Maria jamás tomaba la pluma. Se encontraba bien, estaba en otra parte, había escrito cartas que se habían extraviado o bien una dolencia en la mano le impedía trazar palabra: William Corder disponía de una respuesta para cada nueva zozobra. Lo que faltaba, y lo que la familia aguardaba sin descanso, era un solo renglón de su puño y letra. Durante meses, ocupó todo el espacio intermedio entre la joven y quienes la buscaban, trayéndoles unas noticias de las que él resultaba ser el único garante.
En la casa que imaginamos al término de una de esas visitas, Thomas Marten permanece en pie tras la marcha de Corder. Su esposa recoge una taza cuyo contenido nadie ha terminado. Han vuelto a prometerse esperar; cada cual se pregunta cuál de los dos aceptó primero la explicación recibida. La silla está vacía, la puerta cerrada, y las palabras del visitante, tan tranquilizadoras al ser pronunciadas, apenas resisten el peso del silencio sobrevenido.
Las ropas de la partida
Maria Marten había abandonado Polstead el 18 de mayo de 1827. Corder debía desposarla en Ipswich. Para alcanzar con sigilo un cobertizo conocido como el Red Barn, la joven se había vestido con ropas de hombre; llevaba consigo sus propias prendas para mudarse antes de proseguir el camino. Lo insólito de tales preparativos no impidió la marcha. Cuando una promesa se ha postergado largo tiempo, los nuevos tropiezos pueden antojarse simples precauciones indispensables para su cumplimiento.
Corder había aducido una supuesta orden de arresto contra Maria a causa de sus hijos nacidos fuera del matrimonio. Presentaba el enlace concertado como el único medio de sustraerla a semejante peligro. Dicha orden pertenece por entero a su discurso; en modo alguno consta aquí que tal mandato existiera jamás. Bastaba, con todo, esgrimirlo para precipitar las acciones, atajar las preguntas y transformar una partida que requería sosiego en un trance urgente que resolver antes de que un tercero interviniera.
Maria y William habían tenido una criatura que murió poco después de nacer. Las circunstancias de su sepultura habrían de alimentar los relatos más condenatorios contra Corder; ninguna prueba de las examinadas permite sumar la muerte de ese infante a aquella por la que fue juzgado. Antes de la desaparición, mediaban sobre todo una muchacha que confiaba en que una promesa fuera cumplida y un hombre cuyos medios, posición y lisonjas le permitían vislumbrar un hogar común.
La familia conservó viva la memoria del traje, el calzado y los pequeños adminículos que ella había dispuesto. Un peine, unos pendientes, un sombrero de paja: nada de aquello parecía destinado a ocupar, andando el tiempo, lugar alguno en un tribunal. Eran enseres concebidos para acompañar a Maria. Habrían de regresar sin ella, con la sola misión de restituirle su nombre.
Aquel que respondía en su lugar
Corder reapareció. El casamiento había tropezado con un inconveniente; los documentos requerían cierta demora; Maria se hospedaba en casa de una persona cuyo nombre no vacilaba en facilitar. Más adelante, aseguraba que descansaba a gusto, pero que un dolor en la mano le vedaba escribir. A otras preguntas sucedían otras tantas salidas. La crónica judicial publicada por Curtis en 1828 preserva estas sucesivas explicaciones en las declaraciones de los deudos. Su misma variedad acabó por delatar aquello que cada una, por separado, pretendía encubrir: la absoluta falta de una prueba fehaciente.
El hombre no se esfumó inmediatamente tras sus pasos. Continuó dejándose ver en Polstead, lo que confería a sus palabras un barniz de sosiego natural. Un culpable, cabía pensar, se habría dado a la fuga; se amparaba en la cómoda idea de que el miedo adopta siempre idéntico semblante. Marchó más tarde, y el hilo epistolar mantuvo el contacto con la familia. La distancia le brindaba la ventaja de dilatar los plazos sin la incomodidad de sostener una mirada.
En nuestra escena invernal, Thomas acerca una carta a la claridad de la lumbre. La conoce casi de memoria y, sin embargo, rastrea algún párrafo leído con excesiva premura, una seña que le indique dónde remitir unas letras a su hija. Ann, la madrastra de Maria, le ruega que vuelva al comienzo. Agotado el sentido del texto, releen el modo en que fue escrito. El papel, recibido en su hora como un testimonio vivo, pasa a ser una pieza de convicción sometida a examen.
