal relato no coincide, en sus pormenores, con las versiones posteriores. Extraer de allí una reconstrucción indubitable equivaldría a secundar el afán de los mercaderes del sensacionalismo. Queda como una declaración diferida, referida con posterioridad al fallo.
Greenacre fue ajusticiado frente a la prisión de Newgate el 2 de mayo de 1837. La multitud abarrotaba las calles aledañas; el folleto describe incluso a los espectadores encaramados en los tejados. Señala que su cadáver fue sepultado después en el recinto del presidio. En cuanto a Gale, las actas aquí consultadas confirman la condena de deportación vitalicia; no permiten, en cambio, documentar su travesía ultramarina ni el curso de sus años venideros.
Londres contaba ya con un reo célebre, un patíbulo concurrido y pliegos de cordel para vender. Hannah Brown había tenido un oficio humilde, una sobrina, el proyecto de una tienda y unos amigos que la aguardaban el día de su boda. La llave de su estancia había vuelto a manos de su patrona. Era la única parte de su anunciado regreso que llegó a cumplirse.
