Le retiraron las llaves, le entregaron un certificado de buena conducta y pagaron el carruaje que debía llevársela. Sería difícil concebir una partida más convenientemente dispuesta, si no fuera porque quienes la organizaban comenzaban ya a sospechar que aquella mujer introducía la muerte en cuantas casas pisaba.
El amo deseaba, por encima de todo, verla marchar. Aún no se atrevía a transformar su inquietud en acusación pública. Recibió, pues, las muestras ordinarias de estima en el instante mismo en que todos buscaban librarse de su presencia; y aquel pliego que la recomendaba bien podría servir, en otra parte, para franquear una nueva puerta.
Se hacía llamar Nannette Schönleben. La historia del crimen la recordaría bajo el nombre de Anna Margaretha Zwanziger.
La primera casa
En 1808 entró como gobernanta al servicio del magistrado Glaser, en Kasendorf. Este vivía por entonces separado de su esposa. La recién llegada gozaba de una reputación inmejorable; su destreza y sus modales le habían granjeado valiosos apoyos. Nada, en su acomodo, permitía adivinar el inicio de un proceso que un jurista relataría más tarde entre las causas más notables de su tiempo.
La esposa de Glaser regresó al hogar conyugal. Pocas semanas después cayó enferma y falleció. Las circunstancias no suscitaron de inmediato sospecha alguna de envenenamiento; la gobernanta cesó en el empleo y halló acomodo en otro lugar.
Conviene sopesar lo que implica una transición tan pronta en el curso de un relato. Para el lector, un deceso constituye ya el primer eslabón de una serie. Para quienes lo vivieron, pertenece aún al ámbito estricto de una casa particular, a una persona conocida, a explicaciones que se buscan en la salud quebradiza o en los azares inmediatos. La sirvienta que parte recoge sus efectos. Nadie sospecha que ve alejarse el vínculo invisible que unirá aquella alcoba con otras alcobas venideras.
El enfermo de Sanspareil
Grohmann, otro magistrado, se hallaba indispuesto. En su morada, Schönleben se mostró solícita en extremo; veló el lecho, asistió al doliente y ocupó ese espacio que de buen grado se cede a quien sabe aliviar el desasosiego de los demás. En la primavera de 1809, el mal se agravó. Grohmann expiró en mayo.
Puesto que arrastraba una larga dolencia, su muerte halló una justificación presta y verosímil. La gobernanta dio muestras de una aflicción profundísima. Su abnegación, lejos de comprometerla, contribuyó a procurarle una nueva colocación; eran notorias sus dotes de enfermera y se precisaba con urgencia a una persona de confianza para asistir a una mujer a punto de dar a luz.
Fue así como entró en la casa de Gebhard.
La madre y la criatura se hallaban al principio bien. Mas la joven madre enfermó de pronto y falleció poco después del parto. El viudo se encontró con una casa que administrar, un recién nacido al que atender y una sirvienta que ya conocía las necesidades de uno y de otro. Decidió conservarla a su servicio.
Aquel puesto se volvía más indispensable a medida que la muerte iba apartando a quienes hubiesen podido ocuparlo de otro modo.
Lo que se murmuraba sin acusar
Hubo quienes repararon en la sucesión de fallecimientos. La crónica de Feuerbach demuestra, no obstante, que tales zozobras pertenecieron durante largo tiempo al terreno del presentimiento o del recelo supersticioso; se hablaba de una presencia aciaga antes de articular la sospecha de un acto criminal. Las apariencias de piedad, de humildad y de diligencia hacían impensable formular un cargo formal.
Gebhard, en consecuencia, continuó valiéndose de sus servicios. Durante el verano sobrevinieron varios incidentes en torno al hogar: invitados, transeúntes y criados cayeron enfermos tras consumir lo que allí se les servía. Los percances no siempre llegaban a conocimiento de las mismas personas; algunos pasaron por indisposiciones fortuitas, y otros solo se pusieron en relación mucho tiempo después.
Una reunión en torno a la bolera alteró el curso de los hechos. Varios participantes, entre ellos el propio Gebhard, sufrieron súbitos mareos y dolores tras beber juntos. En esta ocasión, el número de afectados y la concurrencia de circunstancias hacían insostenible atribuir cada hecho a una causa aislada.
Un allegado insistió con firmeza. El amo se resolvió, al fin, a despedir a la gobernanta.
Una recomendación de más
Le retiró las llaves, pero le extendió un certificado favorable. Este pormenor, en la crónica antigua, encierra por sí solo la fuerza de toda una escena: un hombre experimenta el temor suficiente para vedar a una empleada el acceso a su morada, mas no la certeza bastante para consignar por escrito el motivo. Resuelve su embarazo recomendándola a quienes todavía lo ignoran todo.
Se dispuso el carruaje. La gobernanta se mostró servicial hasta el último instante, despidiéndose con ternura de la servidumbre y del niño. Al poco de haber abandonado la casa, la criatura y dos doncellas enfermaron de gravedad. Las sospechas cobraron por fin una forma precisa; se examinaron las provisiones del hogar y la justicia comenzó a enlazar lo que los sucesivos hogares habían ignorado entre sí.
El viaje que debía conducir a Schönleben hacia una nueva existencia le impediría, para siempre, dejar atrás las anteriores.
El nombre en el sumario
Detenida e interrogada, compareció bajo su verdadera identidad. Los hechos fueron revisados, confrontados e inscritos en una cronología cuya sola lectura alteraba el sentido de cada elogio pretérito. La mujer que había sido acogida por su devoción se veía ahora procesada por los envenenamientos perpetrados en el seno mismo de sus desvelos.
Feuerbach, al consignar el proceso, no se limitó a reseñar los hechos materiales y las actuaciones judiciales. Pretendió desentrañar una personalidad, una íntima afinidad con el veneno, intenciones expuestas en ocasiones con un aplomo característico de su época y de su arte narrativo. Podemos seguir la instrucción sin abrazar ciegamente tales conjeturas psicológicas; la crónica histórica pierde su virtud instructiva cuando pretende asegurar con certeza lo que los indicios solo permiten presumir.
Zwanziger fue condenada y ejecutada en Bamberg en 1811. Las distintas familias pudieron, al cabo, dar un nombre común a sus desgracias. Esta certeza llegaba demasiado tarde para las víctimas, mas arrebataba a los supervivientes esa peculiar soledad en la que cada cual se cree víctima de un infortunio irrepetible.
Resta, en el preludio del desenlace, aquel certificado entregado a la hora de la partida. Uno puede imaginarlo pulcramente doblado, custodiado junto a los legajos útiles, listo para ser exhibido ante un amo deseoso de contratar a un alma leal. La gobernanta no precisó inventar sus alabanzas: un hombre consumido por la inquietud las había redactado con el único fin de verla partir.
El peligro había recibido sus mejores credenciales de manos de quienes solo anhelaban verlo cruzar el umbral de otra casa.
