A las cinco de la mañana, los aledaños del tribunal ya estaban atestados, y eso que el acusado aún no había comparecido. Quienes habían trabajado acondicionando la sala sabían, al menos, lo que aquella jornada les reportaría: esteras colocadas, barandillas ajustadas, paños de sarga verde dispuestos en los lugares oportunos. En la escena que imaginamos, un operario pasó la mano por la arista de una viga para arrancarle una astilla; los espectadores distinguidos no debían lastimarse al acudir a examinar un asesinato.
Se había dispuesto un palco para la familia real. El nombre de Isaac Blight, que bien hubiera podido quedar relegado al de un hombre entregado a comerciar con lo que los barcos dejaban atrás, circulaba ya entre quienes obtenían las mejores localidades. El hombre que lo había visto con vida escasos instantes antes del disparo estaba a punto de comparecer. Se llamaba Richard Patch; había sido su empleado, más tarde su socio, y la suma que le adeudaba vencía el mismo día en que Blight recibió la herida fatal.
Una participación en los negocios
Richard traía de Devonshire una experiencia de la tierra que no lo había enriquecido. Su modesta hacienda se hallaba hipotecada; los sucesivos acuerdos no habían bastado para poner en orden sus asuntos. Cuando llegó a Londres, en la primavera de 1803 según su reseña biográfica antigua, tenía más necesidad de una colocación que de nuevos consejos de prudencia. Su hermana servía en casa de Blight. Esta presencia en el hogar le abrió una puerta ante la cual un desconocido habría debido aguardar mucho más tiempo.
Blight ejercía en Rotherhithe el oficio de desguazador de buques. Este comercio radicaba en percibir el valor de lo que otros habían dejado de utilizar; un barco podía haber terminado de navegar sin haber terminado de rendir beneficios. Se requería dinero para comprar, espacio para almacenar, criterio para liquidar en el momento oportuno y suficiente confianza mutua para que el flujo de los negocios no se viese interrumpido cada mañana por un examen de conciencia.
En nuestra evocación del astillero, un dependiente imaginario espera ante un libro de contabilidad abierto. Un cargamento debe zarpar, un comprador alega que se le había prometido otro precio y el amo, reclamado en otra parte, delega en el nuevo empleado la resolución de la disputa. Patch no alza la voz. Verifica una línea, hace trasladar una pieza de madera y dicta una orden con la precisión necesaria para que los hombres reanuden la faena. El dependiente vuelve a tomar la pluma. A partir de ese instante, para él, Patch se convierte en alguien a quien se puede acudir.
Sin embargo, la confianza había adoptado en aquella casa una forma menos inocente que la mera delegación del trabajo. El Dictionary of National Biography consigna que Blight habría transferido sus bienes a Patch, en 1803, para ponerlos a resguardo de sus acreedores. La reseña se muestra cautelosa sobre el documento; distingue luego esta asociación nominal de la que se acordó en agosto de 1805. Se trataba entonces de conceder formalmente a Patch un tercio del negocio. El hombre introducido para prestar su nombre podía aspirar ya a trabajar por cuenta propia.
Entregó doscientas cincuenta libras procedentes de la venta de sus tierras. El desembolso poseía una firmeza que las promesas jamás alcanzan: a sus espaldas quedaba una finca abandonada, una posición pretérita a la que no podría regresar en idénticas condiciones. Pero el saldo restante lo alteraba todo. Mil libras suplementarias debían abonarse el 23 de septiembre. La reseña asevera que carecía de cualquier medio para obtenerlas. Para Blight, el vencimiento representaba un ingreso esperado; para su socio, se convertía en una fecha inexorable hacia la cual cada día lo empujaba.
La estancia delantera
La noche del 23 de septiembre de 1805, ambos hombres se encontraban en la estancia delantera de la casa de Blight. Este último había regresado a la ciudad; el Newgate Calendar atribuye dicho regreso a la insistencia de Patch. Ignoramos, a tenor de los textos aquí consultados, qué palabras cruzaron en aquella habitación. El dinero pudo haber pesado en su conversación; hacer audibles sus voces como si una puerta hubiese quedado entreabierta equivaldría a atribuirles un testigo del que carecemos.
