El jarro de plata se hallaba en el lugar donde a nadie se le habría ocurrido buscar una pieza de tal estima: en una silla horadada. De allí lo sacaron, en las estancias de Kerrel, en el Temple, mientras las sospechas se cernían sobre Sarah Malcolm. Los lienzos manchados ya habían turbado las miradas. La plata, en cambio, podía reconocerse. Una casa había sido saqueada, tres mujeres yacían muertas en su interior y he aquí que un objeto de su uso cotidiano reaparecía en los aposentos donde faenaba una criada.
Imaginemos el ademán de retroceso que cede el paso a quien examina, y luego las manos que quedan suspendidas sobre el metal. El jarro nada cuenta. Se limita a obligar a Sarah a responder. Ha salido de una alcoba cuyas moradoras jamás volverán a hablar; ha pasado por manos vivas; ahora, todos quieren seguir ese rastro hasta el final. En la angostura de la estancia donde interrogan a la joven, la distancia que media entre el robo y el homicidio parece haberse desvanecido.
Sarah consagraría cuanto le restaba de vida a restablecerla. Admitiría su concurso en el expolio. Negaría haber dado muerte.
El domingo de las puertas cerradas
Es preciso retroceder al 4 de febrero de 1733. El Temple daba cobijo a hombres de leyes, a sus legajos, a sus costumbres y a todo el tráfago menesteroso para mantener en orden las viviendas que ocupaban. Allí se conocía a alguien porque litigaba, porque habitaba ciertas piezas en determinada planta o bien porque traía la lumbre y adecentaba las alcobas. Sarah pertenecía a esta última ralea. Discurría por ámbitos donde la confianza se practicaba a diario sin mayor ceremonia: se entregaba una llave, se dejaba una puerta franca, se aguardaba a que lo indispensable quedara dispuesto.
Lydia Duncomb compartía vivienda con Elizabeth Harrison y Ann Price. Era anciana, y Harrison también lo era; Price contaba menos años. Sarah había servido a Lydia. Conocía aquella casa por dentro, no a la manera de una visita a la que se acoge y luego se despide, sino con la familiaridad singular de aquellos cuyos oficios les franquean el acceso a cuanto los demás ocultan.
Aquel domingo causó extrañeza no ver a nadie. Las amigas que acudieron hallaron la puerta atrancada y no obtuvieron respuesta alguna. Al principio medió sin duda esa espera ordinaria que solemos conceder a los vivos, pues su silencio se nos antoja preñado de quehaceres: alguien acabará por oír, saldrá de un cuarto y vendrá a abrir. Se llamó de nuevo. El silencio señoreaba toda la casa.
Se logró entrar por una ventana, desde unas dependencias contiguas. La señora Oliphant penetró en la vivienda. Lydia Duncomb y Elizabeth Harrison habían sido estranguladas; Ann Price tenía el cuello segado. Ya no quedaba nadie a quien despertar, nadie a quien prevenir del peligro. Las mujeres que venían en busca de sus amigas habían dado con tres cadáveres, y la falta de respuesta, que al principio se tomó por un simple contratiempo, devenía el último indicio que recibirían de ellas.
La noticia cundió por la vecindad. Se hizo pesquisa del lugar. El dinero y los enseres preciosos habían desaparecido. Urgía ahora rastrear cuanto hubiera podido salir de la estancia: los bienes sustraídos, las personas que habían entrado, aquellas que sabían cómo allegarse a las moradoras. La investigación buscaba un tránsito allí donde los cuerpos habían impuesto la inmovilidad.
Lo que se llevan
Las sospechas alcanzaron a Sarah. En los aposentos de Kerrel, en el mismo conjunto de viviendas, se descubrieron lienzos ensangrentados y el jarro de plata. La circunstancia del lugar era de peso: no se trataba de una mera ladrona a quien se le abriera el arcón en su propia choza. Las dependencias de un amo, los objetos que ella allí manipulaba y los rincones a los que su labor le daba paso entraban ahora en la causa. El trato doméstico y diario con las alcobas se revolvía contra quien las cuidaba.
Fue prendida, interrogada y conducida a Newgate. Los hallazgos no se detuvieron a las puertas del presidio. El carcelero Johnson halló entre sus ropas una crecida suma en monedas de oro y plata. Sarah reconoció que aquel caudal procedía de la señora Duncomb. Conforme a la crónica antigua, propuso al custodio cedérselo a cambio de su silencio. Johnson guardó las piezas para entregarlas a sus superiores y dio cuenta del soborno.
Para Sarah, cada escondrijo desvelado menguaba el margen de una respuesta admisible. El dinero ya no admitía disimulo; debía justificar de qué suerte había llegado a su poder. Abrazó, o mantuvo, una línea de defensa cuyo riesgo se percibe al instante: había codiciado el robo, había tomado parte en él, mas la sangre derramada era obra de otros. Ofrecía a la justicia una culpa tasada, con la esperanza de que los jueces se conformasen con ella.
