La fuente no había sido lavada. La mañana del 22 de marzo de 1815, en la residencia londinense de los Turner, aún quedaban restos de masa adheridos a sus paredes. Orlibar Turner vertió agua en ella, removió, dejó reposar el líquido y luego inclinó el recipiente. En el fondo asomó un polvo blanco. Lo guardó para el cirujano. Lo que la víspera no habría sido más que un retraso en la faena doméstica estaba a punto de convertirse en una prueba de cargo contra la cocinera.
Aquel plato, sin embargo, podía contar dos historias distintas. A ojos de los acusadores de Eliza Fenning, conservaba la huella del veneno que ella había mezclado con la comida. Para quienes intentarían salvarla, su abandono resultaba difícil de comprender: ¿por qué una envenenadora habría dejado su propia prueba en la cocina, al alcance de cualquiera? Los mismos restos iban a respaldar una condena y a sembrar una duda persistente. Ningún comensal había muerto. Pocos meses después, la joven sería enviada al cadalso.
Una receta de la que se enorgullecía
Los Turner regentaban un comercio de suministros para letrados en Chancery Lane. Robert Gregson Turner trabajaba allí con su padre, Orlibar, afincado en Lambeth. Por la casa transitaban a diario amos, criados y aprendices. Hacía pocas semanas que Eliza había entrado al servicio de Charlotte, la esposa de Robert. Se ocupaba de los fogones, mientras que Sarah Peer asumía otras labores domésticas. Aquel reparto de tareas, los recados y los horarios de las comidas adquirirían muy pronto la gravedad de un cronograma criminal.
Según Charlotte, Eliza llevaba algún tiempo solicitando autorización para elaborar dumplings con levadura, aquellas albóndigas de masa cocida que solían servirse en la mesa. Afirmaba tener particular maña para prepararlas. Su señora acostumbraba más bien a mandar a buscar la masa al obrador del panadero. La diferencia parece sutil: comprar lo que bien podría amasarse en casa o conceder a una sirvienta el gusto de lucir su habilidad. Tras los hechos sobrevenidos, la insistencia de Eliza cobraría un sentido por entero distinto a juicio de Charlotte.
La levadura llegó el lunes 20 de marzo. Al día siguiente, antes de los dumplings, Eliza debía preparar un pastel de carne para la comida de los criados y los aprendices. Lo llevó al horno del panadero. Charlotte le dio luego instrucciones precisas para la masa y subió de nuevo a sus habitaciones. Al regresar a la planta baja, halló el cuenco dispuesto ante el fuego. Diría más tarde que la masa no fermentaba debidamente; recordaría su pesadez, su forma intacta y rígida, todo aquello que la alejaba de lo que esperaba encontrar.
Hacia las tres de la tarde se sirvieron seis dumplings a Charlotte, a su esposo y a su suegro. En la mesa había también carne de buey y patatas. Charlotte tomó un bocado exiguo de dumpling. Pocos minutos después, un dolor abrasador y un decaimiento repentino la obligaron a levantarse. Subió al piso superior, comenzó a vomitar y permaneció sola unos instantes, extrañada de que nadie acudiera en su auxilio. Cuando volvió a bajar, su marido y su suegro yacían igualmente enfermos. La ausencia de ayuda tenía al fin explicación: el mal había alcanzado a quienes esperaba ver llegar.
La cocinera también yacía enferma
Roger Gadsden, uno de los aprendices, había bajado a la cocina. Aunque ya había cenado, advirtió un resto de dumpling. Eliza le desaconsejó probarlo: estaba frío y resultaba pesado; no le sentaría nada bien. El muchacho tomó, pese a todo, un pedazo, y mojó luego algo de pan en la salsa. No tardó en caer enfermo a su vez. La advertencia de la sirvienta se invocaría en su perjuicio durante el proceso: ¿sabía ella acaso qué ocultaba el manjar? Sus defensores objetarían que bien se podía prevenir a un muchacho porque la vianda estuviese indigesta, sin tener la menor sospecha de que entrañara peligro mortal.