Ann Marten relató haber soñado que Maria yacía enterrada en el granero. Las versiones de época discrepan sobre el número y la fecha precisa de estas visiones. En la deposición recogida por Curtis, sitúa una antes de Navidad y otra después; el Newgate Calendar compone una serie de tres noches sucesivas. El dato de valor para la pesquisa radica en que apremió a su marido a registrar el lugar. El relato de sus sueños traduce la angustia transmitida por una mujer; no constituye indicio alguno de intervención sobrenatural.
Bajo el suelo del granero
En abril de 1828, Thomas acometió la búsqueda. La tierra en un rincón del granero cedía con mayor facilidad; tras removerla, dieron con un cuerpo. Un jirón de tela bastó para temer que fuese Maria quien allí reposaba. Los reconocimientos posteriores se sustentaron en sus prendas, sus efectos personales y ciertos rasgos de su dentadura. La esperanza de aguardar una carta dejó de dotar de sentido a la espera. Se imponía ahora dilucidar qué violencia se había ensañado con ella.
El agente Lea dio con Corder en las proximidades de Brentford. Había contraído matrimonio con otra mujer, una maestra de escuela, y vivía en un entorno donde el nombre de Maria carecía de cabida. Según las crónicas coetáneas, el oficial fingió buscar un colegio para su hija a fin de franquear el umbral de la casa. Existían, pues, dos familias a las que Corder había repartido dos existencias distintas, y cada una de ellas iba a enterarse de la suerte de la otra mediante un arresto.
Fue conducido de vuelta a Suffolk. Sus explicaciones, sostenidas durante meses sin hallar contradicción alguna, afrontaban al fin un cadáver y una serie de testigos. La vista oral dio comienzo en Bury St Edmunds en el mes de agosto. El gentío acudía ávido de escuchar el proceso; traía consigo sus certezas forjadas, sus estampas mentales y su morboso estremecimiento. Quienes habían conocido a Maria debían, en medio de aquel bullicio, retomar el testimonio harto más austero y exacto de una marcha de la que recordaban cada pormenor.
Ann reconoció el peine y los pendientes. El juez requirió examinar estos últimos y constató que formaban una pareja cabal. Los pañuelos, los zapatos y diversos retales de tela fueron desfilando bajo el interrogatorio. Curtis refiere la honda consternación de la familia durante este trámite. El vestido confeccionado para una jornada dichosa regresaba hecho jirones, exhibido ante extraños que debían extraer de él una prueba material. Para los suyos, precisar con exactitud lo que Maria llevaba puesto se había mudado en un suplicio sobreañadido.
La última versión
Corder sostuvo inicialmente que Maria se había quitado la vida tras una reyerta. Declaró haberla hallado muerta al regresar al granero y haber ocultado el cadáver por temor a verse inculpado. Semejante coartada reconocía la inhumación clandestina al tiempo que pretendía deslindar a quien enterró el cuerpo de quien causó la muerte. La joven quedaba así señalada por el único testigo superviviente como autora del lance fatal; las misivas falaces no pasaban de ser, según este alegato, la consecuencia de un extravío de pánico.
El jurado desestimó la estratagema y Corder fue sentenciado. Con anterioridad a su ajusticiamiento, reconoció haber disparado, si bien persistió en describir una disputa durante la cual el tiro se habría producido de su mano. Esta confesión dista de validar la mecánica del suceso por él referida y en absoluto atribuye a Maria responsabilidad alguna en su propio fin. Transformaba, ante todo, un extremo capital: el hombre que había esgrimido el suicidio confesaba ahora ser el autor del disparo.
Fue ahorcado el 11 de agosto de 1828. La causa derivó en un espectáculo de masas, en un comercio de impresos y reliquias, en una intriga que cualquier desconocido creía dominar tan solo por haber oído mentar el granero y los sueños premonitorios. La violencia padecida por Maria corría el riesgo de difuminarse tras el sesgo novelesco de su hallazgo. Resultaba fácil retener el nombre del asesino y el escenario del crimen; harto más arduo era representarse los meses en que a una familia entera se le vedó el derecho a la verdad.
En nuestra última escena, Ann halla un papel abandonado junto al candil. Thomas ya no precisa releer las cartas de Corder para rastrear la sombra de su hija. La mujer las recoge sin abrir una sola, y aparta del fajo aquella que contenía la más categórica promesa de regreso. Queda un espacio sobre la mesa, con la anchura precisa para depositar un peine. Maria sabía escribir; durante todo aquel tiempo, fue la voz de otro la que usurpó la suya.
