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Justicia y escándalos · Inglaterra

Los veintiocho días desaparecidos

Una criada regresa tras un mes de ausencia. Su acusación sitúa a una anciana viajera al pie del patíbulo; la investigación judicial acabará volviéndose en su contra.

La puerta se abrió ante una muchacha a la que se buscaba desde hacía veintiocho días. Era tarde aquel 29 de enero de 1753 en el barrio de Aldermanbury, y en la casa de su madre se había aprendido ya lo que saben los hogares donde alguien falta: cada paso en la calle puede ser el esperado, hasta el instante en que pasa de largo y se apaga a lo lejos. Esta vez, Elizabeth Canning había vuelto. Demacrada, exhausta, vestida con apenas unos harapos, traía consigo una historia que pondría a otra mujer al borde mismo de la horca.

Imaginemos la silla arrimada con premura, la mano que acerca una bujía, las preguntas largo tiempo contenidas que brotan de pronto a un tiempo. Es preciso, ante todo, reconocer a quien tanto se temió no volver a ver; sólo después apremia la necesidad de saber. Elizabeth se había despedido de unos parientes tras una visita de Año Nuevo. Entre aquella velada y su regreso, mediaba un vacío de casi un mes. Habría de colmarlo con mendrugos de pan, un cántaro, una puerta atrancada y el rostro de una anciana. Londres pronto encontraría aquella estancia más familiar que muchas de sus propias calles.

Dos hombres, relató, la habían asaltado en Moorfields, despojándola de sus bienes, golpeándola y arrastrándola fuera de los límites de la ciudad. Del trayecto sólo guardaba percepciones inconexas: había perdido el conocimiento y vuelto en sí mientras la forzaban aún a seguir andando. Por fin, la habían hecho entrar en una casa. Una mujer le ofreció ricas ropas si consentía en abrazar su estilo de vida; Elizabeth comprendió al punto que pretendían destinarla a la prostitución y se negó. La mujer cortó entonces las cintas de su corsé, se apoderó de la prenda y la empujó hacia una habitación en la planta alta.

Aquel era su relato. Mas, a medida que corría de boca en boca, la cautela se les antojaba cada vez más superflua a los oyentes: la cautiva rescatada les había transmitido el hambre, el frío y el espanto del cautiverio; ellos le ofrecían a cambio su más férrea certidumbre.

La habitación que todos creían ver

Elizabeth describía lo indispensable para no perecer: mendrugos de pan, agua en un cántaro oscuro y unos pocos restos de comida olvidados en su bolsillo. Afirmaba haber racionado aquellas provisiones durante casi cuatro semanas, sin auxilio alguno. El 29 de enero habría arrancado un madero de la ventana para deslizar su cuerpo por la abertura, alcanzar el exterior y emprender el camino de regreso a Londres a pie. La aspereza de semejante supervivencia, de aquella fuga y de la marcha subsiguiente alimentaría más tarde fundadas objeciones. Por el momento, la atención se volcaba en la recién llegada: su propio cuerpo parecía responder antes de que ella pronunciara palabra.

La casa debía hallarse en el camino de Hertfordshire. Afirmó haber reconocido, desde su encierro, a un carretero al que había visto antes al servicio de una antigua patrona. Este detalle orientó las pesquisas, y las sospechas no tardaron en recaer sobre el establecimiento de Susannah Wells, en Enfield Wash. Elizabeth fue conducida hasta allí en compañía de protectores resueltos a secundarla. Una acusación que aún pendía de unas pocas indicaciones iba a chocar de frente con muros, escaleras y habitantes a quienes la justicia podía ya pedir cuentas.

La escena posee una aspereza temible. Quienes entran buscan una identificación concluyente; quienes están en su morada ven irrumpir a unos extraños que ya saben de antemano lo que desean hallar. En semejante lance, un gesto de estupor puede interpretarse como remordimiento; un silencio, como cálculo culpable. Elizabeth señaló a Mary Squires. Había sido ella, aseveró, quien le arrancó el corsé. Otra mujer, Virtue Hall, habría presenciado el atropello.