La reseña antigua sitúa hacia las ocho el instante decisivo. Patch acababa de ser visto abandonando la estancia cuando una criada descubrió a su amo herido por un disparo de pistola. Ninguno de los dos relatos consultados nos ofrece un testigo que viese al acusado apretar el gatillo. Fue precisamente esta ausencia lo que convertiría el proceso en algo muy distinto a la simple repetición de un gesto sorprendido por azar.
Para la casa, lo perentorio era socorrer a un hombre. Las cuentas, el tercio del negocio y el vencimiento de la jornada dejaron de ser las cuestiones más urgentes. Aquel de quien aún se aguardaban resoluciones yacía herido bajo su propio techo, y la vivienda familiar albergaba a partir de entonces un peligro al que nadie acertaba a poner rostro. Blight falleció al día siguiente. Con él desaparecía quien hubiera podido contraponer su testimonio al de Patch.
El magistrado Alexander Graham dirigió las pesquisas; sus sospechas recayeron sobre Patch, que fue encarcelado. El servicio doméstico se vio obligado a examinar bajo otra luz las costumbres a las que ya apenas prestaba atención. Un desplazamiento, una hora, una presencia hasta entonces ordinaria se transformaban en indicios dignos de retener. En nuestra escena del astillero, el dependiente regresa a la línea que había anotado sin vacilar semanas atrás. La tinta no revela si el hombre que le impartió la orden era digno de fe. Demuestra tan solo que fue obedecido.
Las localidades reservadas
El 5 de abril de 1806, en Horsemonger Lane, la muchedumbre casi impedía a quienes debían intervenir en el juicio alcanzar sus asientos. La crónica enumera duques, lores, barones y al embajador de Rusia. Esta profusión de títulos, que ocupa una parte notable de la relación, evidencia asimismo lo que un proceso criminal llega a ser cuando brinda a la alta sociedad la ocasión de congregarse al amparo de una emoción legítima.
Patch compareció vestido de luto riguroso, con un porte que las crónicas juzgaron esmerado. No ofreció a los curiosos el desasosiego que tal vez aguardaban. Se declaró inocente; el jurado quedó constituido tras recusar él a tres candidatos. El presidente del tribunal, Macdonald, tenía ante sí una acusación cuya contundencia debía nacer de la concordancia de las circunstancias, y no de una confesión servida como el remate de un fardo ya atado.
Leyó un alegato por escrito. En nuestra evocación de la sala, un asistente que se había inclinado para escuchar con mayor claridad vuelve a acomodarse despacio, con las manos apoyadas en la barandilla recién pulida. Nada reviste la sencillez del espectáculo que esperaba: el reo niega el hecho, nadie presenció el disparo y, sin embargo, los indicios hilvanados por la acusación estrechan a su alrededor un cerco del que sus palabras parecen incapaces de liberarlo. Las reseñas antiguas atribuyen el veredicto a este haz de presunciones concordantes. El jurado declaró a Patch culpable.
La sentencia desgranó los eslabones de una confianza quebrantada: el fraude, la ingratitud y, finalmente, la sangre. Este lenguaje confería al crimen la forma de una caída progresiva, casi una demostración moral. No devolvía la vida a Blight ni satisfacía los intereses de quienes dependían de su empresa. Se dictó la pena de muerte, con la entrega del cadáver para su disección anatómica, según consigna la crónica.
Lo que quedaba por saldar
El 8 de abril de 1806, Patch fue ajusticiado ante la prisión de Horsemonger Lane. El Dictionary no recoge confesión alguna de su parte: lo describe conmovido por las visitas de su hermano y de la cuñada de su difunta esposa, sin transformar semejante quebranto en admisión de culpa. El condenado pudo ceder al dolor de sus deudos manteniendo al mismo tiempo cuanto había sostenido ante sus jueces. Sus allegados hubieron de despedirse con esa incertidumbre a cuestas, privados de la amarga certeza que una confesión acaso les hubiera impuesto.
La sala vio marchar a los curiosos, los operarios pudieron desmontar lo que procedía retirar y el nombre del finado pasó a los folletines que narraban el proceso de su socio. En nuestra última mirada al astillero, el dependiente abre el libro mayor por una página en blanco. Aún aguarda un flete. Precisa asentar un nombre, señalar a quien responderá por la compra y averiguar, esta vez, a quién debe dirigirse la orden.
Permanece unos instantes con la pluma en alto. Cuanto hacía funcionar la casa descansaba en respuestas que antaño le habían parecido sencillas.
