Sarah Mancer había llamado a la puerta del ayuda de cámara antes de bajar, tal como solía hacer para anunciar el regreso del día en aquella pequeña casa donde cada cual conocía la hora de los demás. Unos minutos más tarde, volvió a subir casi a la carrera. Abajo, los cajones estaban abiertos, los objetos mudados de sitio, un fardo abandonado; la puerta de la calle ya no cerraba como era debido. Venía a despertar a un hombre. Lo encontró vestido.
Fue una circunstancia entre muchas, recogida más tarde en las actas del juicio: François Benjamin Courvoisier tardaba de ordinario más tiempo en asearse y componerse. En aquel instante, ella no tenía motivo alguno para reparar en semejante diferencia. Cuando una casa parece haber recibido la visita de los ladrones, uno no empieza por sospechar de aquel a quien acude a pedir socorro. El criado bajó con ella. Era preciso avisar a su señor.
Lord William Russell ocupaba su dormitorio en el segundo piso. Courvoisier fue hacia el lado de las ventanas; Sarah se aproximó a la cama. La mancha que descubrió sobre la almohada volvió superfluas las precauciones habituales con que se arranca del sueño a un anciano. Lord William estaba muerto, degollado. Sarah salió en busca de auxilio. El 6 de mayo de 1840, en Norfolk Street, cerca de Park Lane, la casa que pocas horas antes aún observaba sus costumbres se llenó de extraños.
No tenía, sin embargo, nada de palacio. Dos piezas por planta, escaleras que las sirvientas transitaban de la mañana a la noche, una cocina en el semisótano, un cuartucho del que disponía el ayuda de cámara: en aquel espacio angosto, la existencia de un aristócrata se repartía entre una biblioteca, una mesa y una cama. Russell acudía a su club, volvía a cenar, leía y luego hacía sonar la campanilla para que lo ayudaran a acostarse. Era viudo desde hacía mucho tiempo. Se puede pertenecer a una gran familia y no tener por testigos de los últimos días más que a las personas encargadas de llevarle a uno el café.
Courvoisier, un joven suizo, llevaba poco tiempo a su servicio. Conocía ya las costumbres de la casa lo bastante para quejarse de ellas ante el resto de la servidumbre; lo bastante también para saber dónde guardaba su señor las pertenencias a las que tenía apego. En las crónicas de la pesquisa, un descontento baladí cobra a posteriori proporciones descomunales: una orden olvidada, un recado mal cumplido, un amo irritado. Conviene no transformar cada disgusto en un presagio de asesinato. Millares de criados soportaban reconvenciones sin matar a nadie. Lo que allí aconteció exige más que el mero retrato de un patrón intratable.
La víspera, Russell había regresado de su club en un carruaje de alquiler, porque no se había transmitido un recado destinado a su cochero. La cena siguió su curso ordinario. Las dos mujeres de la casa, Sarah y la cocinera Mary Hannell, se habían retirado, dejando a Courvoisier disponible para el último servicio. Se habían trancado los accesos. Más tarde, el amo había llamado. Aquella sucesión de ademanes, que a nadie habría interesado si la noche hubiese terminado como todas las noches, se convirtió en la primera labor de quienes buscaban a un asesino.
Hubo que examinar las puertas una por una. La de la calle, la entrada baja por la que se había salido a buscar cerveza, el pasadizo que daba al aposento del ayuda de cámara. Courvoisier señaló unas marcas en una puerta: los ladrones, insinuaba, habían entrado por allí. Se ofrecía una explicación ya dispuesta, con la ventaja de atribuir el desorden a un autor ausente. Los agentes no quedaron convencidos. La casa contaba, en efecto, la historia de un allanamiento; pero la contaba con un esmero que despertaba su recelo.
En una prenda atada como un fardo se habían reunido objetos cuya diversidad parecía destinada a representar un botín. Entre ellos figuraban menudencias que un ladrón habría podido deslizar en el bolsillo, sin necesidad de engorros semejantes. En otros aposentos, los cajones abiertos apenas habían perdido nada de su contenido. Nada de todo aquello señalaba por sí solo una mano determinada. Pero era razonable preguntarse por qué los presuntos intrusos se habían tomado la molestia de exhibir lo que no se habían llevado.