Squires lo negó categóricamente. Frente a tal acusación oponía un viaje por Dorset: en las fechas señaladas se encontraba muy lejos de Enfield. No obstante, su condición itinerante, que le proporcionaba etapas que someter a comprobación, la exponía asimismo a los arraigados prejuicios contra las gentes de paso. Las miradas se fijaron con insistencia en su rostro. Relatos y grabados convirtieron sus facciones en un argumento incriminatorio, como si una fisonomía singular pudiese suplir la falta de pruebas. La anciana poseía una coartada; pero una parte de Londres prefería juzgarla por su retrato.

El testimonio que se aguarda

Virtue Hall comenzó por negar todo conocimiento de los hechos. Dicha respuesta abrió una brecha en la acusación, pues la palabra de un habitante de la casa habría brindado al relato de Elizabeth un segundo e inestimable apoyo. Fue interrogada de nuevo ante Henry Fielding, el magistrado cuyo nombre quedaría igualmente inmortalizado en la historia de la novela. El examen se prolongó; se le hicieron sopesar la prisión y el rigor penal. Finalmente, acabó por confirmar la versión de Canning.

Se alzaban ya dos voces acordes. A ojos de los partidarios de Elizabeth, tal coincidencia consumaba lo que el lamentable estado físico de la joven había sugerido. Sin embargo, para quien siguiera de cerca las circunstancias del interrogatorio, persistía una duda insoslayable: ¿qué se había obtenido en verdad, un recuerdo recuperado o una declaración arrancada como única vía para sustraerse al peligro? Una deposición judicial no consigna, al pie de cada renglón, el agobio ni la coacción que la vieron nacer. El lector posterior recibe una afirmación tajante; quien la pronunció tenía ante sí a un juez, una amenaza inminente y largas horas de angustia ya transcurridas.

En febrero de 1753, Mary Squires fue condenada por robo con violencia. La pena impuesta era la muerte. Susannah Wells fue hallada asimismo culpable de complicidad en la trama. En cuanto a los hombres que declararon que Squires se hallaba en Dorset, sus testimonios, en lugar de librar en el acto a la encausada, los expusieron a ellos mismos a diligencias por falso testimonio. Aseverar que se había visto a una viajera en el lugar inoportuno bastaba para pasar sin tregua del banco de los testigos al de los reos.

La victoria de Elizabeth parecía incontestable. Mas carecía de lo que un triunfo de la opinión pública tolera con menos agrado: una verificación minuciosa capaz de desmoronarlo.

Los días de Mary Squires

Sir Crisp Gascoyne, lord alcalde de Londres, no quedó convencido. Decidió indagar en el asunto con mayor profundidad. Semejante empeño le valió no pocos ataques en libelos y plazas: defender a una condenada equivalía, para el vulgo, a proclamarse enemigo de la víctima inocente. La emoción colectiva ya había repartido los papeles. Al inquirir qué había sucedido realmente fuera de Londres, Gascoyne venía a desbaratar la representación.

La investigación se desplazó hacia las etapas del periplo esgrimido por Squires. Salieron a la luz testigos que la habían hospedado o cruzado en el camino; sus memorias se anclaban a jornadas ordinarias de labor, a tránsitos y encuentros fortuitos. Ninguno poseía más que una humilde brizna de tiempo. Mas, unidos, aquellos fragmentos componían el único caudal del que una mujer sin morada fija podía disponer frente a una infamia: la huella indeleble que había dejado en la memoria ajena.

Cabe imaginar a un testigo al que se interpela sobre una visita en la que nada extraordinario advirtió. Busca con torpeza una fecha, vacila entre dos semanas, recuerda al cabo lo que hacía aquel día; y descubre entonces que una vida humana pende del calendario que él repasaba con tan poca atención. Todo el proceso se condensaba en esa trágica desproporción. Un cántaro y unos mendrugos de pan habían conmovido a la capital. Ahora había que persuadirla para que prestara oído a quienes recordaban el paso de una buhonera.