La propia Eliza se hallaba sufriente. Margaret Turner, requerida con urgencia junto a los suyos, la vio postrada y aquejada de vómitos. El cirujano John Marshall, llegado a última hora de la tarde, comprobó su malogrado estado a la par que el de los restantes miembros de la casa. Orlibar le reprocharía, no obstante, no haber prestado asistencia alguna a sus señores. En la vista, Eliza respondería que se encontraba demasiado enferma para socorrerlos. No resulta preciso conjeturar sobre sus pensamientos íntimos para advertir la discordia: su inmovilidad fue descrita como fría indiferencia por el uno, y como forzoso abatimiento a causa del veneno por la otra.
Las sospechas apuntaron de inmediato hacia el arsénico. Se guardaba cierta cantidad en el cajón de un escritorio, revuelto entre papeles desechados, para exterminar los ratones que roían los documentos legales. El paquete advertía claramente de su contenido. El cajón no estaba cerrado con llave. Orlibar admitió que cualquiera podía acercarse a él; Eliza, responsable de encender el fuego, podía precisar aquellos papeles viejos. El aprendiz afirmó haber visto el envoltorio a comienzos de mes y advertido luego su falta. Ninguno de estos testimonios, sin embargo, llegó a verla sustraerlo.
El cirujano analizó el polvo recogido de la fuente y aseveró que se trataba de arsénico. Sus conclusiones habrían de pesar de manera decisiva. Eliza, por su parte, intentaba hallar otra explicación: atribuyó el daño a la leche empleada para la salsa y refirió después cierto sedimento extraño observado en la levadura. Robert manifestó, sin embargo, no haber probado salsa alguna, y Marshall aseguró no haber detectado rastro de arsénico en la levadura. Las respuestas de la joven, lejos de disipar la sospecha, se volvieron en su contra. El 23 de marzo fue formalmente arrestada. El registro de su persona y de su baúl no arrojó indicio sospechoso alguno, según consignó el oficial de justicia.
La conducta de una sirvienta
La vista tuvo lugar el 11 de abril en Old Bailey, ante el magistrado John Silvester. Se acusaba a Eliza de haber suministrado arsénico a los tres miembros de la familia Turner con deliberada intención de darles muerte. Hacía falta acreditar algo más que la sola presencia de una sustancia letal: la intervención voluntaria y dolosa de la encausada. Para vincular ambos extremos, el proceso judicial retornó minuciosamente a la cocina, al cajón y a las tensiones domésticas de la casa.
Charlotte relató una reprimenda previa. Tiempo atrás, había sorprendido a Eliza entrando en la estancia de los muchachos sin estar vestida con el debido decoro; la había amenazado con el despido, aunque terminó por mantenerla en su puesto. A partir de entonces, la criada se le había mostrado huraña y esquiva en el trato. Sarah refirió, a su vez, expresiones de rencor. De tal suerte, un simple incidente de servicio se erigía en el supuesto germen de una venganza. Con todo, la señora de la casa no hacía sino describir lo que había observado y lo que de ello deducía; jamás vio a Eliza mezclar ponzoña alguna en la masa.
Charlotte afirmó con rotunda certeza que nadie más había pisado la cocina durante los preparativos. Admitió asimismo sus propias ausencias y regresos a la pieza. Eliza reconoció haber amasado los dumplings; negó el crimen y rechazó haber hurgado en el cajón, alegando que siempre solicitaba el papel que requería. Testigos de solvencia comparecieron para avalar su buena reputación y conducta intachable. El folleto de la época que recoge tales deposiciones no transcribe íntegramente las palabras de la sala: resume el tramo final del juicio en unos pocos renglones. Los miembros del jurado la declararon culpable. Fue condenada a morir en la horca.