Tres nombres asomaban en su descargo: una mujer, de apellido Tracy, y dos hermanos apellidados Alexander. Sarah sostenía que había montado guardia en la escalera mientras ellos penetraban en la morada de Lydia Duncomb. A ellos les imputaba la violencia consumada intramuros. Aquellas personas fueron encausadas y puestas bajo custodia. Su participación, empero, no se torna hecho probado por la sola palabra de quien trataba de salvar el cuello. Haría falta, para esclarecerla, algo más que la conveniencia de un pretexto.
La escalera era el eje de su defensa. Unos cuantos peldaños, una puerta, el interior que afirmaba no haber visto: allí trazaba Sarah la linde entre lo que admitía y lo que rehusaba confesar. Podía haber ayudado a despojar a una anciana, decía en suma, sin haber sido partícipe de su muerte. Mas las víctimas eran tres; los enseres procedían de su casa; se habían hallado en su cercanía inmediata y sobre su propia persona. La distancia que ella reclamaba para sí se antojaba harto estrecha a oídos de quienes la escuchaban.
Una palabra a la que se exige más
Llegado el juicio, Sarah reiteró este descargo. No podía borrar el hurto, habida cuenta de que lo había confesado y de que los bienes recuperados la ataban sin remedio a la estancia. Le incumbía convencer de que los indicios más abrumadores no acreditaban cuanto de ellos se infería. Hallábase en una postura difícil sobremanera: para lograr que le creyeran en lo tocante al asesinato, impetraba que le creyeran en el confín mismo de su propia mentira.
Podemos figurarnos las piezas de convicción expuestas, las preguntas reiteradas, la mirada de un oidor que vuelve a fijarse en esa mujer joven de quien ya sabe que trataba a las víctimas. Ninguno de estos ademanes figurados decide el pleito. Sirven tan solo para palpar la pesadumbre de una audiencia durante la cual una criatura escucha narrar sus pasos con términos que la aproximan al patíbulo. Cuando Sarah mentaba a los otros, quienes la acusaban volvían a ella. Cuando señalaba la escalera, ellos tornaban a las alcobas.
El jurado la declaró culpable. Fue sentenciada a muerte. El fallo ponía término a la causa, mas no le arrancaba su última porfía. En la cárcel, Sarah persistió en confesar el robo y negar las muertes. Cuantos a ella se allegaban aguardaban una confesión más cumplida, que hiciese coincidir su palabra con la sentencia. No se la concedió.
Se tiende a olvidar a las tres mujeres cuando la rea afronta sus postrimerías. El cadalso imanta la crónica, las actitudes de quien marcha a morir devienen signos por descifrar, y las víctimas quedan relegadas a unas pocas líneas donde su suerte ya fue zanjada. Con todo, Lydia, Elizabeth y Ann habían gozado cada una de una existencia que aquella noche truncó. La flaqueza de las unas, el servicio de la otra, la vida compartida en las mismas piezas habían hecho de su hogar algo ordinario. El crimen lo mudó en un paraje de boca en boca y donde jamás nadie volvería a hallarlas.
La mirada hacia el Temple
A primeros de marzo, el tiempo de Sarah quedó reducido a los preparativos del suplicio. La crónica de antaño la pinta atenta a las amonestaciones piadosas, pasando del rezo al llanto. Le atribuye una generosidad menuda: un chelín entregado al hombre que venía a recordarle su cercana muerte. Estos pormenores no atestiguan inocencia ni cabal arrepentimiento; atañen a la vida de una condenada que proseguía, entre zozobra y zozobra, recibiendo visitas y respondiendo a voces extrañas.
Fue ahorcada cerca de Fetter Lane, el 7 de marzo según el Newgate Calendar. Al avecinarse el instante supremo, dícese que sus ojos se volvieron hacia el Temple y sus palabras hacia su señora. La relación que conserva este clamor lo sitúa en el remate de una agonía pública; no haremos de él una prueba tardía, capaz de dirimir lo que el juicio debatió. Una postrera palabra puede dar voz al desamparo sin revelar el secreto que la multitud le reclama.
Quedaban el jarro, las monedas, las declaraciones y el veredicto. Sarah había sido ajusticiada por asesinato sin haber cejado en negar su autoría. Su versión sobre los cómplices no prevaleció sobre la que la condujo a la muerte.
En el Temple, sin embargo, hubo que reanudar las faenas cotidianas: aderezar las cámaras, franquear las puertas, encomendar a otro los enseres que uno mismo no podía vigilar de continuo. La confianza había sufrido un quebranto en ese punto exacto: en la labor casi invisible merced a la cual las casas subsisten. Podía mudarse una cerradura. Lo que no podía devolverse a Lydia Duncomb, Elizabeth Harrison y Ann Price era aquel domingo en que sus amigas acudieron a su encuentro.