El indulto real arrancó a Squires del cadalso. Tal desenlace mudó el curso judicial sin devolver la concordia a Londres. Los valedores de Canning persistieron en creerla; los detractores de su historia exigieron que rindiera cuentas por lo que había jurado en falso. Los hombres procesados por haber respaldado la coartada fueron finalmente absueltos, al no comparecer nadie para sostener los cargos. La justicia comenzaba a desatar el nudo; la querella social, en cambio, hallaba nuevos pretextos para tensarlo.

La que debía marchar

En 1754, Elizabeth Canning compareció acusada de perjurio. Los términos se habían invertido de raíz. Aquella cuya querella se había acogido antaño con piedad hubo de escuchar a testigos probando la falsedad de su imputación. Las memorias procedentes de Dorset ocupaban de nuevo el centro de los debates, mientras sus amigos esgrimían su conducta intachable, su honestidad y cuanto de ella conocían antes de aquel mes desaparecido.

Esta línea de defensa poseía una fuerza moral innegable y una crueldad procesal manifiesta. Haber llevado una existencia sin tacha no resolvía en absoluto el enigma de dónde se hallaba en verdad Mary Squires. Pero quienes habían empleado a Elizabeth, quienes la habían amparado y creído, no defendían meramente una causa judicial: salvaguardaban el conocimiento íntimo de una persona. Admitir la duda habría equivalido, para ellos, a traicionar a la muchacha a la que habían jurado proteger.

El veredicto fue de culpabilidad. Elizabeth fue condenada a siete años de deportación a las colonias. Partió hacia Nueva Inglaterra a finales de julio de 1754, provista de fondos recaudados por sus incondicionales. La sentencia la desterraba; mas no acallaba a quienes creían en su inocencia. La travesía interpuso un océano entre la joven y el escenario de la contienda, pero jamás reveló la crónica de las semanas que faltaban.

Mary Squires había escapado a la soga; Canning hubo de rehacer su destino en tierras remotas. Conocemos los fallos de los tribunales. No nos asiste el derecho de inventar una explicación definitiva para aquel mes de enero, ni de poblar la alcoba de Enfield con ademanes que nadie vio. Lo que consta en las actas basta para medir la violencia del drama: una palabra amenazó una vida, una investigación suspendió un cadalso y un segundo proceso condenó a la acusadora primitiva.

En la casa de Aldermanbury, la puerta había devuelto una hija a su madre. Londres, que la había aclamado como heroína y desterrado como convicta, jamás dejó de preguntarse qué traía verdaderamente consigo al regresar.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del Newgate Calendar, asiento Mary Squires and Elizabeth Canning (ng259), y de la crónica antigua The Trial of Elizabeth Canning, Chambers’ Edinburgh Journal n.º 450, 14 de agosto de 1852, páginas impresas 108–110, transcripción Gutenberg. Este último texto constituye una retrospectiva favorable a Gascoyne, con marcados sesgos antigitanos y aseveraciones hiperbólicas: han sido rigurosamente descartados. No se incluye ningún diagnóstico clínico moderno ni elucidación ficticia sobre el mes desaparecido, ni deducciones probatorias basadas en la fisonomía de Squires. Fechas históricas: regreso el 29 de enero de 1753; condena a muerte de Squires e indulto real subsiguiente; encausamiento de los testigos de descargo; condena de Canning en 1754 a siete años de deportación, con zarpe a finales de julio. Se localizó la existencia del libelo de John Hill de 1753, mas su descarga técnica fue fallida: NO ha sido consultado ni empleado. El artículo de 1852 presenta discrepancias en fechas procesales y la afirmación errónea sobre la supuesta inexistencia de la pena de deportación en la época (ya en pleno vigor): tales pasajes han sido desestimados. Esta crónica no constituye una edición crítica de las minutas judiciales.

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