Se buscó entonces lo que faltaba verdaderamente. Un billete de banco, un reloj, joyas, dinero: la nómina de las ausencias impuso su precisión al espectáculo del pillaje. Se examinaron los efectos del ayuda de cámara sin que se descubriera al principio la prueba anhelada. Permaneció bajo vigilancia. El matiz es de importancia: una convicción policial puede preceder a su demostración, y los investigadores habrían errado si hubiesen tomado su propio desconcierto por una confirmación. Les era preciso hallar algo más que el carácter sospechoso de un doméstico extranjero y su turbación ante el cadáver.
El 8 de mayo, el registro descendió a ras de suelo. Tras los rodapiés del cuarto utilizado por Courvoisier asomaron anillos, monedas y luego otras piezas que la casa reconoció. El billete desaparecido se hallaba asimismo oculto allí. Las pesquisas prosiguieron tras el arresto del criado: el 13 de mayo, se halló un reloj en un escondrijo dispuesto junto al fregadero, bajo el plomo. Lo que parecía haber sido abandonado por los ladrones no había salido de la casa. Los objetos aguardaban a que se abriese aquello que todavía los separaba de sus dueños.
En el silencio que imaginamos en torno a semejante hallazgo, la sospecha mudaba de peso. Un escondite situado en el espacio familiar del criado no tenía el mismo alcance que una joya caída al azar en un corredor. Varios descubrimientos se correspondían entre sí, y la tramoya del allanamiento debía explicar en adelante esa extraña prudencia de unos salteadores capaces de matar, registrar y, acto seguido, dejar su dinero tras un zócalo.
Courvoisier, ya preso, hubo de preparar su defensa. Una suscripción abierta por sirvientes extranjeros contribuyó a sufragarla: quienes lo socorrían no poseían los conocimientos que las semanas venideras habrían de aportar. Podían temer que una casa inglesa se librara con demasiada presteza de su crimen mediante la condena del suizo que en ella servía. Su gesto merece conservar su significación primigenia. Amparar a un acusado no equivale a conocer sus actos; es exigir que estos se esclarezcan antes de disponer de su vida.
En el mes de junio, el proceso atrajo a esa buena sociedad que gusta de reencontrar a sus familias en las listas de espectadores. El apellido del difunto bastaba para abarrotar la sala. Sin embargo, el indicio decisivo provino de un lugar harto menos distinguido: un hotel francés de Leicester Place, regentado por una tal madame Piolaine. Allí se habían depositado unas piezas de platería. Fueron reconocidas como propiedad de Russell, y su hallazgo, sobrevenido durante la vista, confirió a las maniobras anteriores del ayuda de cámara una consistencia inédita.
La revelación desbarató a sus letrados. Según las crónicas antiguas de la causa, Courvoisier reconoció entonces su culpabilidad ante quienes lo asistían. Se comprende el aprieto en que se vieron: las confidencias de un procesado no anulan su derecho a ser defendido, pero tampoco permiten acusar a la ligera a inocentes para salvarlo. La conducta del abogado Charles Phillips habría de convertirse en motivo de enconada controversia. La defensa acababa de descubrir que su cliente le había ocultado lo esencial.
El jurado declaró culpable a Courvoisier. Con posterioridad se hicieron públicas unas confesiones en las que el reo vinculaba el homicidio al temor de perder su colocación y su crédito tras los hurtos. Tales declaraciones aportan una explicación; no nos franquean sin resistencia el ánimo de quien las formuló. Los criminales también cuentan su historia. El joven fue ajusticiado ante Newgate el 6 de julio de 1840. Las hojas impresas ofrecieron al público su efigie, sus últimas palabras, su arrepentimiento y hasta los sentimientos que convenía experimentar.
Sarah Mancer, por su parte, permanece en la causa a través de un trayecto mucho más breve: una puerta a la que llama, unas escaleras que baja y luego sube, y al cabo el borde de un lecho. Podría narrarse toda la pesquisa siguiendo el reloj y la platería; se omitiría, empero, lo que costó poner las primeras palabras sobre el desastre. Antes de que Londres tuviese a un asesino a quien contemplar y folletos que comprar, una sirvienta había tenido que salir de una alcoba donde su señor ya no le respondería, y encontrar a alguien que consintiera en entrar.