Lo que un fallo no consiguió cerrar
Más allá de los muros del tribunal, el clamor prosiguió. Aparecieron cartas en la prensa periódica, particulares visitaron a Eliza en su celda y diversas peticiones reclamaron clemencia regia. Sus partidarios se detuvieron precisamente en aquellos extremos a los que la acusación había conferido un sesgo incriminatorio: la cocinera había probado el guiso, lo había padecido en su propio cuerpo, no se había apresurado a fregar el recipiente y jamás ocultó haber elaborado la masa. Denunciaban asimismo la imprudencia de dejar veneno en un cajón sin llave. Tales objeciones no descubrían por sí solas la mano culpable; inquirían, en cambio, si el cuerpo de pruebas justificaba arrebatar aquella vida.
Los dictámenes médicos fueron objeto de enconada controversia. Marshall había sostenido que el arsénico tornaba negros los cuchillos. Una carta remitida al público dio cuenta de ciertos experimentos destinados a rebatir semejante aserto y lamentó que no se hubiese convocado a otro facultativo que había asistido a los enfermos. Se trataba de argumentos propios de una polémica, no de un peritaje que podamos revaluar a la distancia de los siglos. El opúsculo no brinda elementos para zanjar aquella controversia química. La discordia que ha llegado hasta nosotros atañe tanto a la solidez de las pruebas como al sesgo con que fueron interpretadas.
El folleto impreso por John Fairburn abrazó resueltamente la causa de la condenada. Reunía el acta del proceso, cartas de apoyo y la correspondencia redactada desde el presidio. Es preciso contemplar su tono apasionado como parte de un empeño editorial bien definido: salvar primero a una joven y defender después su memoria póstuma. La duda que formula merece ser conservada; mas no nos otorga derecho alguno a forjar la confesión de un tercero ni una absolución que clausure artificialmente la historia.
Las cartas que debían guardarse
Eliza escribía. A un amigo, a sus padres, a la redacción de un periódico. Expresaba su gratitud a cuantos intercedían en su favor y proclamaba de continuo su inocencia. En una misiva del 18 de julio dirigida a The Examiner, planteaba una pregunta harto más ardua que cualquier súplica de amparo: ¿cómo convencer al mundo cuando un tribunal os ha declarado culpable? Apelaba al juicio divino, sabedor de lo que los ojos humanos no habían acertado a discernir.
Un allegado le pidió un mechón de sus cabellos por si las gestiones resultaban vanas. El 6 de julio, ella accedió al ruego. Más adelante, una carta enviada a Charles concluía con el ruego de que conservara aquellas líneas y aquel mechón en su memoria. Se percibe en esa correspondencia un tránsito casi imperceptible: se empieza a preservar un vestigio de su ser en el mismo instante en que aún se brega por mantenerla con vida. A sus padres les infunde resignación y ánimo, promete reunirse con ellos en el cielo y procura consolar a aquellos de quienes debe despedirse para siempre.
Los esfuerzos no lograron suspender el castigo. El 26 de julio de 1815, Eliza Fenning fue ejecutada ante los muros de Newgate. La crónica contemporánea la describe vestida de muselina blanca y reiterando su inocencia hasta el último aliento. La multitud permaneció luego congregada frente a la vivienda de los Turner; hubieron de intervenir las fuerzas del orden. En los talleres de Fairburn, un llamamiento a la suscripción popular explicaba que los padres de la joven habían malvendido sus enseres para costear la defensa y sobrellevar los rigores del encierro. Se solicitaban ahora limosnas para socorrer su desamparo y pagar el sepelio.
La fuente había arrojado un polvo blanco; el tribunal, una sentencia capital; la cárcel, una gavilla de cartas. Estos testimonios no dicen lo mismo ni gozan de idéntica autoridad. La ejecución es un hecho incontrovertible; mas no disipa las impugnaciones que la precedieron. En la carta que debía guardarse, Eliza no aportaba indicio inédito alguno ni tenía ya poder para recobrar la libertad. Le quedaba tan solo una frase que legar al porvenir: sostenía ser inocente.
